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Revisión del 21:42 2 feb 2012
Fecha. 19990922
Título: "La Iglesia todavía tiene que convertirse al Evangelio"
Original en audio: [17 min. 20 seg.]
Una de las características de la predicación evangélica, es la pobreza del predicador, su mendicancia. Esta característica la tomaron muy a la letra tanto los cristianos como los herejes del siglo en el que nació nuestra Orden Dominicana.
Para ser francos, hay que decir que los herejes fueron adelantados en este estilo de predicación; muchos de ellos tomaron la Biblia, y haciendo caso omiso de cualquier comentario por autorizad que fuera, es decir, de cualquier glosa, aplicaron estas palabras a su propio caso; es decir, interpretaron el mensaje de Jesús y el mandato de Jesús como dirigido inmediatamente a ellos. Y a la letra, entonces se pusieron a predicar, se fueron al camino sin bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, y sin túnica de repuesto.
También en nuestro tiempo hay algunas comunidades nacientes que toman una radicalidad semejante. Entiendo que hay una rama naciente o renaciente de Franciscanos Renovados, que también toma un estilo muy cercano a este evangelio; y hay que ver a algunos de estos frailes, precisamente en esa actitud de mendicar por Cristo, despojados de calzado, y junto con ese calzado, de todas las seguridades de que suele gozar el hombre contemporáneo.
Vale la pena que meditemos por qué ese mandato y por qué en esos términos. Es importante que descubramos por qué Jesús manda esto, porque también nosotros queremos hacerle caso; y es bueno que nos preguntemos si la única manera de hacerle caso es por ejemplo, quitarnos también nosotros nuestro propio calzado.
Interesante que Santo Domingo de Guzmán, aunque fuera hombre de gran penitencia, y lo era, se presentaba ante los pueblos con su calzado, humilde pero digno; y dejaba el tiempo de los pies descubiertos, muchas veces maltratados por el camino, cuando ya estaba entre un pueblo y otro.
Parece que esa fue una actitud, como una decisión de Santo Domingo, no presentarse ante la gente, aunque sea algo como tan externo, ya veremos que no es solamente eso, descalzo. ¿Por qué esa actitud de Santo Domingo? Por eso digo, hay que preguntarnos cuál es la razón de esta estricta pobreza en que Cristo envía a sus predicadores.
Hay por lo menos tres razones para esa pobreza. Una, que enviándolos así, hacía que los futuros oyentes descubrieran el desinterés, y por consiguiente, pudieran descubrir la gracia.
El que no tiene pertenencias, el que no reclama dinero, el que no recoge recompensa alguna en esta tierra, está anunciando, con ello mismo, que espera recompensa sólo de los cielos. Y ese desinterés en el anuncio de la Palabra, es la mejor disposición para que el predicador y el oyente establezcan un lenguaje en términos de la gracia, que es puro regalo, que es don continuo. La pobreza del predicador se convierte así en una motivación en el oyente para descubrir la gracia.
Una segunda razón. Jesús los envía desprovistos de bienes; de esa manera, los envía y está con ellos. La carencia de bienes materiales hace que ellos dependan por completo de la Palabra del que les ha enviado. Dice aquí: "Jesús reunió a los doce, les dio poder y autoridad, luego los envió" (véase San Lucas 9,1-2). Puestos en el camino, no tienen de Cristo otra cosa sino la intercesión de Cristo, el mandato de Cristo, la Palabra de Cristo, el envío de Cristo.
La pobreza establece un lazo de unión continuo entre el predicador y el que lo ha enviado; porque al enviarlo sin darle nada, el predicador le está diciendo: "Mira, la palabra con la que te envío, es suficiente; el amor con el que te envío, te basta; la oración con la que te acompaño, debe proveerte de todo". Y por eso el que sale a predicar en total dependencia del que lo ha enviado, permanece en un lazo de unión con ése que lo ha enviado.
La pobreza, dicho de manera más breve, hace que estos predicadores permanezcan unidos a la palabra de providencia que los puso en camino. Y esta es una segunda razón para la pobreza.
Hay una tercera razón que está muy unida la mensaje que predican. Cuando nos encontramos con estos pobres que tienen otra clase de riqueza, entendemos también cuál es el Evangelio. El Evangelio tiene esa paradoja; así como dice San Pablo de Cristo que, "se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza" (véase 2 Corintios 8,9), así también el Evangelio une como paradójicamente el despojo y la abundancia.
El mismo Cristo no tiene nada, no tiene dónde reclinar la cabeza; pero puede preparar un banquete para el pueblo en despoblado; no tiene seguridad social alguna ni dinero para médicos, pero suscita la salud en todos. Esta extraña combinación entre la abundancia y el despojo, que tiene su máxima expresión precisamente en la Cruz y la Pascua, es característica del Evangelio, y por eso este vestido de pobreza, es indudablemente el más apropiado para transmitir el Evangelio.
De aquí sacamos algunas enseñanzas sobre cómo ha de ser la predicación; La predicación en la Iglesia tiene que ser abundante, desinteresada, audaz, sale al encuentro del necesitado, no lo espera simplemente.
Gracias a Dios, le he oído ya a más de un responsable de la comunidad cristiana, ya se trate de sacerdotes o de obispos, les he escuchado esta predicación: "Ya no estamos en los tiempos en que podemos sentarnos a esperar que la gente llegue a nosotros". Esa conciencia de envío desinteresado, generoso; esa conciencia es más necesaria que nunca.
La predicación que sea abundante, que sea desinteresada, que esté impregnada de amor, que se vea que está desprendida de los intereses de esta tierra, y que sale al encuentro de todo el que la necesita. Pero ahí quedaríamos incompletos; es una predicación que tiene señales. No se trata de una legión de filósofos, que con argumentos bien compuestos, va a convencer a sus contemporáneos.
Se trata de gente que lleva,junto a la pobreza de su despojo material, lleva también la pobreza en la confianza de los propios recursos, en las propias fuerzas, en las propias ideas.
¿Qué argumento mío va a convencer a Satanás que se salga de un poseso? ¿Qué argumento mío va a convencer al cáncer, o a la viruela, o ala fiebre que abandone a una persona? Tengo que ir no sólo desprendido del bastón, de la alforja, del pan y del dinero; tengo que ir desprendido de mí mismo, de mis ideas, de mis fuerzas, de mis virtudes, de mis recursos.
Al enviarlos Jesucristo para que realicen esas señales extraordinarias, inalcanzables para las fuerzas humanas, estaba apuntando a una pobreza que es aun más radical, es la pobreza de alcanzar la salvación por nuestros propios medios.
Y por eso una Iglesia misionera tiene que ser una Iglesia que tenga conciencia de que no puede producir salvación ella; de que como institución,como grupo de personas, como tradición, como cultura, o como se la quiera mirar, no puede producir salvación.
Así como el predicador, individualmente considerado, no puede lograr esto, curar enfermedades o expulsar demonios, así también la Iglesia necesita la conciencia de que no importa cuáles sean sus virtudes pasadas, cuáles sean sus tradiciones gloriosas, o cuáles sean sus grandes teologías, siempre, siempre depende del poder del Espíritu; siempre depende de la gracia actual, de eso que no se puede predecir, no se puede planear y que sucede cuando, con la sola gracia, se expulsa al demonio y se cura la enfermedad.
Por eso una Iglesia carismática en este sentido alto de dependencia radical del Espíritu Santo y de la gracia; una Iglesia carismática, radicalmente carismática; una Iglesia desposeída de sus propias tradiciones y teologías, no porque no las cultive sino porque no pone su corazón en ellas, una Iglesia así puede cumplir con el mandato de Jesucristo. Una Iglesia que tenga, sobre todo, la fuerza de apoyarse sólo en Dios.
Y así como antes dije, que yo veo una creciente convicción en sacerdotes y obispos, convicción de que tenemos que salir, que tenemos que hacer misión, no tenemos que seguir esperando a que la gente llegue a nosotros; así como compruebo con alegría eso, veo con tristeza, que cuando se habla de la influencia de la Iglesia, de la presencia de la Iglesia, de la autoridad de la Iglesia, muy poco se habla de la dependencia que la Iglesia tiene de la gracia actual, de la gracia poderosa del Espíritu Santo; de eso se habla muy poco.
Cómo me fastidian -perdón por mi desahogo con ustedes- esos discursos en que se dice: "Nosotros tenemos el auditorio más grande que institución alguna pueda tener, por ejemplo, en este país. ¿Qué institución, movimiento, religión, corriente o sistema de propaganda tiene la cantidad de gente que nosotros tenemos en las Misas todos los domingos?"
Como si eso fuera un potencial que está ahí para que lo utilicemos nosotros. O cuando se habla de en manos de quién está la educación en este país; o cuando se habla de cuál es la capacidad de generar empleo que tiene la Iglesia. Todo eso es apoyarse en bastones; todo eso es recoger para estas alforzas; todo eso es contar con nuestro pan y con nuestro dinero.
Una Iglesia radicalmente misionera, más bien debería cumplir con aquello que San Pablo dice en la Carta a los Filipenses: "Yo olvido lo que queda atrás y me lanzo a lo que está por delante" (véase Carta a los Filipenses 3,13).
Para los tiempos de hoy, para estos tiempos, ¿qué sirve que nosotros recordemos que sí, que la Iglesia está profundamente metida en las tradiciones de nuestros pueblos, y ese es un elemento cultural tremendamente relevante dentro del medio colombiano; eso de qué sirve?
Claro que eso es cierto, como es cierto que un pan alimenta y que con el dinero se compran cosas, ¿de qué sirve si no para que nosotros pongamos nuestra confianza en eso, y quitemos esa confianza de esa gracia y de esa obra que consiste en curar enfermedades y expulsar demonios? Por eso necesitamos rogar por la conversión de la Iglesia al Evangelio.
Cuando crearon Cardenal a Yves Congar, pues alguien podría haberse imaginado que ya con eso se le aplicaba un poquito el vigor profético y el tipo de discurso; al poco tiempo le hacen una entrevista y dice: "La Iglesia todavía tiene que convertirse al Evangelio". Yo creo que ese ha de ser el objetivo de nuestro discurso, de nuestra predicación, de nuestra intercesión.
Que cada vez más la Iglesia entera esté como estos discípulos: dispuestos a depender sólo de la Palabra del Señor, a contar sólo con la gracia del Señor. Una Iglesia que haga grandes obras, pero que no se apoye en sus obras, sino en las obras de Dios; una Iglesia que haga mucho bien, pero que no cuente con ese bien que hace, sino con el bien que le hace Dios, que vive en ella, que reina en ella.
¡Qué hermoso eso que le dice Dios a uno de los profetas!: "Yo no soy enemigo a tus puertas, soy el Santo en medio de ti" (véase Oseas 11,9).
Que así también Dios sea el Santo en medio de su pueblo, y renovando desde dentro a la Iglesia, renovando sus ministros, sus misioneros, sus sacerdotes, sus obispos; renovando profusamente la Iglesia, pueda traer una primavera de predicación y de gracia, para gloria de Dios, hasta el último confín de la tierra.