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''Es que al Espíritu Santo nada le cuesta trabajo. El Espíritu Santo, como se ha dicho hermosamente, es poderoso sin esfuerzo. Al Espíritu Santo no le cuesta trabajo, no le es difícil. El Espíritu Santo no se agota, no tiene que tomar vacaciones, nunca suspende su obra, es siempre activo, y al mismo tiempo perfecto en sí mismo. "Todo lo recrea, todo lo renueva", dice una de las plegarias de nuestra madre, la Iglesia Católica.''
 
''Es que al Espíritu Santo nada le cuesta trabajo. El Espíritu Santo, como se ha dicho hermosamente, es poderoso sin esfuerzo. Al Espíritu Santo no le cuesta trabajo, no le es difícil. El Espíritu Santo no se agota, no tiene que tomar vacaciones, nunca suspende su obra, es siempre activo, y al mismo tiempo perfecto en sí mismo. "Todo lo recrea, todo lo renueva", dice una de las plegarias de nuestra madre, la Iglesia Católica.''
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Entonces Felipe hizo una obra maravillosa allá en Samaría. ¿Qué significa esto? Que se cumplió la profecía del Señor, porque se siguió expandiendo la obra. En ese momento todo el mundo estaba en la onda, la onda de la evangelización, la onda de la conversión.
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Y siguió propagándose. ¿Qué sigue? Galilea. La próxima noticia que nos traen los Hechos de los Apóstoles, es de una ciudad que estaba todavía más al norte de Galilea, una ciudad que se llamaba Antioquía. En los Hechos de los Apóstoles se habla de dos Antioquías: Antioquía de Pisidia y Antioquía de Siria.
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Antioquía es un nombre que procede de Antíoco, que parece fue común en el Imperio Helenístico. De ahí, me imagino que viene la Antioquia que nosotros conocemos aquí en nuestro país. Pero allá se llamaba Antioquía. Antioquía de Siria queda al norte de Galilea.
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Yo creo que Caifás y esos sumos sacerdotes, de nada se arrepintieron tanto como de haber hecho esa persecución. Porque con ella convirtieron en misioneros a todos los cristianos. Le salió más cara esa persecución.
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Salieron estos cristianos perseguidos, ¿a qué? A perseguir a otros, pero a perseguirlos para Cristo. Cristiano que se respete, no se deja perseguir, sino que cuando lo persiguen, él persigue. Pero lo que pasa es que lo persiguen para darle muerte, y él persigue para dar vida.
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Estos cristianos perseguidos se fueron buscando más gente para Cristo, persiguiéndola para alcanzarla y para llevarla al Reino de Jesucristo. Y en Antioquía de Siria se formó una comunidad en que el desorden sí fue peor, para tristeza de Caifás y sus alegres muchachos. Porque en Antioquía de Siria empezaron a llamar a los discípulos, cristianos.
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Además, allá el Señor regaló una cantidad de dones del Espíritu Santo. Había evangelistas, había profetas, había vírgenes, había...; el Espíritu Santo hizo una fiesta en Antioquía. Esa comunidad rebosaba de vida.
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Entonces Caifás, que había sido el que capitaneó la condena de Jesucristo, dijo: "Esto está grave". Y apareció providencialmente un hombre, un muchacho con cara de obsesivo, un hombre con una meta, la ley, la Ley de Moisés, un fariseo radical, fariseo en todas las células de su alma.
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Los saduceos no se entendían con los fariseos, según hemos oído, y no es la única vez que se escucha en la lectura de hoy. Los saduceos eran gente más bien dedicada a la política, era gente que hacía alianza con el Imperio. En la práctica eran incrédulos. Ellos no creían ni en el rejo de las campanas; además, porque no se utilizaba mucha campana.
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De manera que estos saduceos incrédulos, pragmáticos, políticos, -iba a decir saduceos de porra, pero hasta allá no llego-, sentían desprecio infinito por el resto de la humanidad, empezando por los fariseos.
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Los fariseos, en cambio, eran gente mucho más pobre, eran clase media y clase baja, era gente fanática de la religión, de la ley y del cumplimiento de la ley. Los fariseos decían: "Cuando se cumpla la Ley de Moisés, entonces vendrá el Reino de Dios" (''véase'' ).
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Y los saduceos dejaban que los fariseos predicaran, porque los saduceos sabían que la Ley de Moisés no la iba a cumplir nadie nunca. "Luego el que quiera predicar eso, pues que lo predique. ¡Qué problema! ¡Que lo predique!" Esos dos no se entendían.
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Ellos, los fariseos, tenían un fondo de piedad. Les interesaba la guarda de la ley y todo eso. Lo que pasa es que eran tan obsesivos, que entonces despreciaban a la gente que no podía cumplir la ley.
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Esto significa, entre otras cosas, que el pueblo humilde, humilde, era despreciado por todo el mundo. Los escribas los despreciaban por ignorantes. Los fariseos los despreciaban por pecadores. Los saduceos los despreciaban por débiles. Los romanos los despreciaban por judíos.
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A ese pueblo humilde, humilde, que en el Antiguo Testamento lo llaman "las gentes del país", lo despreciaba todo el mundo. Y esa era la compañía de Jesús en esa época. Resulta que esa humildad y ese pueblo humilde, humilde que había en esa época, tenía gente tan valiosa como la Santa Virgen María, como San José, como Juan Bautista. Todos estos personajes eran de ese pueblo.

Revisión del 00:39 3 may 2008

Fecha: 19990520

Título: Los Hechos de los Apostoles, el libro de las obras del Espiritu Santo

Original en audio: 29 min. 35 seg.


Durante la Pascua, durante el tiempo pascual, hemos estado leyendo el libro de los Hechos de los Apóstoles. Al principio íbamos como despacito, de a poquitos. Ahora, en esta última semana, parece que los que organizaron estas lecturas, se dieron cuenta de que ya se va a acabar la Pascua, y la idea es terminar, más o menos, el libro de los Hechos de los Apóstoles.

Nosotros vamos a acabar el tiempo pascual, precisamente con la solemnidad de Pentecostés, que ya está muy próxima. El libro de los Hechos de los Apóstoles no se lee completo en la Santa Misa. Ese es un placer que queda reservado para los que abran la Biblia en la casita, y allá dediquen sus tiempos y sus horas.

Por ejemplo, mire, en tres días de esta semana, estábamos en el capítulo veinte. Ahora pasamos al capítulo veintidós, donde se nos presenta una escena cuando es juzgado Pablo. Luego otra lectura breve del capítulo veinticinco, que va a ser el día de mañana, y hoy sábado, un pedacito del capítulo veintiocho.

Entonces hay que hacer una cuña aquí. Si usted es de las personas que asiste a la Santa Misa, o que la escucha todos los días, usted conoce mucho de la Sagrada Escritura. Pero usted no conoce toda la Sagrada Escritura.

Hay que hacer el ejercicio de leer la Sagrada Escritura directamente. Porque ni aún oyendo todos los días las lecturas de la Santa Misa, -ni aún así-, se alcanza a escuchar toda la Palabra de Dios.

Las cuentas que se han hecho dicen, que una persona que escucha la Palabra de Dios en la Santa Misa todos los días, años enteros, desde luego tiene un alimento muy sólido para su corazón. Pero parece que no alcanza a escuchar sino una cuarta parte, más o menos, de la Biblia.

Esto quiere decir, que tal vez unas tres cuartas partes o unas dos terceras partes de la Biblia, están sin oír para muchos cristianos, y no existen, prácticamente. Esa es la propaganda; esa es la cuña que yo estoy haciendo: hay que leer la Sagrada Escritura.

La Sagrada Escritura no puede seguir siendo una Palabra desconocida para nosotros, cristianos católicos. Ni siquiera asistiendo a la Santa Misa diariamente, se soluciona esa dificultad. Porque ahora último, en esta semana última, pues estamos oyendo trocitos de capítulos muy separados, el veinte, veintidós, veinticinco, veintiocho, y se acabaron los Hechos de los Apóstoles.

Por cuenta de la Santa Misa, se acabaron los Hechos de los Apóstoles hasta el año entrante. Lo que oyó, lo que le aprovechó; se acabaron los Hechos de los Apóstoles.

Los Hechos de los Apóstoles se podrían llamar también de otra manera. Son los hechos, son las obras del Espíritu Santo. El tiempo de la Pascua comenzó con la Resurrección de Cristo y termina con Pentecostés. La Resurrección de Jesucristo es la gloria grande del Espíritu Santo, porque San Pablo nos dice, que "Dios Padre resucitó a su Hijo por el poder del Espíritu Santo" (véase ). El Espíritu Santo resucita a Jesucristo.

Claro que un oyente atento dirá: "¡Un momento! ¿No dice la teología que Cristo fue resucitado por su propia virtud y poder, puesto que Él es Dios?" Ahí queda un tema profundo de investigación.

¿Qué diremos sobre la Resurrección de Cristo? ¿Que Él se resucitó a sí mismo? Eso se puede decir; Él es Dios. ¿Que el Padre lo resucitó? Hay textos bíblicos que hablan así. ¿Que el Espíritu Santo lo resucitó? Hay otros textos que hablan así. Entonces ahí le queda esa inquietud para sus investigaciones teológicas, maduras.

¿Cómo es el misterio de la Resurrección del Señor? En todo caso yo estoy autorizado para decir, que el Espíritu Santo resucitó a Jesucristo, y esa es la obra más grande para la gloria del Padre. Ese mismo Espíritu lo celebramos ahora, en su efusión, en su descenso sobre los Apóstoles en el día de Pentecostés.

De manera que el Espíritu Santo llega sobre Cristo, y ahora el Espíritu Santo llega sobre nosotros, los cristianos. Y entre esa efusión, esa obra del Espíritu en Cristo, que es el día de la Resurrección, y la obra del Espíritu Santo en Pentecostés, que es como el día de nacimiento de la Iglesia, -entre esas dos obras del Espíritu-, hay un libro, que es el libro de los Hechos de los Apóstoles, que nos cuenta la obra poderosa, sabia y misericordiosa del Espíritu Santo.

Si queremos entonces conocer al Espíritu Santo, hay que leer el libro de los Hechos de los Apóstoles. Hay que ver a ese Espíritu obrando con poder. Hay que ver cómo, por encima de todas las tretas, de todas las persecuciones, de todas las incomprensiones y de todas las durezas de alma, el Espíritu Santo se sale con la suya, y el Espíritu difunde el testimonio de la vida de Cristo hasta los confines del mundo.

Cuando empezó el libro de los Hechos de los Apóstoles, nosotros escuchamos estas palabras de Cristo, que les dice a los Apóstoles: "Van a ser testigos de mí en Jerusalén, en Samaría, en Galilea y hasta los confines del mundo" (véase Hechos de los Apóstoles 1,8).

Esa enumeración lleva un orden. Son como las ondas que se forman en un estanque cuando se tira una piedrita, ondas que van haciendo círculos cada vez más amplios.

Desde la perspectiva de San Lucas, la obra grande empieza ahí en Jerusalén y se va expandiendo. Samaría está un poquito al norte de Judea. La capital de Judea es Jerusalén. Galilea está un poco al norte de Samaría. De modo que Lucas ve la propagación del Evangelio como cuando se tira una piedrita en un estanque, y se van haciendo ondas que van creciendo.

Desde Jerusalén, una conmoción de alegría, un terremoto de dicha sacude al mundo. Ese temblor de gozo empieza con la noticia de la Resurrección y con la fuerza del Espíritu, que se va difundiendo y difundiendo.

De manera que lo que nos está contando el libro de los Hechos de los Apóstoles, es cómo se cumplió esa promesa de Jesucristo en Jerusalén, en Samaría, en Galilea y luego hasta los confines del mundo. Eso es lo que nos está contando.

Por esta razón, los protagonistas humanos van cambiando. Por allá en el capítulo cuarto de los Hechos de los Apóstoles, que tiene veintiocho capítulos en total, los personajes que más aparecían eran Pedro y Juan. Ahí es cuando sucede la famosa resurrección de aquel paralítico que pedía limosna a la puerta del templo.

Y de veras que ese acontecimiento llegó con la noticia de Jesucristo a todo Jerusalén, como tuvieron que confesarlo los mismos sumos sacerdotes, que eran los grandes enemigos de la predicación del Evangelio. Es decir, que a través de Pedro y Juan, se cumplió la Palabra de Cristo, que iba a llegar con la noticia del Evangelio a Jerusalén.

¿Qué sigue? Jerusalén. Después, Samaría. ¿Y cómo llegó la Palabra de Dios a Samaría? Pues llegó, porque los sumos sacerdotes aburridos de que los Apóstoles siguieran predicando que Cristo había sido crucificado injustamente, pero había sido resucitado gloriosamente, desataron una persecución espantosa.

Los Apóstoles se quedaron en Jerusalén, pero mucha gente salió de Jerusalén. Y ésos que salieron corriendo, salieron corriendo y predicando. No salieron corriendo como cobardes, sino salieron corriendo como testigos.

Entre ésos que salieron, hubo un personaje de lo más carismático del mundo, un hombre poseído, llevado por la fuerza del Espíritu hasta límites que hoy nos parecen imposibles. Ese es un santo muy grande de la Iglesia. Y yo me quejo públicamente de que no haya una fiesta para él. ¿De quién estoy hablando? De Felipe, el diácono; no Felipe, el Apóstol, sino Felipe, el diácono.

Felipe, el diácono, es uno de los santos más grandes que aparece en toda la Biblia. ¿Por qué no hay fiesta para él? No sabemos; no tengo ni idea. Pero ese señor era un santo gigantesco.

Felipe, el diácono, era llevado por el Espíritu Santo a través de unos milagros inmensos, que son comparables y de pronto superan a otras obras prodigiosas del Espíritu en otros siglos.

Ustedes ya han oído hablar, por ejemplo, del Padre Pío, recientemente beatificado por Su Santidad Juan Pablo Segundo. Los milagros de bilocación del Padre Pío son para quedarse uno de una pieza.

El Padre Pío, llevado por la obra del Espíritu, recibió de Dios la gracia de hacer milagros, que parecen inconcebibles. Entre otros, en pleno siglo veinte, milagros de bilocación.

Es decir, hasta su realidad corporal quedaba ya en esta tierra como transfigurada por la obra del Espíritu. Y como que se transportaba, o aparecía a veces, en varios lugares al tiempo. Si quieren reírse, ríanse, pero sucedió, y hay testigos juramentados de eso.

Resulta que Felipe, el diácono, era así por el estilo. Su propia realidad corporal, su cuerpo, era transformado de tal manera por la intensidad, por la potencia del Espíritu, que le sucedían esas cosas. Aparecía en unos lugares, el Espíritu lo arrebataba, se lo llevaba como cosa de fábula, de cuento.

¡Pues semejante tesoro de santo no tiene una fiesta en la Iglesia Católica! Razones habrá, pero yo creo que así de a poquito, así de a pasitos, se puede ir introduciendo la causa. Ya pasaron cerca de dos mil años; es posible ir introduciendo la causa de beatificación de San Felipe, diácono.

San Felipe, diácono, -yo lo llamo así con todo respeto por el parecer de la Iglesia-, fue un hombre que con el poder del Espíritu, evangelizó Samaría. Para que nos hagamos cargo del tamaño de obra que es esto, calcule usted el odio que los samaritanos tenían con los judíos, que no les daban ni un vaso de agua.

¿Se acuerda cuando la samaritana, capítulo cuarto de San Juan? Jesús iba de camino hacia Jerusalén. Se le veía que era judío. Una mujer samaritana fue a sacar agua. Jesús le dice: "Dame de beber" (véase San Juan 4,7-8). ¿Qué dijo la samaritana? "¿Y esto qué?" Eso fue lo que dijo. Pero claro, quedó escrito de una manera más delicada en el evangelio: "¿Cómo tú, si eres judío, me pides de beber a mí que soy samaritana?" (véase San Juan 4,9).

"¿Cómo se le ocurre? Es un judío; usted samaritana. Si se va a morir de sed, muérase, pero procure no hacer ruido". Ese era el tamaño del odio.

Otra vez iba Jesús con los Apóstoles, nos cuenta San Lucas; iban camino ya de Jerusalén, y llegaron a una aldea de samaritanos. Pidieron hospedaje. "-¿Para dónde van?" "-Para Jerusalén". "-¡No! No hay hospedaje para ustedes". "-Que estamos muertos de cansancio". "-Pues terminen de morirse, pero allá afuerita". Esa era la situación con los samaritanos.

Resulta que esta gente de Samaría fue convertida por la predicación y por el poder del Espíritu obrando en Felipe, diácono. Analice, calcule usted, cuánto había de Espíritu Santo en este hombre, que podía vencer las barreras raciales, culturales, de resentimiento, los odios.

Es que al Espíritu Santo nada le cuesta trabajo. El Espíritu Santo, como se ha dicho hermosamente, es poderoso sin esfuerzo. Al Espíritu Santo no le cuesta trabajo, no le es difícil. El Espíritu Santo no se agota, no tiene que tomar vacaciones, nunca suspende su obra, es siempre activo, y al mismo tiempo perfecto en sí mismo. "Todo lo recrea, todo lo renueva", dice una de las plegarias de nuestra madre, la Iglesia Católica.

Entonces Felipe hizo una obra maravillosa allá en Samaría. ¿Qué significa esto? Que se cumplió la profecía del Señor, porque se siguió expandiendo la obra. En ese momento todo el mundo estaba en la onda, la onda de la evangelización, la onda de la conversión.

Y siguió propagándose. ¿Qué sigue? Galilea. La próxima noticia que nos traen los Hechos de los Apóstoles, es de una ciudad que estaba todavía más al norte de Galilea, una ciudad que se llamaba Antioquía. En los Hechos de los Apóstoles se habla de dos Antioquías: Antioquía de Pisidia y Antioquía de Siria.

Antioquía es un nombre que procede de Antíoco, que parece fue común en el Imperio Helenístico. De ahí, me imagino que viene la Antioquia que nosotros conocemos aquí en nuestro país. Pero allá se llamaba Antioquía. Antioquía de Siria queda al norte de Galilea.

Yo creo que Caifás y esos sumos sacerdotes, de nada se arrepintieron tanto como de haber hecho esa persecución. Porque con ella convirtieron en misioneros a todos los cristianos. Le salió más cara esa persecución.

Salieron estos cristianos perseguidos, ¿a qué? A perseguir a otros, pero a perseguirlos para Cristo. Cristiano que se respete, no se deja perseguir, sino que cuando lo persiguen, él persigue. Pero lo que pasa es que lo persiguen para darle muerte, y él persigue para dar vida.

Estos cristianos perseguidos se fueron buscando más gente para Cristo, persiguiéndola para alcanzarla y para llevarla al Reino de Jesucristo. Y en Antioquía de Siria se formó una comunidad en que el desorden sí fue peor, para tristeza de Caifás y sus alegres muchachos. Porque en Antioquía de Siria empezaron a llamar a los discípulos, cristianos.

Además, allá el Señor regaló una cantidad de dones del Espíritu Santo. Había evangelistas, había profetas, había vírgenes, había...; el Espíritu Santo hizo una fiesta en Antioquía. Esa comunidad rebosaba de vida.

Entonces Caifás, que había sido el que capitaneó la condena de Jesucristo, dijo: "Esto está grave". Y apareció providencialmente un hombre, un muchacho con cara de obsesivo, un hombre con una meta, la ley, la Ley de Moisés, un fariseo radical, fariseo en todas las células de su alma.

Los saduceos no se entendían con los fariseos, según hemos oído, y no es la única vez que se escucha en la lectura de hoy. Los saduceos eran gente más bien dedicada a la política, era gente que hacía alianza con el Imperio. En la práctica eran incrédulos. Ellos no creían ni en el rejo de las campanas; además, porque no se utilizaba mucha campana.

De manera que estos saduceos incrédulos, pragmáticos, políticos, -iba a decir saduceos de porra, pero hasta allá no llego-, sentían desprecio infinito por el resto de la humanidad, empezando por los fariseos.

Los fariseos, en cambio, eran gente mucho más pobre, eran clase media y clase baja, era gente fanática de la religión, de la ley y del cumplimiento de la ley. Los fariseos decían: "Cuando se cumpla la Ley de Moisés, entonces vendrá el Reino de Dios" (véase ).

Y los saduceos dejaban que los fariseos predicaran, porque los saduceos sabían que la Ley de Moisés no la iba a cumplir nadie nunca. "Luego el que quiera predicar eso, pues que lo predique. ¡Qué problema! ¡Que lo predique!" Esos dos no se entendían.

Ellos, los fariseos, tenían un fondo de piedad. Les interesaba la guarda de la ley y todo eso. Lo que pasa es que eran tan obsesivos, que entonces despreciaban a la gente que no podía cumplir la ley.

Esto significa, entre otras cosas, que el pueblo humilde, humilde, era despreciado por todo el mundo. Los escribas los despreciaban por ignorantes. Los fariseos los despreciaban por pecadores. Los saduceos los despreciaban por débiles. Los romanos los despreciaban por judíos.

A ese pueblo humilde, humilde, que en el Antiguo Testamento lo llaman "las gentes del país", lo despreciaba todo el mundo. Y esa era la compañía de Jesús en esa época. Resulta que esa humildad y ese pueblo humilde, humilde que había en esa época, tenía gente tan valiosa como la Santa Virgen María, como San José, como Juan Bautista. Todos estos personajes eran de ese pueblo.