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Revisión del 05:08 29 dic 2007
Fecha: 19980119
Título: No solamente buscar lo que Dios quiere, sino como Dios lo quiere
Original en audio: 8 min. 38 seg.
Samuel inició su labor profética dando un oráculo incomodísimo. Sabemos que entonces era un muchacho, casi un niño, y tuvo que decirle a Elí, el sacerdote del santuario que custodiaba el arca, que Dios no aprobaba su negligencia, su descuido, su falta de pastoreo, de vigilancia, y que además, había descalificado para servicio divino a los hijos del sacerdote Elí.
Ese no fue el único oráculo incómodo que le tocó dar a Samuel. Hoy vemos que tuvo que dar este otro oráculo, igualmente incómodo, para el rey Saúl. Yo quiero destacar dos cosas de las palabras de Samuel. Primera: Samuel empieza por recordarle los orígenes de su vocación: "Aunque tú eres pequeño a tus propios ojos, ¿no eres el jefe de las tribus de Israel? El Señor te ha ungido rey de Israel" (véase 1 Samuel 15,17).
Saúl era de imponente presencia. Era un benjaminita, hijo de Quis. Era muy alto, dice la Sagrada Escritura; sobresalía de los hombros para arriba. Era altísimo, imponente. Pero era un hombre humilde también.
Dios le revela su propia grandeza. De algún modo le hace sentir esa grandeza, al elegirlo rey de Israel. Pero Saúl entonces se fue como al otro extremo, me da la impresión. Se apropió demasiado de esa realeza, y empezó a tomar decisiones por su cuenta, y no por la cuenta de Dios.
El peor orgullo, me parece a mí, es el de aquel que se supo humilde, y que viene desengañado de la humildad. Ese es el que cae de peor manera en las garras del orgullo, así como el honrado, desengañado de su honradez, es el peor ladrón, y el impuro, aburrido de la castidad, empieza a buscar todo género de placeres. Así le pasó a Saúl. Saúl salió de su humildad, a la soberbia de imponer su parecer al de Dios.
Ese es el primer comentario. Pero antes de decir el segundo, nótese que Saúl se volvió respondón, se volvió altanero. Samuel dijo: "¿Por qué te has lanzado sobre el botín, y has hecho lo que desagrada al Señor?" (véase 1 Samuel 15,19). Y responde Saúl: "Yo he obedecido al Señor" (véase 1 Samuel 15,20), señal inequívoca de orgullo; no se soporta la acusación.
Alguna vez un sacerdote desconfiaba sobremanera de la santidad de Catalina de Siena. Fue yendo donde estaba, y empezó a recriminarle de muchas cosas, sobre todo de chismes que había en torno de la Santa. Catalina pasó la prueba. No perdió la paciencia. No le pareció demasiado grave que se dijeran cosas terribles de ella, porque tenía conciencia de ser una pecadora ante Dios.
El corazón orgulloso no soporta la corrección justa, ni la acusación injusta. Y aquí Saúl no soporta la corrección justa de Samuel, prueba de cómo se ha hinchado su soberbia.
"Yo he obedecido al Señor. Anduve por el camino que me envió" (véase 1 Samuel 15,20). Hay que recordar estas palabras de Saúl, porque el sucesor de Saúl es David. Y será otro profeta, Natán, el que le denuncie a David su pecado, y le dice: "Tú has pecado, has adulterado, has asesinado" (véase 2 Samuel 12,9). La reacción de David es muy distinta: "Sí, he pecado contra el Señor" (véase 2 Samuel 12,13).
Por eso con David se pudo hacer una dinastía, la que no se pudo hacer con Saúl. Porque de la humildad, del arrepentimiento, se puede construir el edificio de la gracia.