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Notemos que esos dos problemas tan graves, el problema de la muerte y el problema de los enemigos, no tienen respuesta en las religiones. Las religiones se ponen a resolver otros problemas; otros, que también son muy interesantes y muy importantes. Claro, yo no voy a decir que uno puede despreciar todo lo que han dicho todas las religiones. ¡No! ¡De ninguna manera! Pero sí hay que decir, que bendito Dios hay unas respuestas muy distintas en nosotros. ¡Bendito Dios!
 
Notemos que esos dos problemas tan graves, el problema de la muerte y el problema de los enemigos, no tienen respuesta en las religiones. Las religiones se ponen a resolver otros problemas; otros, que también son muy interesantes y muy importantes. Claro, yo no voy a decir que uno puede despreciar todo lo que han dicho todas las religiones. ¡No! ¡De ninguna manera! Pero sí hay que decir, que bendito Dios hay unas respuestas muy distintas en nosotros. ¡Bendito Dios!
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Dos problemas gordos, grandes, incómodos: la muerte y los enemigos. Sólo de Cristo se dice que resucitó de entre los muertos. Sólo de Él, y no me cansaré de decirlo. ¡Sólo de Él!
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''Me siento feliz de ser cristiano, porque pertenezco a una comunión de fe que se atreve a proclamar delante de los siglos, delante de las culturas, en toda lengua y por encima de todo conocimiento, que el Crucificado resucitó de entre los muertos. Y eso no lo hizo nadie de nadie. Hay que sentirse feliz, y me siento feliz yo.''
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Pero hoy no se trata de hablar de la Resurrección. Yo la he traído aquí a cuento por la relación que hay con el otro problema. Así como nadie tiene respuesta al problema de la muerte, nadie tiene respuesta al problema de los enemigos.
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Menos Cristo, que sí tiene una propuesta que nos hace hoy. La frase que a uno más le queda de este evangelio que hemos oído, es aquello de: "Amar al enemigo" (''véase'' San Mateo 5,44). Y uno dice: "¡Razón que eso no se le ocurrió a Buda, ni se le ocurrió a Mahoma, ni se le ocurrió a ninguno de esos!"
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Es que eso no sale, como nos decía el Padre Cornelio en su predicación. Uno hasta hace buenos propósitos con su enemigo: "Voy a tratar de verle el lado bueno. Alguna cualidad ha de tener ese desgraciado". Pero en cuanto hace su aparición, uno siente que todos los buenos propósitos se desmoronan.
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Por eso es importante la lectura de hoy. Porque es que Jesús no dijo: "Si tienes un enemigo, ámalo. ¡Resolví el problema! Chau todos". Cristo no dijo eso. No separemos una parte del resto. ¡No separemos!
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Mire cómo dijo Cristo: "Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el Cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos" (''véase'' San Mateo 5,44-45).
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El paquete es completo. Y uno no puede poner en práctica una parte del paquete sin la otra parte del paquete. Es lo mismo que si a uno le dieran un carro con una sola rueda. Obviamente eso no puede caminar. Y si algún movimiento se le intenta poner, es para destruir al pobre aparato.
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Cristo nos da un carro de cuatro ruedas, y hay que ponerle las cuatro ruedas al carro para que ande. Con una sola, no anda. Una sola, ¿cuál es? Amar al enemigo. Pero son cuatro.
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''¿Cuáles son las cuatro? La primera es amar al enemigo. La segunda es hacer el bien. La tercera es rezar, y la cuarta es mirar el ejemplo del Padre Celestial. Esas son las cuatro.''
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Son cuatro ruedas. Con tres ruedas algunos carros muy finos andan. Pero la mayor parte de los carros no andan si no es con las cuatro ruedas. Y seguramente nosotros no somos demasiado finos. Nosotros somos comunes y corrientes, y necesitamos, como todos los demás carritos, las cuatro ruedas.
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''Por eso vamos a estudiar por un momento esas cuatro ruedas. Cristo las nombró en el orden de la ejecución; es decir, de lo que había que hacer: amar al enemigo, hacer el bien al que lo aborrece a uno, rezar por el que lo persigue, y mirar el ejemplo del Padre Celestial. Eso es lo que hay que hacer.''
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Nuestro amigo, Santo Tomás de Aquino, tiene una afirmación que es clave para muchas cosas en la vida. Santo Tomás de Aquino dice: ''"Lo primero en la intención, es lo último en la ejecución",'' y lo contrario: ''"Lo último en la intención, es lo primero en la ejecución".''
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Vamos a hacer filosofía tres minutos y medio, para entender esa frase de Santo Tomás, y con ella agarrar las cuatro ruedas, poner esas cuatro ruedas al carro, a ver si así, sí funciona. Porque en las religiones que conocemos, el asunto no camina, sino que se pusieron fue a hacer toreo.
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¿Qué quiere decir la frase de Santo Tomás? Nos dice: "Lo primero en la intención, lo primero que usted quiere hacer, es lo último que usted logra".
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Explicación: Consideremos un arquitecto. El arquitecto lo primero que quiere hacer, es un palacio, una gran casa. Pero la gran casa no es lo primero que hace. ¿Qué es lo primero que hace? Tiene que conseguir la plata, tiene que conseguir el terreno, tiene que hacer los cimientos, tiene que poner la red eléctrica, y por último, cuando ya finalmente envejeció, entonces dice:  "Este es el palacio que yo quería; esto era lo que yo quería". Pero pasaron muchos años; sufrió mucho: "Lo último que logré fue lo primero que quería".

Revisión del 06:16 14 feb 2008

Fecha: 20010310

Título: La respuesta al problema de los enemigos

Original en audio: 21 min. 45 seg.


Amados Hermanos:

Este evangelio que acabamos de escuchar, no es desconocido para nosotros. Puede decirse que es demasiado conocido, porque ciertamente es una característica del mensaje de Cristo, pedir el amor a los enemigos.

Esto no aparece en ninguna otra religión de la que yo tenga noticia. Lo mismo que la resurrección es una característica de nuestra fe, el amor a los enemigos es una característica de nuestra manera de obrar.

Hay muchas religiones en el mundo. Pero a ningún fundador de religión se le ocurrió una cosa tan bárbara, tan grande, tan fantástica como la resurrección. Se puede hablar mucho sobre la sabiduría de Buda, sobre la inspiración de Mahoma, sobre la inteligencia, la perspicacia de Confucio, pero ni Confucio, ni Buda, ni Mahoma, ni nadie, tuvo la ocurrencia de decir: "Voy a resucitar". Y de ninguno de ellos se dice: "Resucitó".

Descubramos por favor la maravilla que es Cristo. Descubramos la unicidad de nuestra fe. Sólo Cristo, sólo Él plantea una respuesta radical al problema de la muerte.

¿Qué nos dice el budismo? "¡Anestésiese, hermano! ¡Déjela correr! ¡Pásela suave! Que usted no sienta. Si usted vive de tal manera desprendido de todo lo feo, cuando llegue la muerte, pues, ¿qué más da?" Ese no es el cristianismo.

¿Qué dice el hinduismo? "Cuando llegue la muerte, tranquilo. Usted reencarnará. ¿En qué? ¿En dónde? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿De qué modo? No sabemos, pero reencarnará. De manera que la muerte no es grave, porque usted va a reencarnar".

¿Qué nos dice Confucio? "Lleve una existencia digna y superior"; -en eso se parece Confucio a Aristóteles-; "lleve una existencia digna, superior, alta, noble, de tal forma que cuando usted se muera, va a quedar con una cara muy seria, muy noble, muy especial". No tiene una respuesta al problema.

¿Qué nos dice Marx? "Trabaje, porque llegará un tiempo en que el mundo será justo. -¿Y yo veré ese tiempo? -¡No! ¡Pero lo vamos a recordar con un cariño! Usted se habrá muerto y habrá desaparecido. No queda nada de usted"; porque el marxismo desde luego no cree en nada después de la muerte.

Nadie tiene respuesta al problema de la muerte; sólo Cristo, sólo Él. Sólo Él aborda de frente el problema de la muerte, y sólo de Cristo se dice: "¡Resucitó!" Esa locura únicamente la decimos nosotros, los cristianos, y sólo la decimos de Cristo.

Descubramos la maravilla que es ser cristianos. Pues así como Cristo es el único que tiene respuesta al problema de la muerte, Cristo es también el único que tiene respuesta al problema de los enemigos. Es que en el fondo, como ya nos enseñó San Pablo, la muerte es el gran enemigo: "El último enemigo vencido será la muerte" (véase 1 Corintios 15,26), dice San Pablo.

Las religiones y filosofías no tienen respuesta al problema de los enemigos. Hagamos una rápida revisión: ¿Qué dice el budismo? "Usted estará tan supremamente lejos de todo lo que pasa en esta tierra, que usted ni se dará cuenta de que tiene enemigos".

¿Qué dice el hinduismo? El hinduismo dice: "¡Ubícate! ¡Ubícate! Descubre cuál es tu rango, cuál es tu nivel dentro de la pirámide social, que es la pirámide del ser. Si tú, por ejemplo, eres un paria", -palabra que significa intocable-, "si tú eres un intocable, te figuró. No hay nada que hacer. Tu destino es ése; tú tienes eso escrito, no hay nada que hacer".

"Si tú eres un musulmán y tienes un enemigo que es un maldito pagano, pues, ¿para qué se hicieron las bombas, hermano? Tú puedes acabar con tu enemigo"; -esa es la yihad, la guerra santa-; "¡tú puedes acabar con tu enemigo!".

Confucio y Aristóteles, ¿qué dicen? "¿Qué le importa a la luna que los perros le ladren? ¡Me resbala! -¡Me resbala! -¿Qué? -Sí, me despreció. -Pero, ¿quién? -Un sapo. Luego, ¡qué! ¡Qué me importa! Fue una babosa. ¡Qué importa!

Todas las religiones en el fondo son toreros que le hacen el quite al problema del enemigo, como le han hecho el quite al problema de la muerte: "¡Un enemigo! ¡Un enemigo! ¡Uh! Lo pasó el enemigo; que él siga su camino y yo sigo mi camino".

Otros piden otras soluciones que se parecen mucho a la violencia aquella de los musulmanes: "Tengo un enemigo, pero afortunadamente también tengo unos amigos que andan bancados, que andan bien fortalecidos y que me pueden hacer el favor de quitarme de en medio a mi enemigo". Y así funcionan muchas cosas en Colombia.

Notemos que esos dos problemas tan graves, el problema de la muerte y el problema de los enemigos, no tienen respuesta en las religiones. Las religiones se ponen a resolver otros problemas; otros, que también son muy interesantes y muy importantes. Claro, yo no voy a decir que uno puede despreciar todo lo que han dicho todas las religiones. ¡No! ¡De ninguna manera! Pero sí hay que decir, que bendito Dios hay unas respuestas muy distintas en nosotros. ¡Bendito Dios!

Dos problemas gordos, grandes, incómodos: la muerte y los enemigos. Sólo de Cristo se dice que resucitó de entre los muertos. Sólo de Él, y no me cansaré de decirlo. ¡Sólo de Él!

Me siento feliz de ser cristiano, porque pertenezco a una comunión de fe que se atreve a proclamar delante de los siglos, delante de las culturas, en toda lengua y por encima de todo conocimiento, que el Crucificado resucitó de entre los muertos. Y eso no lo hizo nadie de nadie. Hay que sentirse feliz, y me siento feliz yo.

Pero hoy no se trata de hablar de la Resurrección. Yo la he traído aquí a cuento por la relación que hay con el otro problema. Así como nadie tiene respuesta al problema de la muerte, nadie tiene respuesta al problema de los enemigos.

Menos Cristo, que sí tiene una propuesta que nos hace hoy. La frase que a uno más le queda de este evangelio que hemos oído, es aquello de: "Amar al enemigo" (véase San Mateo 5,44). Y uno dice: "¡Razón que eso no se le ocurrió a Buda, ni se le ocurrió a Mahoma, ni se le ocurrió a ninguno de esos!"

Es que eso no sale, como nos decía el Padre Cornelio en su predicación. Uno hasta hace buenos propósitos con su enemigo: "Voy a tratar de verle el lado bueno. Alguna cualidad ha de tener ese desgraciado". Pero en cuanto hace su aparición, uno siente que todos los buenos propósitos se desmoronan.

Por eso es importante la lectura de hoy. Porque es que Jesús no dijo: "Si tienes un enemigo, ámalo. ¡Resolví el problema! Chau todos". Cristo no dijo eso. No separemos una parte del resto. ¡No separemos!

Mire cómo dijo Cristo: "Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el Cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos" (véase San Mateo 5,44-45).

El paquete es completo. Y uno no puede poner en práctica una parte del paquete sin la otra parte del paquete. Es lo mismo que si a uno le dieran un carro con una sola rueda. Obviamente eso no puede caminar. Y si algún movimiento se le intenta poner, es para destruir al pobre aparato.

Cristo nos da un carro de cuatro ruedas, y hay que ponerle las cuatro ruedas al carro para que ande. Con una sola, no anda. Una sola, ¿cuál es? Amar al enemigo. Pero son cuatro.

¿Cuáles son las cuatro? La primera es amar al enemigo. La segunda es hacer el bien. La tercera es rezar, y la cuarta es mirar el ejemplo del Padre Celestial. Esas son las cuatro.

Son cuatro ruedas. Con tres ruedas algunos carros muy finos andan. Pero la mayor parte de los carros no andan si no es con las cuatro ruedas. Y seguramente nosotros no somos demasiado finos. Nosotros somos comunes y corrientes, y necesitamos, como todos los demás carritos, las cuatro ruedas.

Por eso vamos a estudiar por un momento esas cuatro ruedas. Cristo las nombró en el orden de la ejecución; es decir, de lo que había que hacer: amar al enemigo, hacer el bien al que lo aborrece a uno, rezar por el que lo persigue, y mirar el ejemplo del Padre Celestial. Eso es lo que hay que hacer.

Nuestro amigo, Santo Tomás de Aquino, tiene una afirmación que es clave para muchas cosas en la vida. Santo Tomás de Aquino dice: "Lo primero en la intención, es lo último en la ejecución", y lo contrario: "Lo último en la intención, es lo primero en la ejecución".

Vamos a hacer filosofía tres minutos y medio, para entender esa frase de Santo Tomás, y con ella agarrar las cuatro ruedas, poner esas cuatro ruedas al carro, a ver si así, sí funciona. Porque en las religiones que conocemos, el asunto no camina, sino que se pusieron fue a hacer toreo.

¿Qué quiere decir la frase de Santo Tomás? Nos dice: "Lo primero en la intención, lo primero que usted quiere hacer, es lo último que usted logra".

Explicación: Consideremos un arquitecto. El arquitecto lo primero que quiere hacer, es un palacio, una gran casa. Pero la gran casa no es lo primero que hace. ¿Qué es lo primero que hace? Tiene que conseguir la plata, tiene que conseguir el terreno, tiene que hacer los cimientos, tiene que poner la red eléctrica, y por último, cuando ya finalmente envejeció, entonces dice: "Este es el palacio que yo quería; esto era lo que yo quería". Pero pasaron muchos años; sufrió mucho: "Lo último que logré fue lo primero que quería".