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Revisión del 02:52 29 jul 2008

Fecha: 20070802

Tìtulo: Ser casas abiertas para un mundo que las necesita

Original en audio: 20 min. 1 seg.


En la memoria de Santa Juana tenemos ante todo un testimonio de misericordia. De lo poco que se recuerda con seguridad sobre esta santa mujer, es su generosidad para con los pobres. Su casa es una casa abierta.

A mí me parece que esa es una buena descripción de lo que debe ser una comunidad religiosa, de lo que debe ser la Iglesia, de lo que debe ser el corazón de una persona consagrada, y también de lo que debe ser un Monasterio Dominicano.

Es una casa; es una casa abierta. Ante todo, el mundo necesita hogar, el mundo necesita casas. Necesitamos encontrar éso, que se expresa precisamente con la palabra hogar. Hogar es de la misma familia que hoguera. Hay hogar allí, donde hay una llama, donde hay un fuego que congrega, donde hay una olla también, en la que se cocina para todos.

Un mismo calor y unos mismos alimentos reunen en un mismo amor y en un mismo lenguaje a los miembros de una familia. El mundo necesita casa, porque el mundo está lleno de huérfanos, personas incapaces de conectar con la enseñanza, con los mandatos, con la experiencia de sus mayores, personas que recorren el mundo como si fuera simplemente un mercado en el que todo está para comprar y para vender.

Si el mundo no encuentra casas, lo único que quedan son mercados y cárceles. La frialdad de la cárcel y la frialdad del mercado, no dan espacio para que florezca la vida humana.

Casa es aquel lugar, donde siento que puedo ser recibido. Casa es aquel lugar, donde me conocen, donde mi nombre importa. Casa es aquel lugar, donde una sonrisa me resulta cercana y familiar.

Aprender a ser casa en la vida religiosa, es aprender a reconocernos mutuamente, conocer nuestras necesidades, nuestros pensamientos, nuestras alegrìas, nuestras preguntas. Pero, sobre todo, ser casa es la capacidad de abrir un espacio en el corazón para la necesidad de la otra persona.

Allí, donde alguien es capaz de abrir de su tiempo, abrir de su corazòn, abrir de sus sueños, de sus proyectos, para que el otro quepa, allí hay casa. Y el mundo necesita esa clase de casa.

La tierra entera ha encontrado casa en el Corazón de Nuestro Señor Jesucristo. Todas las necesidades del mundo desfilaron ante ese Corazón; en cierto modo, comparecieron ante el Corazón de Cristo cuando estaba en la Cruz.

En ese Corazón se encuentran nuestras intenciones, pero también las intenciones de los misioneros, de los catequistas, de los Obispos, de los educadores y de los que laboran con esfuerzo en la salud.

En ese Corazón de Cristo están todas las necesidades y todas las miserias humanas. Ese es el Corazón que palpitó con fuerza y que oró con amor por cada uno de nosotros. El Corazón de Cristo es casa, porque mis angustias, mis dolores, ya están en Él.

Cuando yo entro al Corazón de Cristo, no entro donde un extraño, porque Él ya me conoce. Como dicen varios cantos vocacionales: "Me ha llamado por mi nombre". Conoce mi nombre, sabe el significado de cada una de mis miradas, de mis preguntas, de mis lágrimas.

A imagen del Corazón de Cristo, el corazón de la persona consagrada es también una casa. Nosotros no entramos a un monasterio para cerrar el corazón, sino para abrirlo y para que permanezca abierto.