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Y por eso, porque nos hablan del mismo Cristo, que luego comulgamos en la Eucaristía, por eso tiene tan alta dignidad y tanta solemnidad en la proclamación.
 
Y por eso, porque nos hablan del mismo Cristo, que luego comulgamos en la Eucaristía, por eso tiene tan alta dignidad y tanta solemnidad en la proclamación.
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De esto ha estado convencida la Iglesia en todos los siglos. Es emocionante encontrarse documentos del siglo segundo, por ejemplo de un san Justino, que no fue sacerdote, él fue un laico, filósofo y luego mártir, San Justino, que cuando él cuenta cómo celebraban la Eucaristía en su tiempo, es decir, en el siglo segundo, describe básicamente los mismos elementos que nosotros tenemos ahora.

Revisión del 16:58 29 dic 2007

Fecha: 19960114

Título:

Original en audio: ¿Que es lo que nosotros hacemos ciando asistimos a la Eucaristia


CONTINÚA LA TRANSCRIPCIÓN


Queridos Hermanos:

¿Qué es lo que nosotros hacemos cuando asistimos a la Eucaristía?

Acaba de terminar el tiempo de Navidad. No me refiero al tiempo de la Navidad Zanahoria, ni me refiero al tiempo de la crisis sobre si se podía o no vender pólvora, si se podía tomar o no trago a ciertas horas, por ciertas personas, en ciertos lugares.

Me refiero al tiempo litúrgico de la Navidad, el tiempo que la Iglesia llama "Tiempo de Navidad", que empieza desde luego en la noche de víspera para el veinticinco de diciembre y que se prolonga ¿hasta cuándo? Hasta la Fiesta del Bautismo del Señor, fiesta que casi siempre cae en domingo, excepto en un año como este en que ha caído en lunes. Las razones por las que hay ese cambio en este caso no las vamos a comentar.

La Navidad, pues, va desde el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, hasta su bautismo. En el nacimiento viene ya con un nombre a esta tierra, y en ese nombre trae una misión. De acuerdo con el relato del evangelio según San Mateo, es un Ángel el que le dice a San José que debe llamarse Jesús ese Niño; y de acuerdo con el evangelio de Lucas, es un Ángel el que le dice a María que el Niño debe llamarse Jesús.

Y el niño debe llamarse Jesús porque esa palabra para ese nombre que era tradicional para los hebreos, más o menos Jeshúa, se pronuncia en hebreo, ese nombre tradicional entre los hebreos significa "Yavé Salva", o, "El Señor Salva".

El tiempo de Navidad va entonces desde que nace ese niño que tiene ese nombre tan especial, ese Niño que se llama Salvador; pero ese Niño no tenía ahí su nombre completo, el nombre completo lo conocemos nosotros, Él se llama Jesús, el Cristo, el Unido; Cristo quiere decir ungido; él se llama Jesús, el Cristo, o más breve, se llama Jesucristo.

Y el nombre Cristo, ¿en qué momento lo recibió? Lo recibe en el momento en el que es ungido, y es ungido en su bautismo cuando el Espíritu Santo desciende sobre Él como una paloma, que es el acontecimiento que nos ha recordado discretamente el texto del evangelio según San Juan que hemos oído.

De manera que el Tiempo de Navidad, que acaba de terminar según el ciclo litúrgico de la Iglesia, es el tiempo en el que ese Niño, en el que ese hombre, recibe su nombre.

Es Jesús desde niño, y es Cristo desde que el Espíritu lo unge, se apodera de él, lo posee el Espíritu Santo, para que este niño, siempre niño, inocente en su corazón, pero ya adulto por sus fuerzas y por haber crecido en la gracia y haber crecido en edad; en el que este niño y este adulto, que es Jesucristo, se dispone a la salvación, se dispone a trabajar en esta obra, la obra para la cual ha sido Cristo, la obra para la cual ha sido ungido, la obra que lleva en su nombre desde el nacimiento.

Así pues, el Tiempo de Navidad ha sido algo así como la presentación del gran Personaje, la presentación del Protagonista de los Evangelios; y ese Protagonista es Jesucristo, y su nombre empezó el veinticinco de diciembre, y su nombre terminará, o se concluye de dar ese nombre, en la Fiesta del Bautismo.

La Fiesta del Bautismo del Señor cierra el Tiempo de Navidad, ¿y después qué viene? Viene este otro tiempo litúrgico en el que la Iglesia se viste de otro color. Durante la Navidad habíamos tenido vestidura blanca en la celebración eucarística; la estola que utiliza el sacerdote, en su color tiene una sintonía con el tiempo que está celebrando la Iglesia.

Durante el Tiempo de Navidad teníamos ese blanco como expresión del gloria y de la alegría; ahora en el Tiempo Ordinario, que es el tiempo que acabamos de comenzar, llevamos este color verde, que significa tantas cosas, entre otras, la esperanza.

¿Y qué hacemos nosotros durante el Tiempo Ordinario? Es bueno y es bonito saber qué conllevan las celebraciones, porque así no seremos como esos personajes que asisten a Misa y siempre sienten que les dicen las mismas o parecidas lecturas, y siempre el mismo padre diciendo más o menos los mismos regaños a los mismos fieles.

Si nosotros, desde el principio de este año litúrgico, acabamos de vivir el Tiempo de Navidad, desde el el principio de este Tiempo Ordinario, tomamos la sintonía de lo que la Iglesia nos va a ofrecer, seguramente vamos a obtener también mucho mayor provecho espiritual.

A lo largo de su experiencia de veinte siglos, la Iglesia ha llegado a dos conclusiones importantes. La primera, ya desde los primeros años, y es: que para celebrar la Eucaristía hay que escuchar la Palabra de Dios. Por eso la Eucaristía tiene esas dos partes: la liturgia de la Palabra, y luego la llamada propiamente la liturgia de la Eucaristía.

¿Por qué hay ese orden? Lo esencial, ciertamente, está más en la liturgia eucarística, en la cual, el pan y el vino, frutos de nuestro trabajo, por la unción del mismo Espíritu, del que se nos habla en el bautismo del Señor, por las palabras del sacerdote ordenado por ministerio de la Iglesia, se convierten en Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor y Salvador Jesucristo, oculto, ciertamente, bajo esas especies que para nosotros siguen pareciendo sólo pan y vino; pero realmente presente para salud de nuestra fe, de nuestra esperanza y de nuestro amor.

En esa liturgia eucarística, pues, consagramos el pan y el vino como Cuerpo y Sangre de Cristo, y sobre todo lo comulgamos, nos lo comemos, nunca subrayaremos lo suficiente que este es el centro de la Eucaristía. Ni siquiera las palabras del sacerdote, ni siquiera la explicación del Evangelio y ni siquiera la proclamación misma de esta palabra, ni siquiera ese es propiamente el corazón.

El corazón de la celebración es ese Cristo presente en las especies eucarísticas, que con nosotros y por nosotros se ofrece al Padre para la gloria, para la eterna gloria del Dios que nos ha creado y que nos ha salvado. Eso es lo que nosotros celebramos. Y por eso, bueno es subrayarlo, se queda a medias, se queda incompleta la Eucaristía de la persona que no comulga.

Como ya es frecuente la imagen, es lo mismo que si lo invitaran a uno a una comida y uno echara muchos chistes, y riera mucho, y estuviera muy agradable, pero no probara un solo bocado.

¿Cuál es el sentido de la liturgia de la Palabra, la que viene antes, en la que estamos en este momento? El objetivo de estas lecturas que escuchamos, todas tomadas de la Sagrada Escritura, es contarnos cuál es el Cristo que se consagra sobre este altar.

Estas lecturas nos dicen quién es el Jesús que se nos ofrece; estas lecturas iluminan nuestra fe, levantan nuestra esperanza, enfervorizan nuestro amor, de manera que nosotros reconozcamos cada vez mejor a este Jesús, sepamos cada vez mejor quién es, para que al momento de comerlo, no nos quedemos solamente con el sacramento, sino que obtengamos también la realidad que está oculta bajo ese sacramento.

Así, por cierto, lo pide Santo Tomás de Aquino en una hermosa oración que él utilizaba para preparación de la celebración de la Eucaristía. Decía él: "Señor, que no me quede con el sacramento solamente, sino que reciba la realidad de ese sacramento". Y para llegar a la realidad de ese sacramento, para llegar a ese Jesús están las lecturas dela Misa.

Y por eso, porque nos hablan del mismo Cristo, que luego comulgamos en la Eucaristía, por eso tiene tan alta dignidad y tanta solemnidad en la proclamación.

De esto ha estado convencida la Iglesia en todos los siglos. Es emocionante encontrarse documentos del siglo segundo, por ejemplo de un san Justino, que no fue sacerdote, él fue un laico, filósofo y luego mártir, San Justino, que cuando él cuenta cómo celebraban la Eucaristía en su tiempo, es decir, en el siglo segundo, describe básicamente los mismos elementos que nosotros tenemos ahora.