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''Nosotros, hermanos, somos imagen de Dios, imagen viva de Dios. Dios se puede ver adentro de nosotros. Adentro de nosotros, Dios mismo puso su imagen y no una imagen muerta, sino una imagen viva. La mirada de Papá Dios, la voz de Papá Dios, está allá, porque nosotros somos imagen de Él.''
 
''Nosotros, hermanos, somos imagen de Dios, imagen viva de Dios. Dios se puede ver adentro de nosotros. Adentro de nosotros, Dios mismo puso su imagen y no una imagen muerta, sino una imagen viva. La mirada de Papá Dios, la voz de Papá Dios, está allá, porque nosotros somos imagen de Él.''
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Pero esa voz está ahogada y esa imagen está tapada. Le hemos echado basura encima. Tenemos sepultada la imagen de Dios en nosotros. No nos parecemos a Dios en muchas cosas. Tenemos sepultada la imagen y por eso, lo que llevamos adentro de nosotros, esa imagen viva y palpitante de Dios, no se deja oír y no se deja sentir.
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¿Qué fue lo que sucedió en esta escena maravillosa que nos cuenta el evangelio? Sucedió como cuando se descubre un lienzo. Se encuentra por allá un lienzo que estaba perdido y cubierto de mugre, de polvo, y con infinito cuidado, los restauradores empiezan a limpiar hasta que de pronto aparece la imagen que estaba oculta.
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A través de la Palabra de Jesús, a través de la acción del Espíritu, a través del amor de Dios Padre, la basura iba saliendo del corazón de los discípulos. La Palabra de Jesús va limpiando la basura, porque Él mismo lo dice en el capítulo quince de San Juan: "Ustedes están limpios, porque mis Palabras los han limpiado" (''véase'' San Juan 15,3).
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Jesús, predicando, es como una señora lavando, limpiando, sacando la mugre. Va saliendo el pecado, va saliendo toda esa basura que nos ha echado el mundo y van saliendo todas las imágenes sucias, todos los engaños, todas las mentiras. Todo va saliendo, y de pronto como un milagro, aparece la imagen de Dios y se escucha otra vez su voz adentro de nosotros.
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Es una experiencia fantástica. Es posible que algunos de nosotros la hayamos tenido, hayamos sentido que algo puro, algo limpio y bello palpita en nuestro corazón, permitiéndonos reconocer a Jesús. Es sentir que adentro de nosotros vuelve a hablar Dios.
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Eso fue lo que le sucedió a Pedro. Jesús, que estaba con ellos y que caminaba con ellos, a través de su testimonio, de su oración y de su amor, a través de sus palabras, los iba limpiando y la basura iba saliendo. De repente, un pedazo del suelo del alma de Pedro quedó limpio, y la voz de Papá Dios se levantó como una llamarada, reconociendo a su Hijo.
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''¿Usted se da cuenta de lo místico y maravilloso de esto que estamos diciendo? Nosotros llevamos adentro la imagen de Dios, tenemos delante a Jesús y Dios Padre reconoce a su Hijo. Mas, entre el Dios Padre que yo tengo adentro como imagen y Cristo vivo que está delante de mí, entre esos dos, está la basura, está el pecado, está la miseria nuestra. Pero Jesús empieza a sacar toda esa basura hasta que queda todo limpio. Entonces, Papá Dios, hace oír su voz a través de mí y yo reconozco a Jesús.''
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''Eso fue lo que le pasó a Pedro. Pero lo más lindo es que también nos puede pasar a nosotros. Si nosotros nos sometemos al mismo procedimiento de Pedro, también a nosotros nos puede pasar. Si nosotros nos dejamos limpiar por Jesús, si nosotros le entregamos a Jesús todo lo que somos y tenemos, todo lo que recordamos y proyectamos, todo lo que soñamos y el mundo nos echa encima, si le decimos a Jesús: "Te autorizo para que tú quites, limpies, arranques, laves", Jesús empieza a hacer su obra.''
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''Jesús es activo, Jesús está vivo, Jesús empieza a limpiar y a limpiar el corazón, hasta que un día nosotros sentimos que la Palabra de Jesucristo y la Palabra de Papá Dios adentro de nosotros, se encuentran.''

Revisión del 22:32 10 ago 2008

Fecha: 20020825

Título: Cuando Dios Padre y Dios Hijo se encuentran en nosotros

Original en audio: 13 min. 12 seg.


La pregunta que hace Jesús es la gran pregunta para este día: "¿Quién dicen ustedes que soy yo?" (véase San Mateo 16,15), una pregunta que no envejece nunca.

Hoy nos interpela, hoy nos atraviesa, hoy nos penetra con la misma fuerza que cuando fue dicha la primera vez. "¿Quién dices tú que es Jesús?" Y también hoy las respuestas serían muchas.

La gente de la Nueva Era habla mucho de Jesús. Dicen que Jesús es un maestro de la luz, es un hombre que alcanzó una perfección espiritual muy grande. Otros miran en Jesús al gran revolucionario, el que se opone a la clase dominante y llega hasta la muerte llevado por sus convicciones. Otros miran en Jesús a un místico, un poeta, un filósofo, un buen hombre.

"¿Quién es Jesucristo para mí?" Esta pregunta no envejece. Uno puede responder desde uno mismo, desde lo que uno encuentra en su propio corazón. Pero el evangelio de hoy nos quiere llevar más allá de nuestro propio corazón.

La respuesta más perfecta no es la que da nuestra naturaleza. La respuesta grande sucede cuando una voz, salida de nuestras entrañas, salida de lo más profundo, pero una voz que viene en realidad del Cielo, nos permite decir: "Tú eres el Mesías, tú eres el Ungido, tú eres el Cristo, tú eres el Salvador".

Esa voz, que nace de adentro, pero que como decía San Agustín, "está más adentro de nosotros que nosotros mismos", esa voz profundísima, no es otra sino la voz del Padre, que por el poder de su Espíritu se adueña de nosotros, en una llamarada nos recorre de abajo a arriba y nos permite exclamar: "¡Tú eres el Señor!"

Nadie puede decir que Jesús es el Señor, nadie lo puede decir, si no es por ese poder, si no es por esa llamarada del Espíritu, que permite que la voz del Padre brote de nuestros labios. Con nuestra naturaleza humana, solamente vemos en Jesús a una persona inteligente, a una persona coherente, a una persona valiente, a una persona hermosa; hasta ahí ven nuestros ojos. Necesitamos del auxilio, -como lo necesitó Pedro-, del Espíritu, para que se deje oír esa voz que está más adentro de nosotros que nosotros mismos.

Nosotros, hermanos, somos imagen de Dios, imagen viva de Dios. Dios se puede ver adentro de nosotros. Adentro de nosotros, Dios mismo puso su imagen y no una imagen muerta, sino una imagen viva. La mirada de Papá Dios, la voz de Papá Dios, está allá, porque nosotros somos imagen de Él.

Pero esa voz está ahogada y esa imagen está tapada. Le hemos echado basura encima. Tenemos sepultada la imagen de Dios en nosotros. No nos parecemos a Dios en muchas cosas. Tenemos sepultada la imagen y por eso, lo que llevamos adentro de nosotros, esa imagen viva y palpitante de Dios, no se deja oír y no se deja sentir.

¿Qué fue lo que sucedió en esta escena maravillosa que nos cuenta el evangelio? Sucedió como cuando se descubre un lienzo. Se encuentra por allá un lienzo que estaba perdido y cubierto de mugre, de polvo, y con infinito cuidado, los restauradores empiezan a limpiar hasta que de pronto aparece la imagen que estaba oculta.

A través de la Palabra de Jesús, a través de la acción del Espíritu, a través del amor de Dios Padre, la basura iba saliendo del corazón de los discípulos. La Palabra de Jesús va limpiando la basura, porque Él mismo lo dice en el capítulo quince de San Juan: "Ustedes están limpios, porque mis Palabras los han limpiado" (véase San Juan 15,3).

Jesús, predicando, es como una señora lavando, limpiando, sacando la mugre. Va saliendo el pecado, va saliendo toda esa basura que nos ha echado el mundo y van saliendo todas las imágenes sucias, todos los engaños, todas las mentiras. Todo va saliendo, y de pronto como un milagro, aparece la imagen de Dios y se escucha otra vez su voz adentro de nosotros.

Es una experiencia fantástica. Es posible que algunos de nosotros la hayamos tenido, hayamos sentido que algo puro, algo limpio y bello palpita en nuestro corazón, permitiéndonos reconocer a Jesús. Es sentir que adentro de nosotros vuelve a hablar Dios.

Eso fue lo que le sucedió a Pedro. Jesús, que estaba con ellos y que caminaba con ellos, a través de su testimonio, de su oración y de su amor, a través de sus palabras, los iba limpiando y la basura iba saliendo. De repente, un pedazo del suelo del alma de Pedro quedó limpio, y la voz de Papá Dios se levantó como una llamarada, reconociendo a su Hijo.

¿Usted se da cuenta de lo místico y maravilloso de esto que estamos diciendo? Nosotros llevamos adentro la imagen de Dios, tenemos delante a Jesús y Dios Padre reconoce a su Hijo. Mas, entre el Dios Padre que yo tengo adentro como imagen y Cristo vivo que está delante de mí, entre esos dos, está la basura, está el pecado, está la miseria nuestra. Pero Jesús empieza a sacar toda esa basura hasta que queda todo limpio. Entonces, Papá Dios, hace oír su voz a través de mí y yo reconozco a Jesús.

Eso fue lo que le pasó a Pedro. Pero lo más lindo es que también nos puede pasar a nosotros. Si nosotros nos sometemos al mismo procedimiento de Pedro, también a nosotros nos puede pasar. Si nosotros nos dejamos limpiar por Jesús, si nosotros le entregamos a Jesús todo lo que somos y tenemos, todo lo que recordamos y proyectamos, todo lo que soñamos y el mundo nos echa encima, si le decimos a Jesús: "Te autorizo para que tú quites, limpies, arranques, laves", Jesús empieza a hacer su obra.

Jesús es activo, Jesús está vivo, Jesús empieza a limpiar y a limpiar el corazón, hasta que un día nosotros sentimos que la Palabra de Jesucristo y la Palabra de Papá Dios adentro de nosotros, se encuentran.