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Creo que son dos las palabra que especialmente se destacan en este primer domingo de Adviento, por cierto, nuevo Año Litúrgico. Este año nos va a acompañar especialmente  el Evangelista San Marcos, en los domingos. Y este el el primer domingo de Adviento porque así empieza el Año Litúrgico: con el Adviento, palabra que nos habla de una llegada, como cuando se dice "el advenimiento", "el venir"; de eso es de lo que se tratata: de la venida de Cristo.
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Creo que son dos las palabra que especialmente se destacan en este primer domingo de Adviento, por cierto, nuevo Año Litúrgico. Este año nos va a acompañar especialmente  el Evangelista San Marcos, en los domingos. Y este el el primer domingo de Adviento porque así empieza el Año Litúrgico: con el Adviento, palabra que nos habla de una llegada, como cuando se dice "el advenimiento", "el venir"; de eso es de lo que se trata: de la venida de Cristo.
  
 
Y el Adviento nos invita, en primer lugar, a esperar la venida definitiva de Cristo; y en segundo lugar, a celebrar que con tanta humildad hace veinte siglos vino a nuestra tierra.
 
Y el Adviento nos invita, en primer lugar, a esperar la venida definitiva de Cristo; y en segundo lugar, a celebrar que con tanta humildad hace veinte siglos vino a nuestra tierra.
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Son dos las palabras, dije al principio, que nos acompañan en este primer domingo de Adviento. La primera la podemos asociar con la primera lectura de hoy, tomadas de los capítulos sesenta y tres y sesenta y cuatro del profeta Isaías. Esa palabra es "anhelo". Un anhelo es un deseo, pero un deseo profundo, un deseo madurado, un deseo que ha llegado a formar parte de nuestro ser. No se trata de algo accidental o temporal, uno no dice: "Tengo anhelo de almorzar",uno n o dice: "Tengo anhelo de echar una siesta".
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Nuestros anhelos son deseos muy profundos, deseos que han sido madurados en el tiempo, quizás también en los desengaños, quizás en las señales de esperanza que Dios nos regala.
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Y esa palabra "anhelo" sirve también para sintetizar lo que nosotros llamamos el Antiguo Testamento. Porque todo el camino del Antiguo Testamento termina precisamente en ese anhelo, anhelo que luego se vuelve súplica en los labios del profeta Isaías: "Ojalá rasgaras el cielo  bajaras" Isaías 64,1. Es decir, se trata del anhelo de Dios.
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Y llegar a sentir esa especie de hambre, llegar a sentir esa clase de anhelo es en sí mismo un regalo. Hasta cierto punto, ese es el propósito, ese es el objetivo de todo lo que ofrecía el Antiguo Testamento. La Ley de Moisés, por ejemplo, con toda su sapiencia y con toda su prudencia, en realidad lo que vino a mostrar es que el ser humano, aunque puede saborear el bien en su pensamiento, luego está muy lejos de practicarlo y esta muy lejos de acogerlo con todas sus consecuencias en el corazón. Y por eso, el anhelo.
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Pero la otra palabra es "vigilancia"

Revisión del 16:00 25 nov 2011

Fecha: 20111127

Título:

Original en audio: 4 min. 34 seg.


Creo que son dos las palabra que especialmente se destacan en este primer domingo de Adviento, por cierto, nuevo Año Litúrgico. Este año nos va a acompañar especialmente el Evangelista San Marcos, en los domingos. Y este el el primer domingo de Adviento porque así empieza el Año Litúrgico: con el Adviento, palabra que nos habla de una llegada, como cuando se dice "el advenimiento", "el venir"; de eso es de lo que se trata: de la venida de Cristo.

Y el Adviento nos invita, en primer lugar, a esperar la venida definitiva de Cristo; y en segundo lugar, a celebrar que con tanta humildad hace veinte siglos vino a nuestra tierra.

Son dos las palabras, dije al principio, que nos acompañan en este primer domingo de Adviento. La primera la podemos asociar con la primera lectura de hoy, tomadas de los capítulos sesenta y tres y sesenta y cuatro del profeta Isaías. Esa palabra es "anhelo". Un anhelo es un deseo, pero un deseo profundo, un deseo madurado, un deseo que ha llegado a formar parte de nuestro ser. No se trata de algo accidental o temporal, uno no dice: "Tengo anhelo de almorzar",uno n o dice: "Tengo anhelo de echar una siesta".

Nuestros anhelos son deseos muy profundos, deseos que han sido madurados en el tiempo, quizás también en los desengaños, quizás en las señales de esperanza que Dios nos regala.

Y esa palabra "anhelo" sirve también para sintetizar lo que nosotros llamamos el Antiguo Testamento. Porque todo el camino del Antiguo Testamento termina precisamente en ese anhelo, anhelo que luego se vuelve súplica en los labios del profeta Isaías: "Ojalá rasgaras el cielo bajaras" Isaías 64,1. Es decir, se trata del anhelo de Dios.

Y llegar a sentir esa especie de hambre, llegar a sentir esa clase de anhelo es en sí mismo un regalo. Hasta cierto punto, ese es el propósito, ese es el objetivo de todo lo que ofrecía el Antiguo Testamento. La Ley de Moisés, por ejemplo, con toda su sapiencia y con toda su prudencia, en realidad lo que vino a mostrar es que el ser humano, aunque puede saborear el bien en su pensamiento, luego está muy lejos de practicarlo y esta muy lejos de acogerlo con todas sus consecuencias en el corazón. Y por eso, el anhelo.

Pero la otra palabra es "vigilancia"