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''Pero una vez que nos sentimos sostenidos por el amor divino, una vez que nos sentimos rebosantes de gratitud y de gozo porque Dios nos ha amado y Dios nos ha salvado; una vez que sentimos que nos baña el amor de Dios con el Espíritu Santo, ya no tenemos que pisar fuerte, ya no tenemos que afirmarnos con nuestras propias fuerzas, porque hay Uno más fuerte y más sabio, que nos da un lugar en el Corazón de Dios y que le da una razón a nuestro camino en esta tierra. Ese Alguien es el Espíritu.''
 
''Pero una vez que nos sentimos sostenidos por el amor divino, una vez que nos sentimos rebosantes de gratitud y de gozo porque Dios nos ha amado y Dios nos ha salvado; una vez que sentimos que nos baña el amor de Dios con el Espíritu Santo, ya no tenemos que pisar fuerte, ya no tenemos que afirmarnos con nuestras propias fuerzas, porque hay Uno más fuerte y más sabio, que nos da un lugar en el Corazón de Dios y que le da una razón a nuestro camino en esta tierra. Ese Alguien es el Espíritu.''
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''Por eso, sólo el Espíritu destruye la obra de la soberbia, y cuando cae la torre de la soberbia, entonces es posible encontrarnos todos en el valle de la humildad. El Espíritu Santo destruye la soberbia, regala la humildad y consigue la unidad. ¡Qué obra maravillosa la que hace el Espíritu de Dios!''
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Esto es muy bonito decirlo, pero sobre todo es bonito verlo funcionando, verlo actuando en la vida. ¿Por qué se destruyen las parejas? ¿Por qué se agrietan y desmoronan las familias? Porque las familias se han convertido en satélites de Babel.
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No hay comunicación en la familia. El hombre no entiende lo que le dice la esposa. La esposa no entiende las razones del esposo. Los hijos miran a los papás como enemigos. Los papás miran a los hijos como extraños. Mientras la familia siga siendo Babel, la familia será destruida, la familia será arrasada por las huestes del enemigo, que se llama diablo y Satanás.
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Pero viene el Espíritu del Señor en nuestra ayuda, y el Espíritu nos convence con palabras y razones. El Espíritu se infunde en nosotros, y hace tres cosas maravillosas, pudiéndose salvar así muchas familias.
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Lo primero que hace el Espíritu es que nos muestra nuestra propia culpa. Vivimos pendientes de los errores de los demás. El esposo vive pendiente del tono con el que le habla la esposa, y la esposa vive pendiente de la frialdad con que le responde el esposo: cada uno pendiente de los defectos del otro.
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LLega el Espíritu a nosotros y nos muestra nuestros propios errores, no de una manera humillante, pero sí de una manera humilde. Ahí empieza la victoria.
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La segunda obra que hace el Espíritu llegando a nosotros, es que nos permite ver lo bueno de las otras personas. Cuando a veces prestamos un servicio de consejería a parejas que están en crisis, uno se espanta de todas las cosas malas que ese hombre tiene que decir de la esposa, y todas las cosas malas que esa señora tiene que decir del esposo.
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Y si uno habla con los jóvenes, se espanta de todas las cosas malas que tienen esos muchachos para decir de los papás: "No me entienden, no me aman, son egoístas"; no sé qué más cosas. Pero si uno habla con los papás, se espanta de todas las cosas malas que tienen para decir de los hijos: "Son desordenados, son altaneros, son egoístas", y montañas de cosas más.
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''Tenemos los ojos grandes para ver el mal en las otras personas. Pero el Espíritu Santo baña nuestros ojos con una luz nueva y nos permite reconocer las buenas intenciones, las buenas capacidades, las buenas cualidades de los que tenemos ahí cerca. Así, el Espíritu reaviva en nosotros el amor, y hace posible, no sólo que conozcamos nuestros defectos, -que fue la primera obra-, sino que veamos lo bueno que hay en los otros, que es la segunda obra.''

Revisión del 00:33 8 may 2008

Fecha: 20020519

Título: Algunas obras del Espiritu Santo

Original en audio: 11 min. 16 seg.


Nos hemos reunido, hermanos, en el hermoso día de Pentecostés. Alguien dijo: "Es el cumpleaños de la Iglesia". Porque la Iglesia, aunque hunde sus raíces en el Antiguo Testamento, pudo convertirse verdaderamente, en principio y fuente, en sacramento de salvación para todos los pueblos, sólo con la unción del Espíritu Santo.

Fue el Espíritu, -lo sabemos bien-, el que transformó a unos hombres cobardes, ignorantes, en hombres valientes y sabios. Y ahí se muestra ya lo que podemos esperar del Espíritu Santo. Él transforma nuestra cobardía en valor, y Él transforma nuestra ignorancia en sabiduría.

El valor es la virtud propia de la voluntad cuando está sana, y la sabiduría es propia de la inteligencia cuando está sana. Así que el ejemplo del día de Pentecostés nos muestra perfectamente, cómo el Espíritu viene a sanar las facultades del alma humana, que son principalmente la inteligencia y la voluntad: inteligencia, para conocer y para gustar la verdad; voluntad, para amar y para luchar por el bien, singularmente por ese bien maravilloso que es el amor divino en nuestras almas, el amor divino en esta tierra.

¡Qué cosas tan grandes podemos esperar del Espíritu Santo! Las lecturas de este año, -estamos en el ciclo A; próximo año será el ciclo B, y luego el C-, las lecturas de este año A, nos presentan algunas de las obras maravillosas de este Espíritu.

Si por obra de la soberbia humana se han causado las divisiones, como nos dice la lectura del Génesis con el relato de Babel, el Espíritu Santo, viniendo a nosotros, destruye la obra de la soberbia y siembra en cada uno la semilla celestial de la humildad.

Porque la humildad es un regalo del Cielo. La humildad no nace de ninguna decisión nuestra. Para la mente del mundo, ser humilde es ser tonto. Para la mente del mundo, ser humilde es ser débil. Para la mente del mundo, ser humilde es ser un perdedor. Sólo cuando llega el Espíritu Santo a nosotros, aparece el verdadero rostro, la verdadera belleza, el encanto saludable que tiene la humildad.

Porque, ¿sabe usted de dónde viene la soberbia? La soberbia viene de la necesidad de afirmarse uno, la necesidad de pisar fuerte, porque uno se siente sin fuerzas.

Pero una vez que nos sentimos sostenidos por el amor divino, una vez que nos sentimos rebosantes de gratitud y de gozo porque Dios nos ha amado y Dios nos ha salvado; una vez que sentimos que nos baña el amor de Dios con el Espíritu Santo, ya no tenemos que pisar fuerte, ya no tenemos que afirmarnos con nuestras propias fuerzas, porque hay Uno más fuerte y más sabio, que nos da un lugar en el Corazón de Dios y que le da una razón a nuestro camino en esta tierra. Ese Alguien es el Espíritu.

Por eso, sólo el Espíritu destruye la obra de la soberbia, y cuando cae la torre de la soberbia, entonces es posible encontrarnos todos en el valle de la humildad. El Espíritu Santo destruye la soberbia, regala la humildad y consigue la unidad. ¡Qué obra maravillosa la que hace el Espíritu de Dios!

Esto es muy bonito decirlo, pero sobre todo es bonito verlo funcionando, verlo actuando en la vida. ¿Por qué se destruyen las parejas? ¿Por qué se agrietan y desmoronan las familias? Porque las familias se han convertido en satélites de Babel.

No hay comunicación en la familia. El hombre no entiende lo que le dice la esposa. La esposa no entiende las razones del esposo. Los hijos miran a los papás como enemigos. Los papás miran a los hijos como extraños. Mientras la familia siga siendo Babel, la familia será destruida, la familia será arrasada por las huestes del enemigo, que se llama diablo y Satanás.

Pero viene el Espíritu del Señor en nuestra ayuda, y el Espíritu nos convence con palabras y razones. El Espíritu se infunde en nosotros, y hace tres cosas maravillosas, pudiéndose salvar así muchas familias.

Lo primero que hace el Espíritu es que nos muestra nuestra propia culpa. Vivimos pendientes de los errores de los demás. El esposo vive pendiente del tono con el que le habla la esposa, y la esposa vive pendiente de la frialdad con que le responde el esposo: cada uno pendiente de los defectos del otro.

LLega el Espíritu a nosotros y nos muestra nuestros propios errores, no de una manera humillante, pero sí de una manera humilde. Ahí empieza la victoria.

La segunda obra que hace el Espíritu llegando a nosotros, es que nos permite ver lo bueno de las otras personas. Cuando a veces prestamos un servicio de consejería a parejas que están en crisis, uno se espanta de todas las cosas malas que ese hombre tiene que decir de la esposa, y todas las cosas malas que esa señora tiene que decir del esposo.

Y si uno habla con los jóvenes, se espanta de todas las cosas malas que tienen esos muchachos para decir de los papás: "No me entienden, no me aman, son egoístas"; no sé qué más cosas. Pero si uno habla con los papás, se espanta de todas las cosas malas que tienen para decir de los hijos: "Son desordenados, son altaneros, son egoístas", y montañas de cosas más.

Tenemos los ojos grandes para ver el mal en las otras personas. Pero el Espíritu Santo baña nuestros ojos con una luz nueva y nos permite reconocer las buenas intenciones, las buenas capacidades, las buenas cualidades de los que tenemos ahí cerca. Así, el Espíritu reaviva en nosotros el amor, y hace posible, no sólo que conozcamos nuestros defectos, -que fue la primera obra-, sino que veamos lo bueno que hay en los otros, que es la segunda obra.