Diferencia entre revisiones de «P045002a»
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Esa conversación larga, después de la Última Cena, se encuentra en los capítulos: catorce, quince, dieciséis, diecisiete de San Juan. Son cuatro capítulos de palabras de Cristo, cuatro capítulos dedicados al momento más importante y más hermoso de la revelación del Corazón de Jesucristo; por eso digo: Juan le dedica casi el mismo espacio a toda la vida del Señor y a esas últimas horas de la Cena, la Pasión y luego los relatos de apariciones del Resucitado. | Esa conversación larga, después de la Última Cena, se encuentra en los capítulos: catorce, quince, dieciséis, diecisiete de San Juan. Son cuatro capítulos de palabras de Cristo, cuatro capítulos dedicados al momento más importante y más hermoso de la revelación del Corazón de Jesucristo; por eso digo: Juan le dedica casi el mismo espacio a toda la vida del Señor y a esas últimas horas de la Cena, la Pasión y luego los relatos de apariciones del Resucitado. | ||
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| + | ¿Eso qué quiere decir para nosotros? Que en la sagrada Escritura, en los capítulos trece, catorce, quince dieciséis tenemos abierto el Corazón de Jesucristo; ahí están como las expresiones más tiernas, más profundas, más significativas de su amor. | ||
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| + | Y son esos los relatos que estamos escuchando en el Santo evangelio de estos días, por ejemplo, ayer escuchábamos capítulo trece, versículo dieciséis; hoy, el capítulo catorce; y la otra semana sigue el capítulo catorce; por allá más adelante, entonces sigue el capítulo quince. | ||
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| + | Es decir que la Iglesia, durante este tiempo Pascual hasta Pentecostés, lo que va a hacer es tomar esos textos hermosísimos, que son como el testamento espiritual de Jesucristo, cuando Él habría el alma entre los Apóstoles para decirles cómo era su manera de amarnos, para revelarnos la profundidad insondable de su gracia por nosotros. | ||
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| + | Por eso yo creo que cada uno de estos evangelios es como una joya, y hay que tomarla así como una piedra preciosa que tiene su propio brillo, que tiene su propia hermosura. Nunca es tarde para aprender a apreciar la belleza. La belleza que uno tiene se va rápido, porque los años pasan pronto y van dejando su huella; la belleza que uno tiene, esa pasa rápido; pero la belleza que uno aprecia, esa no pasa. | ||
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| + | Nunca es tarde para aprender a amar la belleza, sobre todo cuando se trata de esta belleza espiritual, que no tiene igual, porque es la belleza del Corazón de Jesucristo. | ||
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| + | Por eso mi invitación en este día es a tomar de nuestro tiempo para leer, para conocer, para apreciar estas cosas, que no son hechas por ningún joyero; son hechas y moldeadas por el espíritu santo; y no están hechas en oro, sino están moldeadas en la carne viva del Corazón de Nuestro Señor. No me desprecien esa invitación. | ||
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| + | Tal vez, en otro tiempo estábamos menos acostumbrados a acercarnos a la Palabra de Dios y todavía le conservamos como un temor reverencial, o como una distancia, o como un prejuicio que uno debe entender. | ||
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| + | Toma, por favor, antes de que se acabe la Pascua, toma las lecturas de los capítulos trece, catorce, quince, dieciséis, el diecisiete también es una oración de Cristo, ese es el regalo de Dios para la Iglesia en la Pascua, ¡cómo se lo vamos a despreciar! Hay que tomar ese regalo y apreciarlo. | ||
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| + | Para que se vea el tamaño y la hermosura de lo que está ahí, miremos no más el evangelio de hoy. Con qué misericordia, con qué delicadeza, Jesús, al momento de su partida, no piensa en sí mismo, ni en los dolores y torturas que le aguardan; Jesús está a unas horas de los momentos espantosos de la flagelación, de la humillación, azotado, coronado de espinas, traspasado por los clavos, escarnecido; está está a unas pocas horas de su propia condena de muerte. | ||
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| + | Pero Él no está pensando en sí mismo, Él piensa en ese pequeño rebaño, que son sus Apóstoles, y pensando en que ellos pueden vacilar al sentirse solos y perseguidos, entonces le dice estas palabras tan profundamente consoladoras, que nos sirven también a nosotros cuando sentimos que Cristo no aparece por ningún lado: "Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios, y creed también en mí" (''véase'' San Juan 14,1), luego dice que se va a ir a prepararnos un sitio. | ||
Revisión del 02:25 9 abr 2008
Fecha: 20000519
Título:
Original en audio: 10 min. 39 seg.
El evangelio de Juan se divide en dos partes: la primera parte, que son los doce primeros capítulos, nos muestra las principales señales que dio Nuestro Señor jesucristo durante su vida; Juan no los llama milagros, sino señales. Señales para que descubramos el Reino de Dios, señales para que descubramos que Cristo es el enviado del Padre.
La segunda parte son los capítulos, desde el número trece hasta el final; y esa segunda parte está dedicada sólo a la Última Cena, a la Pasión de Cristo y a los relatos de la Resurrección del Señor, de las apariciones del Resucitado.
Fíjate que es más o menos mitad y mitad: doce primeros capítulos, y luego casi otros doce solamente para contarnos la Última Cena, la Pasión y los relatos de apariciones del resucitado.
¿Esto qué quiere decir? Que en términos así de números, Juan le dedica casi el mismo tiempo a los treinta y tres años de la vida de Cristo y a lo que pasó en las últimas horas, es decir,lo que pasó lo que pasó desde la Última Cena en adelante. El evangelio de Juan nos cuenta, con mucho detalle, una cantidad de conversaciones, de palabras que Cristo les dice a los Apóstoles.
Esa conversación larga, después de la Última Cena, se encuentra en los capítulos: catorce, quince, dieciséis, diecisiete de San Juan. Son cuatro capítulos de palabras de Cristo, cuatro capítulos dedicados al momento más importante y más hermoso de la revelación del Corazón de Jesucristo; por eso digo: Juan le dedica casi el mismo espacio a toda la vida del Señor y a esas últimas horas de la Cena, la Pasión y luego los relatos de apariciones del Resucitado.
¿Eso qué quiere decir para nosotros? Que en la sagrada Escritura, en los capítulos trece, catorce, quince dieciséis tenemos abierto el Corazón de Jesucristo; ahí están como las expresiones más tiernas, más profundas, más significativas de su amor.
Y son esos los relatos que estamos escuchando en el Santo evangelio de estos días, por ejemplo, ayer escuchábamos capítulo trece, versículo dieciséis; hoy, el capítulo catorce; y la otra semana sigue el capítulo catorce; por allá más adelante, entonces sigue el capítulo quince.
Es decir que la Iglesia, durante este tiempo Pascual hasta Pentecostés, lo que va a hacer es tomar esos textos hermosísimos, que son como el testamento espiritual de Jesucristo, cuando Él habría el alma entre los Apóstoles para decirles cómo era su manera de amarnos, para revelarnos la profundidad insondable de su gracia por nosotros.
Por eso yo creo que cada uno de estos evangelios es como una joya, y hay que tomarla así como una piedra preciosa que tiene su propio brillo, que tiene su propia hermosura. Nunca es tarde para aprender a apreciar la belleza. La belleza que uno tiene se va rápido, porque los años pasan pronto y van dejando su huella; la belleza que uno tiene, esa pasa rápido; pero la belleza que uno aprecia, esa no pasa.
Nunca es tarde para aprender a amar la belleza, sobre todo cuando se trata de esta belleza espiritual, que no tiene igual, porque es la belleza del Corazón de Jesucristo.
Por eso mi invitación en este día es a tomar de nuestro tiempo para leer, para conocer, para apreciar estas cosas, que no son hechas por ningún joyero; son hechas y moldeadas por el espíritu santo; y no están hechas en oro, sino están moldeadas en la carne viva del Corazón de Nuestro Señor. No me desprecien esa invitación.
Tal vez, en otro tiempo estábamos menos acostumbrados a acercarnos a la Palabra de Dios y todavía le conservamos como un temor reverencial, o como una distancia, o como un prejuicio que uno debe entender.
Toma, por favor, antes de que se acabe la Pascua, toma las lecturas de los capítulos trece, catorce, quince, dieciséis, el diecisiete también es una oración de Cristo, ese es el regalo de Dios para la Iglesia en la Pascua, ¡cómo se lo vamos a despreciar! Hay que tomar ese regalo y apreciarlo.
Para que se vea el tamaño y la hermosura de lo que está ahí, miremos no más el evangelio de hoy. Con qué misericordia, con qué delicadeza, Jesús, al momento de su partida, no piensa en sí mismo, ni en los dolores y torturas que le aguardan; Jesús está a unas horas de los momentos espantosos de la flagelación, de la humillación, azotado, coronado de espinas, traspasado por los clavos, escarnecido; está está a unas pocas horas de su propia condena de muerte.
Pero Él no está pensando en sí mismo, Él piensa en ese pequeño rebaño, que son sus Apóstoles, y pensando en que ellos pueden vacilar al sentirse solos y perseguidos, entonces le dice estas palabras tan profundamente consoladoras, que nos sirven también a nosotros cuando sentimos que Cristo no aparece por ningún lado: "Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios, y creed también en mí" (véase San Juan 14,1), luego dice que se va a ir a prepararnos un sitio.