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Revisión del 22:55 28 feb 2009
Fecha: 20031001
Título: La gracia operante y cooperante
Original en audio: 5 min. 57seg.
Queridos Hermanos:
De un tiempo a esta parte se insiste, yo diría, en toda la Iglesia, en aquel mensaje fundamental de la gracia de la misericordia y del amor de Dios.
Yo me acuerdo, hace años, cuando estaban empezando los grupos de oración de la Renovación Carismática, cómo había una charla que se dirigía, específicamente, a quitar los falsos rostros de Dios.
Y, uno de esos falsos rostros era el Dios castigador, ese Dios que en los cielos está llevando cuenta estricta del día en que no te tomaste la sopa, el día que no cediste el asiento en el autobús, el día en que comiste un poco más de la cuenta, el día en que te levantaste tarde; y te tiene unos archivos gigantescos que sólo están aguardando el día en que te mueras para abrirse y para mostrar toda tu vergüenza, y todas las razones que hay para castigarte y probablemente para condenarte.
Desde luego que este Dios, este Dios paranóico, que se pasa observando, juzgando, y condenando por anticipado a su pueblo, ese Dios no es el Dios cristiano.
Pero, atención, que esto no nos autoriza para pensar que el Dios Cristiano, es el Dios que está tan desinteresado de nosotros, en el fondo, el Dios bonachón, el Dios al que en realidad nada le importa de lo que sucede en el mundo.
Hay un chiste tan cruel en esto, de un sacerdote que quería presentar a Dios como eso, en una expresión tan grande, tan grande de bondad que alguien fue a confesarse con él, y le dijo: “Padre, he cometido el peor de los crímenes, he asesinado a mi propia madre”, y el padre le dijo: “Bueno, hijo, son cosas que pasan, no lo vuelva hacer”; pues no podemos llegar a esos extremos.
Dios es amor, pero el amor tiene también una dimensión, una dirección de exigencias, y las lecturas de hoy nos lo muestran así; Nehemías estaba muy cómodo, claro que estaba muy cómodo, estaba muy bien; tenía un cargo muy importante, y estaba allá en medio de la corte; tenía todo asegurado, estaba muy contento (véase Nehemías 2,1-8)
Pero, hay una exigencia interna de amor, hay un llamado del amor que desestabiliza, que desinstala a Nehemías, y que lo lleva a ponerse en una empresa compleja, pero no imposible; dura, pero realizable (véase Nehemías 2,5).
El amor tiene exigencias; el amor nos pone en movimiento; y lo mismo podemos decir del evangelio del día de hoy. Se acercan muchos atraídos por el mensaje maravilloso de gracia que tiene Jesucristo. Pero, por lo visto, de los tres candidatos que aparecieron, como que no quedó ninguna vocación.
“Te seguiré a donde quieras que vayas” (véase Lucas 9,57), y Jesús le responde con eso que no debía ser el mejor folleto de promoción vocacional: “Mira, el Hijo del hombre no tiene en dónde reclinar la cabeza” (véase Lucas 9,58); y el otro dice: “Déjame ir primero a enterrar a mi padre” (véase Lucas 9,59).
Aclaran los estudiosos, no es que el papá estuviera muerto y este hijo estuviera por ahí brincando de una parte a otra siguiendo a Jesús, y el papá allá muerto, allá en la casa. La expresión “Déjame ir a enterrar a mi padre” (véase Lucas 9,59), significa: "Déjame esperar, permite que mi padre se haya muerto, que yo haya cerrado ese capítulo, y ahí sí voy contigo".
Eso es lo que quiere decir este candidato al seguimiento de Cristo, y Cristo le dice que no es así, el amor tiene exigencias, el amor tiene una fuerza grande para transformarnos, sin nuestra voluntad al principio, y luego en nuestra voluntad, y con nuestra voluntad al final.
Así nos lo enseña, muy bien Santo Tomás de Aquino cuando habla de la gracia operante y de la gracia cooperante; al principio la gracia, esa gracia que nos da la justificación, esa gracia que nos rescata de nuestras culpas, esa gracia del principio de la primera conversión; esa es la gracia operante.
Se le llama así porque obra, opera en nosotros; pero, de alguna manera, sin nuestro concurso, porque precisamente nuestra voluntad se haya viciada por el pecado; pero sobre la base de esa gracia operante, luego viene la gracia cooperante que obra en nosotros y con nosotros.
Y es gracia que se convierte en exigencia, y es gracia que nos invita a la generosidad, al arrojo, al valor a darlo todo, por el todo, a buscar en Jesucristo algo más que un pasatiempo, o algo más que unos buenos ratos.
Que el señor confirme, con su gracia operante y cooperante, nuestras palabras y nos haga digno de su llamado.
Amén.