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''Pero mientras el corazón no descubra que ahí está el Mesías, el Hijo de Dios vivo; mientras no se descubra eso, Cristo no será Cristo para mí, que fue lo descubrió Pedro: "Este es el Ungido de Dios para nosotros. Este es el que Dios nos ha enviado"'' (''véase'' San Mateo 16,16).
 
''Pero mientras el corazón no descubra que ahí está el Mesías, el Hijo de Dios vivo; mientras no se descubra eso, Cristo no será Cristo para mí, que fue lo descubrió Pedro: "Este es el Ungido de Dios para nosotros. Este es el que Dios nos ha enviado"'' (''véase'' San Mateo 16,16).
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Esa es una primera enseñanza que tomamos de esas palabras: "Eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso" (''véase'' San Mateo 16,17). Pero fíjate: "No te lo ha revelado nadie de carne y hueso; no te lo puede revelar nadie de carne y hueso". ''¿Quién tiene el poder en el corazón humano? Sólo Dios.''
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A uno no lo pueden convertir por más argumentos que le presenten. A uno no lo pueden convertir por más buenos ejemplos que le presenten. A uno le pueden decir: "Mira que la Iglesia tiene entre sus Santos a un San Juan de Dios, a un San Ambrosio, a un Santo Tomás, a un San Martín de Porres, a una Santa Rosa de Lima".
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Y uno por dentro puede sentirse duro y decir: "Sí, pero también ha tenido sus degenerados, ha tenido su gente codiciosa, ha tenido su gente perversa, pervertida y pervertora.
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La carne y la sangre no tienen este poder, no lo tienen. O dicho de otra manera: nadie puede convertir a nadie. La conversión, ese maravilloso clic que un día sucede en algunos corazones y que hace que una persona diga: "Todo es verdad, todo", ese maravilloso clic que hace que uno sienta que es verdad todo aunque haya pecado, aunque hubiera muchísimo más pecado, aunque hayan sucedido tantas cosas malas en la Iglesia y aunque sucedieran muchas más, es una revelación, es una acción interior, que hace que uno por dentro sienta: "Todo es verdad, todo".
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¡Todo es verdad! Es verdad que Dios existe, es verdad que envió a su Hijo, es verdad que el Espíritu existe, es verdad que está en la Eucaristía. ¡Es verdad! Esa maravillosa sensación es verdad. ¡Es verdad! ¡Todo es verdad!
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Eso sólo lo puede hacer Dios. Si yo pudiera, -porque soy profesor, o porque soy predicador, o porque soy catequista-, si yo pudiera, si existiera alguna metodología, si hubiera una receta para llevar a las personas a esto, yo daría todo lo que tengo y soy por encontrarla. Pero la Biblia nos advierte: "Mira, eso no existe".
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''No es un problema solamente de método ni de pedagogía. Es la maravillosa, la íntima acción por la que Dios Padre revela a tu corazón algo que nadie más te puede dar. Esa es la entraña, esa es la esencia misma de nuestra fe.''
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''La fe, que viene así como un regalo que Dios Padre nos da por la acción de su Espíritu cuando conocemos al Hijo, esa fe es una piedra tan sólida, es algo tan firme, que sobre esa firmeza se puede construir.''
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Cuando Jesucristo, entrando por los ojos de su Apóstol Pedro, pudo ver esa firmeza en el corazón de Pedro, y pudo ver la calidad de don que Papá Dios le había dado a su Apóstol, cuando Jesús vio esa fe, vio ese cimiento, vio ese regalo que le había dado el Padre a Pedro, entonces dijo: "Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia" (''véase'' San Mateo 16,18).
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''Eso no lo puede derrotar nadie. Nadie puede derrotar a esa fe. La fe es la cosa más bella que uno puede encontrar en el corazón humano, es el cimiento en donde empieza el Cielo mismo. La fe es algo maravilloso, y la fe es invencible.''
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Mencionemos un poco de por qué es invencible la fe. ¿Por qué a uno se le puede quebrantar la fe? Hablemos con las personas que han perdido la fe. Hablemos con las personas que han cambiado de religión, o que hoy se declaran ateas, o que simplemente se entibiaron, se entibiaron hasta quedar frías.

Revisión del 00:16 10 feb 2008

Fecha: 20030222

Título: La fe inquebrantable

Original en audio: 22 min. 40 seg.


Hermanos:

Apoyémonos en algunas frases de las lecturas de hoy, para hacer una meditación que nos sirva de alimento.

Jesús le dice a Pedro: "Dichoso, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el Cielo" (véase San Mateo 16,17). Es que Pedro había dicho: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo"(véase San Mateo 16,16).

Jesús le dice: "Eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el Cielo" (véase San Mateo 16,17). De aquí aprendemos varias cosas. Primera, que el Padre que está en los Cielos, no está como un espectador de la obra de su Hijo Jesucristo. El Padre que está en los Cielos, está revelando el misterio de Cristo a los que están cerca de Cristo.

El Padre no arrojó a Cristo al mundo, lo envió. No lo arrojó, no se desprendió de Él, lo envió. Y el Padre acompaña la misión de su Hijo, revelando el misterio de su Hijo a los que están cerca de su Hijo.

Esto lo entendemos de pronto mejor, si pensamos en que uno puede estar cerca de Jesús sin descubrir el misterio de Jesús. La gente había visto milagros, había escuchado sermones, exorcismos espectaculares, prodigios inigualables, palabras elocuentísimas, y sin embargo, no habían descubierto quién era Cristo.

Uno puede estar muy cerca de Cristo sin descubrir quién es Cristo. Los mismos Apóstoles no respondieron a una voz. Se adelantó uno, Pedro.

Es necesaria una revelación del Padre para descubrir al Hijo, para descubrir a Cristo. Esa revelación del Padre es el aspecto interior, místico pero poderoso, que hace posible que Cristo sea Cristo para mí, que Cristo sea mi Cristo, mi Mesías, mi Redentor, mi Salvador.

Esto sólo es posible con una revelación del Padre. Con esa revelación del Padre, yo descubro quién es el Mesías. Si no, me voy a equivocar, y es muy triste equivocarse con Cristo.

La gente decía: "Ese es como otro Juan Bautista. Ese es otro Elías, ese es otro Jeremías" (véase San Mateo 16,14), y se equivocaban. ¿Qué pasa si yo veo a Cristo predicando de una manera inigualable, y digo: "Este es otro Jeremías."? Pues puede ser un elogio bonito, pero yo no voy a ver en Él mi Salvador, mi Redentor. Miraré a un hombre admirable, no miraré al Salvador de mi vida.

Ver en Jesucristo el Ungido del Padre para salvar mi vida, para cambiar mi vida, esa es una gracia, ese es un regalo.

Es lo mismo que nos puede pasar a nosotros. Uno puede nacer en una familia católica y tener muchas imágenes de Jesucristo; lo llevan a Misa los domingos, de pronto un sábado también, uno oye muchas predicaciones, y tal vez ve que eso es interesante.

Pero mientras el corazón no descubra que ahí está el Mesías, el Hijo de Dios vivo; mientras no se descubra eso, Cristo no será Cristo para mí, que fue lo descubrió Pedro: "Este es el Ungido de Dios para nosotros. Este es el que Dios nos ha enviado" (véase San Mateo 16,16).

Esa es una primera enseñanza que tomamos de esas palabras: "Eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso" (véase San Mateo 16,17). Pero fíjate: "No te lo ha revelado nadie de carne y hueso; no te lo puede revelar nadie de carne y hueso". ¿Quién tiene el poder en el corazón humano? Sólo Dios.

A uno no lo pueden convertir por más argumentos que le presenten. A uno no lo pueden convertir por más buenos ejemplos que le presenten. A uno le pueden decir: "Mira que la Iglesia tiene entre sus Santos a un San Juan de Dios, a un San Ambrosio, a un Santo Tomás, a un San Martín de Porres, a una Santa Rosa de Lima".

Y uno por dentro puede sentirse duro y decir: "Sí, pero también ha tenido sus degenerados, ha tenido su gente codiciosa, ha tenido su gente perversa, pervertida y pervertora.

La carne y la sangre no tienen este poder, no lo tienen. O dicho de otra manera: nadie puede convertir a nadie. La conversión, ese maravilloso clic que un día sucede en algunos corazones y que hace que una persona diga: "Todo es verdad, todo", ese maravilloso clic que hace que uno sienta que es verdad todo aunque haya pecado, aunque hubiera muchísimo más pecado, aunque hayan sucedido tantas cosas malas en la Iglesia y aunque sucedieran muchas más, es una revelación, es una acción interior, que hace que uno por dentro sienta: "Todo es verdad, todo".

¡Todo es verdad! Es verdad que Dios existe, es verdad que envió a su Hijo, es verdad que el Espíritu existe, es verdad que está en la Eucaristía. ¡Es verdad! Esa maravillosa sensación es verdad. ¡Es verdad! ¡Todo es verdad!

Eso sólo lo puede hacer Dios. Si yo pudiera, -porque soy profesor, o porque soy predicador, o porque soy catequista-, si yo pudiera, si existiera alguna metodología, si hubiera una receta para llevar a las personas a esto, yo daría todo lo que tengo y soy por encontrarla. Pero la Biblia nos advierte: "Mira, eso no existe".

No es un problema solamente de método ni de pedagogía. Es la maravillosa, la íntima acción por la que Dios Padre revela a tu corazón algo que nadie más te puede dar. Esa es la entraña, esa es la esencia misma de nuestra fe.

La fe, que viene así como un regalo que Dios Padre nos da por la acción de su Espíritu cuando conocemos al Hijo, esa fe es una piedra tan sólida, es algo tan firme, que sobre esa firmeza se puede construir.

Cuando Jesucristo, entrando por los ojos de su Apóstol Pedro, pudo ver esa firmeza en el corazón de Pedro, y pudo ver la calidad de don que Papá Dios le había dado a su Apóstol, cuando Jesús vio esa fe, vio ese cimiento, vio ese regalo que le había dado el Padre a Pedro, entonces dijo: "Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia" (véase San Mateo 16,18).

Eso no lo puede derrotar nadie. Nadie puede derrotar a esa fe. La fe es la cosa más bella que uno puede encontrar en el corazón humano, es el cimiento en donde empieza el Cielo mismo. La fe es algo maravilloso, y la fe es invencible.

Mencionemos un poco de por qué es invencible la fe. ¿Por qué a uno se le puede quebrantar la fe? Hablemos con las personas que han perdido la fe. Hablemos con las personas que han cambiado de religión, o que hoy se declaran ateas, o que simplemente se entibiaron, se entibiaron hasta quedar frías.