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Es difícil describir el odio y el absoluto desprecio que causaban en el pueblo judío estos señores. Y muchos de ellos, pues justificaban por completo ese odio. Como tenían cierto respaldo jurídico e incluso de fuerza pública por cuenta del Imperio, entonces exprimían hasta el límite de las fuerzas y hasta llevar al hambre y a la miseria a muchos de sus hermanos, y muchas veces se hacían ricos así.
 
Es difícil describir el odio y el absoluto desprecio que causaban en el pueblo judío estos señores. Y muchos de ellos, pues justificaban por completo ese odio. Como tenían cierto respaldo jurídico e incluso de fuerza pública por cuenta del Imperio, entonces exprimían hasta el límite de las fuerzas y hasta llevar al hambre y a la miseria a muchos de sus hermanos, y muchas veces se hacían ricos así.
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Desde luego, un publicano de estos no era ningún ingenuo. Él tenía que darse cuenta que él tenía encima a todo el pueblo y de que tenía el odio de toda la gente sobre su cabeza. Por eso los publicanos ¿qué amigos podían tener? Sólo algunos otros publicanos, algunos otros que les ayudaban en el oficio, y pecadores públicos, es decir, la gente que era igualmente rechazada por todo el pueblo.
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Con estas indicaciones, no podemos dejar de admirarnos de que Jesús se acerque a una vida así y que luego le diga a uno de esos señores: "Sígueme" (''véase'' San Mateo 9,9). Si Jesús hubiera tenido un departamento de relaciones públicas o de imagen, le hubiera caído encima: "Maestro, ¿cómo se te ocurre? Nos van a desacreditar; recién estamos empezando, ¿y vas tú a llamar a semejante lacra, desacreditado ante todo el mundo, lo vas a llamar para que esté con nosotros? ¿Qué va a decir la gente? Es inconcebible el llamado de Jesús, es inconcebible para los que ya estaban con Jesús

Revisión del 16:05 9 jun 2008

Fecha: 19960705

Título:

Original en audio: 8 min. 52 seg.


¿Quiénes eran los publicanos? ¿Quiénes eran estos cobradores de impuestos? Tal vez la gente más odiada del país. Más odiados que los mismos romanos, más odiados que los griegos, más odiados que los antiguos amorreos o moabitas, realmente, la gente más rechazada y despreciada; probablemente con razón.

El oficio de estos publicanos era cobrar los impuestos, pero no había un régimen tributario claro en aquella época. ¿Qué era lo que hacía el Imperio Romano para logar el cobro de los impuestos en una región tan pobre, donde la vida es tan dura, como Palestina? Para no gastar gente suya e ese oficio, que es moesto en todas latitudes y en todos los tiempos, los romanos abrían una especie de licitación.

Llegaban a una población o región y abrían una licitación: "Bueno, ¿quién quiere cobrar los impuestos?" Desde luego, los que se ofrecían, eran gente del mismo pueblo.

¿Y cómo funcionaba aquello? El que iba a cobrar los impuestos tenía que pasar una tasa fija al Imperio Romano. Entonces el Imperio, de acuerdo a lo que conocía de la economía del lugar, fijaba una tasa determinada que servía para toda esa región; es decir, el cobrador tenía que pasarle el Imperio, por cobro de impuestos, tanto dinero en tanto tiempo.

Pero el arte, el malévolo arte de los romanos era no ponerle sueldo al cobrador. El sueldo era lo que él lograba hacer por su cuenta. Entonces el publicano era aquel traidor por excelencia, enemigo de sus hermanos, que vivía en el mismo pueblo de todo el mundo y que era el encargado de servir de explotador de su misma raza, en favor de los enemigos.

Es difícil describir el odio y el absoluto desprecio que causaban en el pueblo judío estos señores. Y muchos de ellos, pues justificaban por completo ese odio. Como tenían cierto respaldo jurídico e incluso de fuerza pública por cuenta del Imperio, entonces exprimían hasta el límite de las fuerzas y hasta llevar al hambre y a la miseria a muchos de sus hermanos, y muchas veces se hacían ricos así.

Desde luego, un publicano de estos no era ningún ingenuo. Él tenía que darse cuenta que él tenía encima a todo el pueblo y de que tenía el odio de toda la gente sobre su cabeza. Por eso los publicanos ¿qué amigos podían tener? Sólo algunos otros publicanos, algunos otros que les ayudaban en el oficio, y pecadores públicos, es decir, la gente que era igualmente rechazada por todo el pueblo.

Con estas indicaciones, no podemos dejar de admirarnos de que Jesús se acerque a una vida así y que luego le diga a uno de esos señores: "Sígueme" (véase San Mateo 9,9). Si Jesús hubiera tenido un departamento de relaciones públicas o de imagen, le hubiera caído encima: "Maestro, ¿cómo se te ocurre? Nos van a desacreditar; recién estamos empezando, ¿y vas tú a llamar a semejante lacra, desacreditado ante todo el mundo, lo vas a llamar para que esté con nosotros? ¿Qué va a decir la gente? Es inconcebible el llamado de Jesús, es inconcebible para los que ya estaban con Jesús