Diferencia entre revisiones de «O024002a»
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Así comprendemos como las dos dimensiones de la Carne de Cristo.Por una parte, es el instrumento privilegiado y único de esa manifestación hermosa, elocuente, potente de Dios. Como dice San Pablo en la Carta a los Colosenses: "En Él habita corporalmente la plenitud de la divinidad" (''véase'' Carta a los Colosenses 2,9). La carne de Cristo manifiesta, la carne de Cristo revela. Esa es una dimensión. | Así comprendemos como las dos dimensiones de la Carne de Cristo.Por una parte, es el instrumento privilegiado y único de esa manifestación hermosa, elocuente, potente de Dios. Como dice San Pablo en la Carta a los Colosenses: "En Él habita corporalmente la plenitud de la divinidad" (''véase'' Carta a los Colosenses 2,9). La carne de Cristo manifiesta, la carne de Cristo revela. Esa es una dimensión. | ||
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| + | Es evidente que, gracias a al encarnación, gracias a este misterio de la Carne de Cristo, nosotros pudimos recibir el bien de la salvación; pero también es evidente que había que encontrar otra manera de manifestar el amor de Dios. Porque ya las multitudes eran demasiadas para esa sola Carne. Y por eso Dios, que manifestó en esa Carne santísima de Cristo la salvación, tenía que, por así decirlo, mostrar otro camino para manifestar ese mismo amor. | ||
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Revisión del 18:58 30 dic 2007
Fecha: 20000220
Título:
Original en audio: 7 min. 10 seg.
CONTINÚA LA TRANSCRIPCIÓN....
El Santo Evangelio nos presenta a Jesucristo, podíamos decir, en plena acción. Y Jesús tuvo, por decirlo así, tres grandes tareas durante su ministerio público: curar enfermos, expulsar demonios y enseñar a las multitudes.
Y el evangelio de hoy, aunque es relativamente breve, nos cuenta estas tres actividades de Cristo: nos habla de las curaciones, nos habla de exorcismos y nos habla de la enseñanza.
Y estos tres encargos o estas tres tareas de Cristo, se realizaron a través de su humanidad santísima. Con la fuerza de su palabra, palabra pronunciada por su boca, por su voz, instruye a grandes multitudes; con la gracia que hay en sus manos, sana a los enfermos; con el vigor de su mandato, aleja a los demonios.
Es decir, a través de la carne santísima de Jesucristo, a través de asa humanidad, Dios nos estaba mostrando que puede sanarnos, que puede alejar a nuestros enemigos y que puede conducirnos hacia una vida recta y santa.
Pero el pasaje de hoy también nos muestra, por decir de alguna manera, la otra cara de esa humanidad de Cristo. Dice el texto: "Como había curado a muchos, todos los que sufrían de algo se le echaban encima" (véase San Marcos 3,10). Podemos imaginarnos lo que era eso. Todos los enfermos querían recibir algún contacto con esa carne santa. Y la misma muchedumbre que necesitaba de Cristo, casi que acababa con Cristo.
Dice aquí que encargó a sus discípulos que le prepararan una lancha, porque lo podía estrujar el gentío.
Así comprendemos como las dos dimensiones de la Carne de Cristo.Por una parte, es el instrumento privilegiado y único de esa manifestación hermosa, elocuente, potente de Dios. Como dice San Pablo en la Carta a los Colosenses: "En Él habita corporalmente la plenitud de la divinidad" (véase Carta a los Colosenses 2,9). La carne de Cristo manifiesta, la carne de Cristo revela. Esa es una dimensión.
Pero la otra dimensión es, la Carne de Cristo es frágil como la nuestra. Puede ser sepultada por la multitud, puede ser estrujada por el gentío; es carne como la nuestra, y por eso es débil; es lenguaje de Dios, y por eso es fuerte.
Es evidente que, gracias a al encarnación, gracias a este misterio de la Carne de Cristo, nosotros pudimos recibir el bien de la salvación; pero también es evidente que había que encontrar otra manera de manifestar el amor de Dios. Porque ya las multitudes eran demasiadas para esa sola Carne. Y por eso Dios, que manifestó en esa Carne santísima de Cristo la salvación, tenía que, por así decirlo, mostrar otro camino para manifestar ese mismo amor.
Porque físicamente es imposible que un millón de personas toquen a uno solo, eso no se puede dar.Y resulta que no era un millón, sino muchísimos millones, todos nosotros los que necesitábamos la salvación.
Por eso la realidad de nuestra salvación, aunque se manifestara en la Carne de Jesucristo, no alcanza su plenitud sino con la donación, con la efusión del Espíritu Santo. Porque el Espíritu Santo viene a nosotros, y en cierto modo nos toca. El Espíritu Santo viene a nosotros y hace de nuestra carne como manifestación de esa Carne de Cristo.
Esto ya empezó en el ministerio del Señor. Cuando Él envió a sus discípulos y les dijo: "Vayan y sanen a los enfermos, vayan y expulsen a los demonios" (véase San Marcos ); y al final del evangelio de Mateo les dice: "Vayan y enseñen a los pueblos" (véase San Mateo ). Es decir, sus tres encargos.