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Si esta palabra la escuchamos hoy, no es solamente para que nos invada la tristeza, no es para que nos embriague la tristeza, sino también para que aprendamos, y hay mucho que aprender en los acontecimientos de ese destierro.
 
Si esta palabra la escuchamos hoy, no es solamente para que nos invada la tristeza, no es para que nos embriague la tristeza, sino también para que aprendamos, y hay mucho que aprender en los acontecimientos de ese destierro.
  
Sobre todo, quiero atraer la atención de ustedes sobre un punto que encontramos en esa primera lectura, y ese punto es la falsa seguridad. Los judíos llegaron a ese destierro, entre otras cosas, porque no creían que fueran a llegar. Ceían que siendo el pueblo de Dios, que siendo el pueblo elegido, y que siendo el Templo la Casa de Dios, entonces estaban seguros.
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Sobre todo, quiero atraer la atención de ustedes sobre un punto que encontramos en esa primera lectura, y ese punto es la falsa seguridad. Los judíos llegaron a ese destierro, entre otras cosas, porque no creían que fueran a llegar. Creían que siendo el pueblo de Dios, que siendo el pueblo elegido, y que siendo el Templo la Casa de Dios, entonces estaban seguros.
  
 
Creían que bastaba una alianza celebrada hacía muchos años, y creían que bastaban unos sacrificios celebrados de una manera sólo exterior, sólo ritual, y creían que bastaban unos muros, llamados de la Casa del Señor, y ya con eso, si esta es la Ciudad de Dios, si este es el Templo del Señor, y si aquí se celebran los sacrificios prescritos, estamos a salvo.
 
Creían que bastaba una alianza celebrada hacía muchos años, y creían que bastaban unos sacrificios celebrados de una manera sólo exterior, sólo ritual, y creían que bastaban unos muros, llamados de la Casa del Señor, y ya con eso, si esta es la Ciudad de Dios, si este es el Templo del Señor, y si aquí se celebran los sacrificios prescritos, estamos a salvo.
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Esa es una mirada fetichista, esa es una mirada idolátrica. Y esa idolatría, así se trate de cosas religiosas, esa idolatría nos es del agrado de Dios.
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Cuando miramos las construcciones, las costumbres o los ritos como nuestra fortaleza, mientras el corazón está lejos del Señor, nos estamos engañando a nosotros mismos. Y el pueblo judío fue engañado, fue engañado por esa falsa certeza, pero sobre todo fue engañado por la voz de esos falsos profetas.

Revisión del 19:10 1 jun 2008

Fecha: 20040625

Título:

Original en audio: 6 min. 40 seg.


Hermanos Míos:

La primera lectura del día de hoy nos presenta uno de los cuadros más tristes de toda la Biblia, y sin duda, uno de los más tristesdel Antiguo Testamento.

Es el momento en el que el pueblo de Dios siente que todas sus seguridades se derrumban. ¿Cómo así que la ciudad de David, cómo así que la Ciudad Santa puede ser pisoteada por los paganos? ¿Cómo así que el Templo del Señor tiene que ser pasto de las llamas? ¿Cómo así que manos pías y voces blasfemas pueden aplastar de tal manera toda la piedad, todas la súplicas, todas las esperanzas del pueblo elegido?

Y sin embargo, sucedió. Sucedió hacia el año quinientos ochenta y siete antes de Cristo, y es el momento en el que los judíos parten para el destierro, parten para el exilio babilonio. La tristeza embarga de tal manera, que incluso llega como a oscurecer la vista, pero a nosotros nos corresponde, como verdaderos creyentes y oidores de la Palabra del señor, buscar el sentido de esta Palabra.

Si esta palabra la escuchamos hoy, no es solamente para que nos invada la tristeza, no es para que nos embriague la tristeza, sino también para que aprendamos, y hay mucho que aprender en los acontecimientos de ese destierro.

Sobre todo, quiero atraer la atención de ustedes sobre un punto que encontramos en esa primera lectura, y ese punto es la falsa seguridad. Los judíos llegaron a ese destierro, entre otras cosas, porque no creían que fueran a llegar. Creían que siendo el pueblo de Dios, que siendo el pueblo elegido, y que siendo el Templo la Casa de Dios, entonces estaban seguros.

Creían que bastaba una alianza celebrada hacía muchos años, y creían que bastaban unos sacrificios celebrados de una manera sólo exterior, sólo ritual, y creían que bastaban unos muros, llamados de la Casa del Señor, y ya con eso, si esta es la Ciudad de Dios, si este es el Templo del Señor, y si aquí se celebran los sacrificios prescritos, estamos a salvo.

Esa es una mirada fetichista, esa es una mirada idolátrica. Y esa idolatría, así se trate de cosas religiosas, esa idolatría nos es del agrado de Dios.

Cuando miramos las construcciones, las costumbres o los ritos como nuestra fortaleza, mientras el corazón está lejos del Señor, nos estamos engañando a nosotros mismos. Y el pueblo judío fue engañado, fue engañado por esa falsa certeza, pero sobre todo fue engañado por la voz de esos falsos profetas.