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Así como Cristo en el sepulcro, siendo quien era, la vida misma, quiso gustar la muerte, así como Cristo en el sepulcro, sepultado, parece casi que no existiera, así también nosotros los cristianos durante la Cuaresma, parece que sepultáramos la alegría. Hacemos ayuno, nos cubrimos de ceniza, nos vestimos de luto; parece que la alegría no existiera.
 
Así como Cristo en el sepulcro, siendo quien era, la vida misma, quiso gustar la muerte, así como Cristo en el sepulcro, sepultado, parece casi que no existiera, así también nosotros los cristianos durante la Cuaresma, parece que sepultáramos la alegría. Hacemos ayuno, nos cubrimos de ceniza, nos vestimos de luto; parece que la alegría no existiera.
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Pero en realidad esa alegría está ahí como Cristo en el sepulcro, está ahí dispuesta a ser despertada por el amor de Dios. Y por tanto nosotros hoy empezamos este camino cuaresmal, enterrando en el sepulcro de Jesucristo todo lo que ya tiene que morir.
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''De la misma forma que Cristo en el sepulcro sumergió, enterró el odio y la muerte, así también nosotros empezamos la Cuaresma enterrando lo que tiene que morir, de manera que Dios encuentre espacio amplio para todo lo que Él quiere que tenga vida en nosotros.''
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''Por eso hacemos ayuno, por eso hacemos oración, por eso damos limosna. Estas son las tres palabras, que desde hace muchos siglos acompañan la Cuaresma: oración, ayuno y limosna. Con esas tres palabras nosotros nos vamos guiando y entramos en el desierto junto con Jesucristo, que fue el que dio comienzo a la Cuaresma.''
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Cristo, después de ser bautizado en el Jordán, se fue al desierto, y durante cuarenta días y cuarenta noches en la soledad, el ayuno y la oración, se preparó para la misión maravillosa, que luego le vemos desplegar en el Evangelio.
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''Así también nosotros entramos como en un desierto estos cuarenta días, que nos preparan para la Pascua de Cristo. Entramos al desierto con Jesucristo, hacemos más silencio. ¿Por qué? Porque queremos escuchar mejor la Palabra. Hacemos ayuno. ¿Por qué? Porque queremos que nuestro paladar tenga hambre insaciable del Pan de los Cielos. Hacemos oración. ¿Por qué? Porque reconocemos que no lo podemos todo, que somos necesitados, que necesitamos misericordia, que necesitamos ayuda.''
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Este es un tiempo, amigos, un tiempo bellísimo, en el cual las palabras de San Pablo nos animan: "En tiempo favorable te escuché, en día de salvación vine en tu ayuda; mirad, ahora es tiempo favorable, ahora es día de salvación" (''véase'' 2 Corintios 6,2).
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Pero, ¿quién entiende de salvación sino el que se sentía ahogarse? ¿Quién entiende de alimento sino el que tenía hambre? ¿Quién sabe de médicos sino el que ha estado enfermo? Por eso, para encontrarnos con el poder de este Médico, para saborear la dulzura del Pan de los Cielos, para experimentar lo que significa ser salvados, necesitamos entrar en Cuaresma, entrar en la Cuaresma.
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Mis amigos, algunas veces este tiempo resulta difícil de comprender para algunas personas. Algunas personas quisieran que todo fuera primavera, fiesta, claridad y luz del sol, blancura, gozo, sonrisa, día. Algunas personas quisieran que el mundo fuera un paraíso.
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Pero el mundo no es un paraíso, no lo es. Entonces, cuando una persona quiere que el mundo sea un paraíso, huye mentalmente de este mundo, se enajena; eso en mi pueblo se llama "se chifla", se enloquece. Para ser verdaderamente feliz, para encontrar verdaderamente el camino, hay que partir de la realidad de esta tierra; y la realidad de esta tierra es que hay mucho barro, hay mucha ceniza, hay mucho mugre, hay mucha noche, hay mucho dolor.

Revisión del 00:24 20 ene 2008

Fecha: 19990217

Título: Tiempo de Cuaresma, tiempo en el que la alegría se silencia para aprender de qué alegrarse

Original en audio: 16 min. 45 seg.


Hermanos:

Nos congrega hoy la Iglesia, nuestra madre la Iglesia, y nos congrega la virtud de esta Palabra que acabamos de escuchar. Nos congrega la memoria del sacrificio de Cristo, que se hace presente en cada Eucaristía. Nos reunimos, y como toda la Iglesia en este día, celebramos el comienzo de la Cuaresma, una celebración humilde.

A veces asociamos celebración con fiesta, con regocijo. Hoy la alegría queda en lo profundo del alma, queda como a la expectativa, y hace silencio mientras aprende de qué tiene que alegrarse. Hoy es Miércoles de Ceniza.

Este mismo nombre, esta misma señal, está indicando el carácter del día: la ceniza, semejante al polvo que estorba; la ceniza, parecida al barro que despreciamos; la ceniza, restos de lo que ya fue y ya no es; la ceniza, mugre, estorbo, pasado, huesos que ya no tienen carne, que ya no tienen vida.

Y sin embargo, esa ceniza es también un comienzo. Si se parece al barro, quiere decir que Dios, así como hizo con el barro a Adán según la imagen de la Biblia, así también de nuestra ceniza nos puede hacer a nosotros.

Si esta ceniza se parece al mugre y la presentamos ante Dios, se puede cumplir en nuestras vidas aquello que dijo la Palabra: que "Dios haría brotar para nosotros agua para limpiarnos", que "Él nos lavaría de nuestros delitos" (véase Ezequiel 36,25).

No es tan malo presentar el mugre, que es para que lo limpien. No es tan malo presentar una herida, si es para que la sanen. No es tan grave presentar los huesos en la muerte de eso que no hemos podido ser, si es para que la luz de Cristo, el amor de Cristo y la fuerza de Cristo hagan también ahí una resurrección.

Por eso digo que en este día, no es que se haya muerto la alegría, sino que en este día la alegría tiene que entrarse al corazón, y tiene que callarse, tiene que aprender a hacer silencio mientras aprende de qué debe alegrarse.

El Papa Juan Pablo Segundo ha dicho varias veces, que si el mundo pierde el sentido del pecado, pierde también el sentido del amor de Dios y de la gracia de Dios.

La manifestación máxima del amor de Dios, es su gracia. Y el que no descubre el poder de la gracia de Dios, casi me atrevo yo a decir, no conoce a Dios. Pero para descubrir la gracia de Dios, que es como ese médico que nos sana, primero tenemos que descubrir en nuestra vida lo que nos avergüenza.

Y por eso hay que empezar ese tiempo de Cuaresma con la mirada desde el principio puesta en la Cruz de Jesucristo, con los ojos fijos en su muerte, en su sepulcro y en la luz impetuosa, imparable de su Resurrección.

Así como Cristo en el sepulcro, siendo quien era, la vida misma, quiso gustar la muerte, así como Cristo en el sepulcro, sepultado, parece casi que no existiera, así también nosotros los cristianos durante la Cuaresma, parece que sepultáramos la alegría. Hacemos ayuno, nos cubrimos de ceniza, nos vestimos de luto; parece que la alegría no existiera.

Pero en realidad esa alegría está ahí como Cristo en el sepulcro, está ahí dispuesta a ser despertada por el amor de Dios. Y por tanto nosotros hoy empezamos este camino cuaresmal, enterrando en el sepulcro de Jesucristo todo lo que ya tiene que morir.

De la misma forma que Cristo en el sepulcro sumergió, enterró el odio y la muerte, así también nosotros empezamos la Cuaresma enterrando lo que tiene que morir, de manera que Dios encuentre espacio amplio para todo lo que Él quiere que tenga vida en nosotros.

Por eso hacemos ayuno, por eso hacemos oración, por eso damos limosna. Estas son las tres palabras, que desde hace muchos siglos acompañan la Cuaresma: oración, ayuno y limosna. Con esas tres palabras nosotros nos vamos guiando y entramos en el desierto junto con Jesucristo, que fue el que dio comienzo a la Cuaresma.

Cristo, después de ser bautizado en el Jordán, se fue al desierto, y durante cuarenta días y cuarenta noches en la soledad, el ayuno y la oración, se preparó para la misión maravillosa, que luego le vemos desplegar en el Evangelio.

Así también nosotros entramos como en un desierto estos cuarenta días, que nos preparan para la Pascua de Cristo. Entramos al desierto con Jesucristo, hacemos más silencio. ¿Por qué? Porque queremos escuchar mejor la Palabra. Hacemos ayuno. ¿Por qué? Porque queremos que nuestro paladar tenga hambre insaciable del Pan de los Cielos. Hacemos oración. ¿Por qué? Porque reconocemos que no lo podemos todo, que somos necesitados, que necesitamos misericordia, que necesitamos ayuda.

Este es un tiempo, amigos, un tiempo bellísimo, en el cual las palabras de San Pablo nos animan: "En tiempo favorable te escuché, en día de salvación vine en tu ayuda; mirad, ahora es tiempo favorable, ahora es día de salvación" (véase 2 Corintios 6,2).

Pero, ¿quién entiende de salvación sino el que se sentía ahogarse? ¿Quién entiende de alimento sino el que tenía hambre? ¿Quién sabe de médicos sino el que ha estado enfermo? Por eso, para encontrarnos con el poder de este Médico, para saborear la dulzura del Pan de los Cielos, para experimentar lo que significa ser salvados, necesitamos entrar en Cuaresma, entrar en la Cuaresma.

Mis amigos, algunas veces este tiempo resulta difícil de comprender para algunas personas. Algunas personas quisieran que todo fuera primavera, fiesta, claridad y luz del sol, blancura, gozo, sonrisa, día. Algunas personas quisieran que el mundo fuera un paraíso.

Pero el mundo no es un paraíso, no lo es. Entonces, cuando una persona quiere que el mundo sea un paraíso, huye mentalmente de este mundo, se enajena; eso en mi pueblo se llama "se chifla", se enloquece. Para ser verdaderamente feliz, para encontrar verdaderamente el camino, hay que partir de la realidad de esta tierra; y la realidad de esta tierra es que hay mucho barro, hay mucha ceniza, hay mucho mugre, hay mucha noche, hay mucho dolor.