Diferencia entre revisiones de «K031004a»
| Línea 8: | Línea 8: | ||
Esa frase que dice Jesucristo era como una especie de refrán o proverbio en su tiempo, y gracias a que Él la dijo, quedó como refrán, prácticamente, para la humanidad de todos los tiempos. | Esa frase que dice Jesucristo era como una especie de refrán o proverbio en su tiempo, y gracias a que Él la dijo, quedó como refrán, prácticamente, para la humanidad de todos los tiempos. | ||
| − | “Ningún profeta es bien mirado en su tierra” (''véase'' San Lucas 4,24) | + | “Ningún profeta es bien mirado en su tierra” (''véase'' San Lucas 4,24), o, “nadie es profeta en su tierra”, como suele citarse también. A veces, necesitamos que la salvación nos venga de lejos para creer que nos viene de Dios. |
Nos cuesta trabajo aceptar y creer que Dios haya estado siempre cerca de nosotros, y por eso necesitamos, para poder creer que si es de Dios, saber que viene de lejos. En un país como el nuestro, esto se percibe en muchas otras cosas, no sólo en la religión. | Nos cuesta trabajo aceptar y creer que Dios haya estado siempre cerca de nosotros, y por eso necesitamos, para poder creer que si es de Dios, saber que viene de lejos. En un país como el nuestro, esto se percibe en muchas otras cosas, no sólo en la religión. | ||
Revisión del 00:20 3 feb 2008
Fecha: 19990308
Título: “Ningún profeta es bien mirado en su tierra”
Original en audio: 13 min. 28 seg.
Esa frase que dice Jesucristo era como una especie de refrán o proverbio en su tiempo, y gracias a que Él la dijo, quedó como refrán, prácticamente, para la humanidad de todos los tiempos.
“Ningún profeta es bien mirado en su tierra” (véase San Lucas 4,24), o, “nadie es profeta en su tierra”, como suele citarse también. A veces, necesitamos que la salvación nos venga de lejos para creer que nos viene de Dios.
Nos cuesta trabajo aceptar y creer que Dios haya estado siempre cerca de nosotros, y por eso necesitamos, para poder creer que si es de Dios, saber que viene de lejos. En un país como el nuestro, esto se percibe en muchas otras cosas, no sólo en la religión.
Tenemos una predisposición, yo diría, positiva en los productos que son extranjeros, si es extranjero, si viene de fuera, entonces se supone que por definición es mejor que lo nacional.
Debemos creer en la santidad de pronto de personas que están lejos de nosotros, que están en otras comunidades, que están en otros monasterios, pero si se dijera saber que en medio de nosotros hay una santa, eso sería motivo, creo yo, de intensas conversaciones, para ver si es verdad que tal cosa es posible.
Es difícil reconocer la santidad de Dios cerca de nosotros, y por eso es difícil, muy difícil reconocer que Dios tenga planes realmente grandes, y realmente santos con nosotros mismos.
De tanto desear que Dios para ser Dios esté lejos, lo que hacemos es negarnos a sus obras en nosotros mismos. Yo le oído a más de una persona esta expresión cuando se habla de apariciones, de carismas extraordinarios, de milagros, de mensajes.
He oído esta expresión: “Yo admito que eso pueda pasar, pero que me vaya a pasar a mi, no creo”. Esta es decisión de muchos católicos que creen que sí puede pasar, pero que si va a pasar, le va a pasar a otros.
A veces, eso se condimenta con un poco de humildad a partir del conocimiento de los propios pecados: “No, yo he sido una persona muy pecadora, he sido muy incrédulo, he sido muy envidioso, he sido muy cruel…,” lo que sea.
Como quien dice: “Yo tengo razones para que Dios no se me muestre así”, con lo cual estamos hablando mal de Dios, porque con eso lo que estamos diciendo es que Dios se muestra es a las personas que son buenas, que son justas, que son santas.
Y con eso ¿qué estamos diciendo? Que Dios llega a premiar la bondad de esas personas. Y con eso ¿qué estamos diciendo? Que esas manifestaciones no son manifestaciones de la gracia, sino son medallas que Dios le pone a los que se portan bien con Él.
Como quien dice: “Dios se deja comprar por los méritos, o por las virtudes de las personas". En esto cometemos una gran injuria a Dios. Yo creo que precisamente nosotros siendo lo que somos, por lo menos yo, unos inicuos, unos pecadores, precisamente por eso, tenemos que creer que Dios puede obrar en nuestra vida. ¿Es que no fue eso lo que nos dijo el evangelio? ¿No fue eso para lo que vino Jesucristo? Él dijo que había venido para los enfermos, y no para los sanos.
Entonces, no debe tener mayor esperanza de ver a Jesucristo y de palpar su poder el que está enfermo, y no el que está sano. Debería tener una mayor esperanza de contemplar la gracia de Jesucristo el que se siente enfermo, el que se siente pecador, el que se siente alejado.
Ese debería tener una mayor confianza en que Jesús puede manifestarse con su Espíritu, con su amor, con su poder, con sus dones, porque precisamente para nosotros los pecadores vino Jesucristo. De manera que detrás de ese refrancillo “nadie es profeta en su tierra”, hay la compensación triste de que nosotros queremos un Dios lejano, ¿y para qué queremos que Dios sea un Dios lejano?
Para seguir haciendo nuestros propios planes, para seguir llevando nuestra propia vida. El asunto que les voy a contar no se puede repetir mucho, pero según su creencia lo pueden utilizar.
Me decía alguna vez un sacerdote diocesano, comparando la situación de los sacerdotes religiosos como a ellos, decía: “A mi lo que me parece cruel de ser uno religioso, es tener el superior tan cerquita."
Decía este padrecito muy en confianza, y como me lo dijeron en secreto, en secreto se los cuento también. Entonces, uno no quiere un Dios que esté tan cerquita, uno no quiere un superior tan cerquita. Porque uno en el fondo quiere seguir mandando en su propia vida, y uno prefiere la mediocridad opaca de la vida a buscar el lustre, el brillo de la vida de Dios en uno, pero hay que quitar esa idea.
Hay que quitarla, hay que creer que Jesús es la gran muestra del amor del Padre, y que esa muestra se otorga por pura gracia. No es porque uno le esté mereciendo, no es porque uno ya llegó al grado de santidad. Ya dio punto. Como el que estaba haciendo la clara de huevo para hacer un ponche, hasta que dé punto. "Entonces, ahora sí ya esta monja ya está madurita, ya está lista. Ahora sí se le puede conceder su primera aparición, o su primer carisma, porque ya se lo merece".
Si ese es el Dios en el que estamos creyendo, estamos injuriando a Dios, estamos negando precisamente lo que es el corazón del Nuevo Testamento, que es la revelación de la gracia para los más necesitados.
Por eso, nosotros podemos creer, especialmente en nosotros los pecadores, debemos creer que hay unas manifestaciones de la gracia para nosotros. Como ya nos explicó muy bien San Pablo, esto no quiere decir que uno tenga derecho a endurecerse en el pecado.
Porque, precisamente, esas manifestaciones de la gracia son para que nosotros podamos salir de nuestros pecados, y no haríamos, entonces tampoco ninguna alabanza, ni reconocimiento, ni acogida de la gracia, si nosotros rechazamos esas gracias de conversión que Dios también nos da.
Pero acogiéndolas, recibiéndolas, conocemos mejor de quién es Él. Hay que terminar esta reflexión con unas palabras de tipo práctico. A ver, ¿cómo podemos aplicar esto a nuestra vida? ¿De qué manera se puede aplicar?
Yo no creo que uno deba empezar por pedirle a Dios las cosas raras. No creo que sea buen camino empezar a desear a tener como una codicia espiritual de manifestaciones extrañas. O sea, el sentido de estas palabras, no es "ahora pónganse a rogar a Dios que les conceda visiones o milagros."
No, en ese sentido lo único que yo pido es que tengamos la verdadera humildad, o la humildad verdadera, digo mejor. Tengamos la humildad verdadera y suficiente al decir: “Si Dios quiere mostrarse a mí con un milagro, como lo ha hecho en toda la historia, lo puede hacer, porque Él es mi salvador.”
Y tener esa apertura si Él lo quiere hacer o no lo quiere hacer, eso depende de su sabiduría, gracias a su Nombre. Entonces el sentido de mis palabras no es que empecemos a codiciar espiritualmente esos dones extraordinarios. El sentido más bien es que cultivemos una relación de mayor confianza, de mayor cercanía. Una relación más estrecha, una relación más familiar, una relación más intima.
Yo sí creo que he conocido santos, por ejemplo, conocí a un padre salesiano, por respeto a él no voy a decir aquí su nombre, un padre salesiano, ya mayor; yo pienso que es de las personas que tenía mayor amor a Jesucristo, de las que yo haya podido ver.
¡Qué manera de amar a Jesús este santo sacerdote! Cuando nos encontramos tuvimos una breve conversación, le he visto una sola vez en mi vida, tal vez no lo alcanzo a ver más. Él llevaba la reserva del Santísimo en ese preciso momento.
Llevaba el Santísimo, llevaba la Eucaristía, y entonces, hizo este comentario, él dijo: “Para mí Jesús es lo que el esposo es para la esposa, con una diferencia, que los esposos de esta tierra, veo que se lastiman mucho, y se distancian mucho, no siempre se entienden.”
Decía él: “En cambio, con mi Jesús nos la llevamos muy bien, nunca discutimos”, decía este bendito sacerdote. Es algo así, es cultivar una relación así, es creer que también en nuestra humilde historia, en nuestra pequeña vida, en esa vida nuestra de cada día, también ahí Dios nos puede visitar.
Como Él quiera con lo grande, o con lo pequeño que ahí está, que puede realizar su obra, que la puede cumplir, y es aprender a vivir con Él, como me enseñó este sacerdote, por lo menos se lo escuché, ahora falta que yo lo aprenda.
Aprender a vivir con Cristo así, y no discutir con Él, en la más absoluta familiaridad, en la más completa confianza. Nuestros frailes estudiantes tuvieron un retiro espiritual en este fin de semana. Hay que darle gracias a Dios por todas las personas que interceden por ellos. Del tiempo que yo me conozco, yo creo que ha sido los retiros más bellos que yo haya visto en este convento. Me pareció muy hermoso.
Y que Dios ilumine a los que lo dirigieron, y al padre maestro, y a todos los que colaboran en esa obra, porque la santidad de nuestros frailes es la esperanza. El hecho es que en una meditación eucarística muy bonita que hicieron, hablaban de esto mismo, de la relación de continua confianza con Jesucristo.
De ese contarle lo grande, y lo pequeño; nuestras culpas, nuestras alegrías, nuestros proyectos, nuestros problemas. Es decir, la tarea nuestra es desmentir el proverbio de que "nadie es profeta en su tierra.”
Es creer que puede haber, y que Dios quiere que haya profetas en medio de nosotros, que Dios quiere santificar estas paredes, estas puertas, estos caminos, que Dios puede meterse en nuestras horas, y hacerlas infinitamente fecundas.
Porque, Él es el Señor. Él es el que da la vida, y con una sola palabra suya, puede limpiarnos de toda enfermedad como lo hizo con aquel general sirio, con Naamán, así también Dios nos puede limpiar a nosotros.
Vivamos pues esta Cuaresma en la medida del amor que es infinita; vivámosla unidos, unidos a Jesucristo en lo grande y en lo pequeño; pidiendo lo grande y lo pequeño.
Las almas más puras, las almas más bellas que yo he conocido tienen esa cualidad: le piden todo a Dios no sólo los casos difíciles, reservándose los pequeños para ellas mismas, sino que le piden todo, lo grande y lo pequeño, y le cuentan todo, lo grande y lo pequeño, y le agradecen todo, lo grande y lo pequeño.
Que esa intimidad nos la conceda Dios, Él es el que nos da la señal de su cercanía, precisamente en la comunión eucarística.
Amén.