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Amén | Amén | ||
Revisión del 07:29 14 dic 2008
Fecha: 19981225
Título: Contemplando al Nino en el pesebre, nos dice: ¿tanto valgo?
Original en audio: 25 min. 7 seg.
La celebración de la Natividad del Señor, es una solemnidad de tal importancia para la Santa Iglesia, que contamos con cuatro formularios para festejar este misterio: tenemos la Misa de la Vigilia, la Misa de media noche, la Misa de la aurora y la Misa del día, en cierto sentido, de estas cuatro posibles celebraciones, la más importante es esta en la que nos encontramos, la de media noche.
Interpretando aquel pasaje del libro de la Sabiduría, en que se habla de que la noche estaba en la mitad de su carrera cuando Dios envió la salvación, la Iglesia ha entendido que el misterio del nacimiento de Cristo sucedió precisamente a la media noche, y es que quiero decir, que de las cuatro celebraciones que tiene la Iglesia, ésta en la que nos encontramos, quiero concentrar la mirada de nuestro amor en el misterio mismo del Nacimiento, en el momento mismo del Nacimiento, en la aparición misma de ese Sol que despunta en medio de la noche, cumpliendo a la letra lo que dijo Zacarías, el papá de Juan Bautista, "ese sol que nace de lo alto"(véase San Lucas 1,78).
Y por eso, en esta celebración reunimos lo mejor de nuestra fe, pero sobre todo, hacemos de nuestro corazón como un regazo en el que pueda ser acogido, en el que pueda ser recibido, el misterio mismo del Nacimiento del Hijo de Dios.
Dice el profeta Isaías en la Primera Lectura que hemos escuchado: "un niño nos ha nacido" ,"un hijo se nos ha dado"(véase Isaías 9,5). Quienes son papás sienten, descubren muchas veces, con un gozo que alcanza las lágrimas, el regalo de la vida y sienten que todo niño, así la ciencia nos explique de qué manera sucede la fecundación y la gestación, sienten que cada niño es un regalo, es un don.
Pero de este Niño particular, no se dice solamente que sea un regalo para los papás, sino es un regalo para todos nosotros y casi puede decirse, que en esta noche santa, nuestro saludo podría ser tomado de las palabras de Isaías: "un niño nos ha nacido" "un hijo se nos ha dado" (véase Isaías 9,5), porque este Niño, que después quiso llamarse Hijo del hombre, como considerando a toda la humanidad su papá o su mamá, este niño que se llamó a sí mismo Hijo del hombre.
De alguna manera es hijo de todos nosotros, es nacido de nuestras esperanzas, es salido de nuestros dolores, es carne de nuestra carne, es historia de nuestra historia, es amor de nuestro amor, y por eso las palabras de Isaías alcanzan su plenitud.
De sentido en la Natividad del Señor, "un niño nos ha nacido", "un hijo se nos ha dado" y en El, (véase Isaías 9,5), el pueblo que caminaba en tinieblas, ha visto una luz grande; nosotros que habitábamos tierras de sombras hemos visto brillar una luz. Lo que maravilla en el misterio de la Natividad no es sólo lo que ha sucedido, que ya es un regalo, sino sobre todo, ¿por qué ha sucedido? Esta es la pregunta que puede realmente internarnos en el misterio.
Quedarnos solamente con la humanidad, tierna en verdad, elocuente en verdad, pequeña y amorosa en verdad, pero también limitada; quedarnos sólo con la humanidad de este bebito sería poco, hay que preguntarse por qué está aquí; y entonces vienen en nuestro auxilio el prólogo del evangelio de Juan cuando dice: "que los que han creído en Dios, no nacen del deseo de varón" (véase ), no nacen del instinto ni del deseo carnal, sino que han nacido de Dios.
Si esto se dice de los que creen en Cristo, con mejor y mayor razón puede decirse del mismo Cristo. No es el impulso, no es el deseo de la carne; es el celo del Señor, como decía Isaías, el que lo ha realizado, está presente la Carne de Jesucristo en medio de nosotros, porque el amor de Dios lo ha realizado. Cada uno de nosotros es una realización del amor humano, cada uno de nosotros habla del celo, del deseo, de la pasión, del amor del hombre y de la mujer.
Jesús es hijo de un deseo más alto: del deseo infinito de Dios, de la compasión infinita de nuestro Señor, y por eso, internándonos en el misterio de la Carne que hoy ya podemos mirar, descubrimos a Dios mismo amándonos, descubrimos el cumplimiento de sus promesas, descubrimos el tamaño de su misericordia, descubrimos las sorpresas inagotables de su sabiduría, ¿y por qué no decirlo de una vez?, descubrimos a Dios mismo.
¿Por qué está este niño aquí?, ¿por qué está en medio de nosotros? La respuesta nos la podría dar también el Credo Nicenoconstantinopolitano, es por nosotros, es por nuestra salvación.
Si antes se ha dicho que en esa Carne podemos contemplar al mismo Dios, debo ahora decir que cuando descubrimos que fue por nosotros y por nuestra salvación, esa Carne se convierte en un espejo que nos obliga a volvernos sobre nuestro propio corazón. ¿Tánto precio?, ¿tánto valgo? Esta pregunta que nadie puede negar.
En esta noche, mientras adora a Cristo por la puerta humilde de la pobreza, por la puerta del sufrimiento, por la puerta del silencio.. ¿tánto valgo? ¿Tánto soy para ti?
Y cuando uno vuelve los ojos a la propia vida y la descubre, como descubro yo mi vida, tan indigna, tan sucia, tan quebrada, tan rota, cuando uno vuelve los ojos a la propia existencia y la descubre uno así, entonces uno descubre con grande sorpresa, que esos pedazos de vida que ha sido nuestra vida, pedazos que nosotros ya no sabríamos como juntar, trozos que ya no sabríamos como hilvanar, relatos que se quedaron a medio camino, soledades, silencios, incoherencias, abismos que ya no sabemos cómo franquear, esos pedazos rotos de nuestra vida que ya nosotros a veces no nos atrevemos a amar, son sin embargo preciosos, infinitamente preciosos ante Dios, que valen tanto, que por nosotros y por nuestra salvación ha venido Jesucristo, ha venido el Hijo eterno del Padre.
Esta contemplación de nuestra miseria en su miseria, y de su pobreza en nuestra pobreza, este ir y venir entre los ojos de Jesús Niño y de nuestros pobres ojos, entre su corazón que ya palpita amándonos y nuestro corazón que tiene que aprender a palpitar amándole; este ir y venir es el ejercicio saludable de la Navidad, es el que va haciendo que así como Él se ha vestido de mí, yo también me pueda vestir de Él, y así como Él me amó tanto que se hizo semejante a mí, por un amor así, yo también llegué a ser semejante a Él.
El camino que ha escogido Jesucristo, este camino inexplicable para la sabiduría de este mundo, este camino tan oculto que en palabras de Santo Tomás y de otros doctores de la Iglesia, pudo burlar incluso la astucia de los demonios.
Este camino de la humanidad de Jesucristo, este camino de la manifestación del Verbo, fue sin embargo la mejor providencia, indudablemente, para que nuestra humanidad aturdida por los ídolos de esta tierra, humillada por los propios pecados y confundida por no reconocer el rostro de Dios, pudiera acercarse de nuevo al Dios del que se había alejado.
Quiero decir, en efecto, que esta manifestación humilde hasta el extremo, mansa hasta el extremo, pacífica hasta el extremo, este silencio del pesebre, es un grito de amor, es un grito de misericordia.
¿Qué está diciendo esta pequeñita humanidad?, ¿qué está diciendo este bebé inofensivo?, ¿qué está diciendo este Niño inerme, que más parece pedir protección que ser capaz de protegernos?, ¿qué está diciendo este Niño, sino que ha venido por todos?
El silencio de esta noche, el frío que tiene que soportar, la indigencia de ese instante, nos está declarando a todos que ha venido para todos, que nadie queda excluído.
Ya esa Carne, esa Carne pequeñita, humildísima, está predicando, bien se ve que es la Palabra de Dios la que ha llegado a nosotros, porque esa Carne pequeñita del pesebre, si la sabemos escuchar, si la sabemos mirar, si la sabemos contemplar, nos dirá lo que luego le oímos decir cuando ya creció "no he venido a juzgar al mundo, sino a salvarlo" (véase San Juan 12,47), precisamente, porque venía a salvar, porque no venía a juzgar, hace su aparición con una mansedumbre que acerca y que atrae a todos y que convoca a todos.
La paz, la ternura, la indefensión, la inocencia del Niño, ¿quién no entiende el lenguaje?, ¿quién no entiende ese lenguaje? ¿quién no comprende?, ¿quién, que le quede algo de humanidad, no comprende que ahí hay una palabra con la que Dios está declarando que viene para salvación nuestra y no para nuestra condenación?
Por esto, Jesús Bebé, Jesús Niño nos abre el misterio entero de la redención. Desde luego, cuando sucedieron estos acontecimientos, ante los ojos admirados y ante la adoración sublime de María y de José, no se podía todavía decir lo que en este momento podemos decir.
Pero ahora, que por la luz de la Pascua hemos recibido el don del Espíritu Santo, ahora que comprendemos quién es el que está naciendo, entendemos que desde el primer instante de su concepción hasta el descenso en el sepulcro, toda la vida de Jesucristo es una sola palabra, una sola lección, es un sólo mensaje de humildad, de reconciliación, de salvación, de un amor incalculable.
En el capítulo 13 de su evangelio, San Juan levanta la mirada como águila, bien se le ha llamado así, hacia las alturas del amor de caridad en Jesucristo y dice: "habiendo amado a los suyos los amó hasta el extremo" (véase San Juan 13,1 ). Esto lo dice San Juan cuando llegaba la hora definitiva, la hora de la cena, la hora de la traición, la hora de la Cruz, la hora de la muerte.
Pero cuando entramos en los misterios de Cristo, una conclusión se impone en nuestra mente, y es que El nos amó hasta el extremo, no sólo cuando llegó esa cena última, sino que ya la presencia de este Niño es un amor extremo: su huída a Egipto, su infancia pobre, su llegada al Jordán, su bautismo, su tentación en el desierto, sus predicaciones, sus milagros, su intercesión, sus noches de plegaria, su muerte en la Cruz, todo en Él, cada uno de los latidos de su corazón fue un latido extremo, fue un amor extremo.
Parece que Jesús nunca conoció otra manera de amar sino el amor hasta el extremo, y por esta razón la verdadera contemplación de los misterios de Jesucristo, la genuina contemplación de los misterios de Cristo Niño, no se limita a la infancia. Nosotros que somos pobres pecadores, hemos visto romperse nuestra vida muchas veces, el hilo de nuestra vida se ha roto especialmente por el pecado.
Si en este momento apareciera ante mí el niño que yo fui, de cuántas cosas podría acusarme, cuántos sueños traicionados, cuántas palabras inútiles, cuánto tiempo desperdiciado. Entre el niño que yo fui, que podría estar aquí presente y lo soy ahora, hay mucha distancia, y esa distancia ha quedado rota por el pecado.
Luego, Dios tiende puentes maravillosos que recobran la unidad en las personas; pero si vamos a pensar en lo que es el pecado, es indudable que Dios ha tenido que presenciar muchas veces,cómo mis culpas han roto mi vida en muchos pedazos y por eso hay una distancia tan grande entre la inocencia de mi infancia, entre el ardor de mi primera juventud y este momento en el que vivo.
No sucede así en Jesucristo, en El plenamente inmaculado, en El infinitamente uno por un solo amor, por un solo plan, por una sola obediencia; en El completamente uno, no hay esa ruptura.
Cuando luego escuchemos a Jesús predicar con elocuencia, o disputar ante los maestros de la ley o realizar asombrosos exorcismos, preciosas obras de misericordia, grandiosos milagros, estaremos viendo la misma humanidad, la misma inocencia y el mismo amor extremo, que ya desde hoy aparece ante nuestros ojos.
Es esta la razón por la que la Santa Iglesia Católica venera con tan profundo, con tan intenso amor, la infancia de Jesucristo, porque Jesús, aunque crezca y crecerá en edad, en sabiduría y en gracia, Jesús, aunque llegue a ser un joven y luego un adulto, ese Jesús adulto tiene por dentro el palpitar, el estilo, la ternura la inocencia de este mismo Niño que hoy empezamos a mirar.
Y por eso, desde esta altura de la Natividad del Señor hay que saber contemplar el resto del año litúrgico, para que cuando lleguen las sesiones de milagros, para que cuando lleguen los sermones plenos y rebosantes de sabiduría, para que cuando aparezcan las parábolas llenas de místicos sentidos, para que cuando lleguen, en fin, todas las obras maravillosas que el Padre celestial dio a su Hijo, cuando todo eso llegue, nosotros aleccionados por el Espíritu, hundamos nuestros ojos en los ojos de Jesús y así sea grande y así sea adulto, podamos ver otra vez el Niño que hoy aparece y podamos abrazar con el mismo amor, con la misma ternura, con la misma generosidad y sin ninguna barrera, a ese Jesús que habrá de predicarnos, que habrá de sanarnos, que habrá de redimirnos.
El verdadero fruto de la Natividad no puede quedarse sólo, repito, en darle vueltas a esa pequeña Humanidad, se trata de descubrir ahí el comienzo de esa revelación que tiene su plenitud en la Cruz.
El verdadero contemplativo de la Natividad, es aquel que cuando luego ve a Cristo en la Cruz, sabe que se trata del mismo Bebé, sabe que es el mismo Niñito, que ya no está acostado en el pesebre y que ahora está recostado en la Cruz.
Brotan de sus ojos lágrimas, no por el frío y la incomodidad del Nacimiento suyo, sino por el frío del mundo y por la incomodidad de dar a luz a la humanidad entera.
Es el mismo Bebé, es el mismo Niño. Si hoy te sientes capaz, si hoy te sientes animado de abrazar a ese Niño Jesús, no pierdas ese impulso cuando el Niño hable, cuando el Niño predique, cuando el Niño sane; no pierdas ese impulso cuando el Niño se resuelva a tomar su Cruz.
Cuando el niño emprenda el camino de Jerusalén, cuando sea azotado, cuando se vista ya no con los pañales que le da la mamá, sino con su propia Sangre, cuando esté así revestido de llagas y de sangre, tú sabrás que es el mismo Niño y con el mismo amor lo abrazarás y con el mismo amor Él te dará la gracia y la bendición de Dios.
Es el misterio de la Natividad, es el día del Nacimiento de Jesucristo, hay alegría en los cielos. Como no había apóstoles que fueran a evangelizar, la Providencia de Dios dio Ángeles, con lo cual nos enseñó la dignidad del Evangelio y con lo cual nos mostró de qué manera en la Humanidad de Jesucristo se estaban abrazando el cielo y la tierra.
Estos Ángeles que dejaron sus nombres unidos al Evangelio, comunican un gozo que la humanidad esperaba, un gozo que Abraham entreveía, un gozo que Jeremías aguardó, un gozo que todos los profetas quisieron contemplar.
Esta es, pues, la noche para afinar el oído, hay Ángeles también para nosotros. Si algo ha podido enseñarnos Dios leyendo estas palabras y meditando en ellas las palabras que la Iglesia nos da, no pensemos que ya aquí termina el sentido de la Natividad, será siempre necesario que haya un Ángel, y por encima de todo, Espíritu celestial, el Espíritu Santo de Dios que vaya adelante, que vaya al descampado, que encuentre lo más pobre de nosotros y que le comunique la Palabra del Evangelio.
Que venga Dios y pueble de Ángeles esta noche, que recorra con su Espíritu y con los cánticos del cielo nuestros corazones, nuestros hogares y nuestras comunidades.
Que nosotros podamos recorrer junto con los Ángeles el camino que nos separa de Jesús Niño y postrados ante Él, hagamos escuela de contemplación en el corazón de María y la mirada llena de amor de San José.
Amén