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El periódico el Tiempo aquí de nuestro país sacó una serie de fascículos sobre enigmas de la humanidad y entre esos estaba qué pasó con estas diez tribus. Ha habido algunos investigadores o algunos charlatanes también, que hablan de que esas tribus siguen existiendo después de mucho más de dos mil años, y que están por ahí escondidas o por ahí refugiadas esperando que despunte el Mesías.
 
El periódico el Tiempo aquí de nuestro país sacó una serie de fascículos sobre enigmas de la humanidad y entre esos estaba qué pasó con estas diez tribus. Ha habido algunos investigadores o algunos charlatanes también, que hablan de que esas tribus siguen existiendo después de mucho más de dos mil años, y que están por ahí escondidas o por ahí refugiadas esperando que despunte el Mesías.
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Pero los investigadores más serios llegan a una conclusión que es menos agradable, menos simpática: simplemente se disolvieron, se asimilaron completamente a ese Canaán.
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Es decir  que los investigadores del siglo XX vienen a confirmar excatamente lo que hemos escuchado en la lectura de hoy: asumieron las costumbres de los pueblos a los que habían llegado, se asimilaron a ellos, se disolvieron.
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Me llama la atención este veredicto porque los grandes aciontecimientos, las grandes obras que Dios hizo, posdemos preguntarnos en qué quedaron. Este Reino de Israel fue el que tuvo a los profetas taumaturgos por exelencia: Elías y Eliseo.
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¿Puede pedirse un milagro más espectacular que eso que realizó Elías en el monte Carmelo, cuando bajó fuego del cielo para aprobar la ofrenda que era según su querer y según su alianza? ¿Pueden pedirse más milagros de los que hizo Eliseo, resucitar muertos, transformar la naturaleza de las cosas? ¡Cuántas cosas, cuántas obras no realizó Eliseo!
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Y si miramos desde la política, cuántos intentos de alianza, qué delicado malabarismo el de estos reyes tratando de mantener la paz con sus vecinos gigantes: con Asiria, al norte, con Egipto, a suroccidente. Tratando de mantener la paz y haciendo toda suerte de componendas. Pero ni el ingenio humano, ni el poder de los milagros fueron suficientes para detener la catástrofe cuya sentencia hemos escuchado houy.
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Por lo tanto, ¿qué nos dice esto? que ni los milagrosd más grandes, ni el ingenio más grande, ni la política más astuita, ni la elocuencia más envolvente, nada puede detener el fracaso del hombre si no tiene su corazón puwsto en dios, pero ¿quién llevará este corazón hasta unirlo al corazón de Dios?
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Este fracaso nos enseña demasiado porque nos dice que sólo cuando nuestro querere esté en el corazón de Dios, sólo cuando nos guste lo que a Dios le gusta, sólo cuando amemos lo que Él ama y reprobemos y rechacemos lo que Él rechaza, sólo entonces será posible una alianza de Dios con los hombres.

Revisión del 19:10 4 jun 2008

Fecha: 20000626

Título:

Original en audio: 11 min. 29 seg..


Esta lectura del segundo libro de los Reyes presenta una especie de balance fina sobre el Reino del Norte. Se habían dividido los hebreos, el Reino del Norte parecía el más fuerte, diez tribus al sur, quedaron sólo Judá y Benjamín.

Sin embargo las apariencias engañan, y lo que hemos escuchado en la primera lectura, es el veredicto final sobre estas diez tribus de Israel que desaparecieron.

El periódico el Tiempo aquí de nuestro país sacó una serie de fascículos sobre enigmas de la humanidad y entre esos estaba qué pasó con estas diez tribus. Ha habido algunos investigadores o algunos charlatanes también, que hablan de que esas tribus siguen existiendo después de mucho más de dos mil años, y que están por ahí escondidas o por ahí refugiadas esperando que despunte el Mesías.

Pero los investigadores más serios llegan a una conclusión que es menos agradable, menos simpática: simplemente se disolvieron, se asimilaron completamente a ese Canaán.

Es decir que los investigadores del siglo XX vienen a confirmar excatamente lo que hemos escuchado en la lectura de hoy: asumieron las costumbres de los pueblos a los que habían llegado, se asimilaron a ellos, se disolvieron.

Me llama la atención este veredicto porque los grandes aciontecimientos, las grandes obras que Dios hizo, posdemos preguntarnos en qué quedaron. Este Reino de Israel fue el que tuvo a los profetas taumaturgos por exelencia: Elías y Eliseo.

¿Puede pedirse un milagro más espectacular que eso que realizó Elías en el monte Carmelo, cuando bajó fuego del cielo para aprobar la ofrenda que era según su querer y según su alianza? ¿Pueden pedirse más milagros de los que hizo Eliseo, resucitar muertos, transformar la naturaleza de las cosas? ¡Cuántas cosas, cuántas obras no realizó Eliseo!

Y si miramos desde la política, cuántos intentos de alianza, qué delicado malabarismo el de estos reyes tratando de mantener la paz con sus vecinos gigantes: con Asiria, al norte, con Egipto, a suroccidente. Tratando de mantener la paz y haciendo toda suerte de componendas. Pero ni el ingenio humano, ni el poder de los milagros fueron suficientes para detener la catástrofe cuya sentencia hemos escuchado houy.

Por lo tanto, ¿qué nos dice esto? que ni los milagrosd más grandes, ni el ingenio más grande, ni la política más astuita, ni la elocuencia más envolvente, nada puede detener el fracaso del hombre si no tiene su corazón puwsto en dios, pero ¿quién llevará este corazón hasta unirlo al corazón de Dios?

Este fracaso nos enseña demasiado porque nos dice que sólo cuando nuestro querere esté en el corazón de Dios, sólo cuando nos guste lo que a Dios le gusta, sólo cuando amemos lo que Él ama y reprobemos y rechacemos lo que Él rechaza, sólo entonces será posible una alianza de Dios con los hombres.