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Qué dura es la labor, -y yo pido a todos que tengamos compasión-, qué dura es la labor del obispo, del Papa, del sacerdote, de los provinciales, de los superiores, de los párrocos; qué dura es la labor, es estar lidiando contínuamente con la mediocridad, con el cansancio, con la inestabilidad, con la volubilidad de las personas. ¡Qué duro tener que lidiar con corazones humanos!
 
Qué dura es la labor, -y yo pido a todos que tengamos compasión-, qué dura es la labor del obispo, del Papa, del sacerdote, de los provinciales, de los superiores, de los párrocos; qué dura es la labor, es estar lidiando contínuamente con la mediocridad, con el cansancio, con la inestabilidad, con la volubilidad de las personas. ¡Qué duro tener que lidiar con corazones humanos!
  
Moisés consideró preferible la muerte, porque eso fue lo que dijo: "Si me vas a tratar así,-termina la primera lectura de hoy-, más vale que me hagas morir; concédeme ese favor, -lo llama-, y no tendré que pasar tales penas" [[:Category:Números 011_015|Números 11,15]].  
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Moisés consideró preferible la muerte, porque eso fue lo que dijo: "Si me vas a tratar así,-termina la primera lectura de hoy-, más vale que me hagas morir; concédeme ese favor, -lo llama-, y no tendré que pasar tales penas" [[:Categoría:Números 011_015|Números 11,15]].  
  
¡Hasta tanto llegaba su fastidio de la vida! ¡La vida se le había vuelto tedio, por estar aguantado otras personas! Y pregunta con toda sinceridad y con todo descaro casi, y pregunta: "Bueno, ¿y es que acaso yo engendré todo este pueblo para que tenga que llevarlos como una nodriza? ¿Por qué tengo que cargar con ellos?" [[:Category:Números 011_011-012|Números 11,11-12]].
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¡Hasta tanto llegaba su fastidio de la vida! ¡La vida se le había vuelto tedio, por estar aguantado otras personas! Y pregunta con toda sinceridad y con todo descaro casi, y pregunta: "Bueno, ¿y es que acaso yo engendré todo este pueblo para que tenga que llevarlos como una nodriza? ¿Por qué tengo que cargar con ellos?" [[:Categoría:Números 011_011-012|Números 11,11-12]].
  
 
Pero miremos la relación que tiene esta murmuración con lo que habíamos comentado antes. En efecto, lo que siente un superior, o un profesor, o un padre de familia, cada uno según su propia situación, es eso, que cuando la gente se pone cansona, cuando la gente fastidia, es como si uno tuviera que cargarlos,"¿y por qué tengo que cargar?"  
 
Pero miremos la relación que tiene esta murmuración con lo que habíamos comentado antes. En efecto, lo que siente un superior, o un profesor, o un padre de familia, cada uno según su propia situación, es eso, que cuando la gente se pone cansona, cuando la gente fastidia, es como si uno tuviera que cargarlos,"¿y por qué tengo que cargar?"  
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Revisión actual del 15:21 6 dic 2011

Fecha: 20030804

Título: ¿Por que debemos admirar y agradecer siempre el milagro de existir?

Original en audio: [14 min. 32 seg.]


Hermanos:

La primera lectura no parece muy edificante. Lo que nos encontramos es gente renegando, gente renegando de su suerte; los israelitas quejándose porque ya estaban fastidiados del maná; y Moisés quejándose porque no tenía cómo responder a las lamentaciones de su pueblo.

Es decir, estamos ante una lectura que nos presenta las murmuraciones, que nos presenta los lamentos, que nos presenta gente que protesta. Y uno se pregunta para qué nos puede servir esa lectura.

Pues nos puede servir porque nosotros mismos estamos hechos del mismo barro que esos hebreos, y estamos hechos del mismo barro que ese Moisés.

En esta vida uno siempre es o rebaño o pastor; uno siempre es el que tiene que animar, dirigir, motivar; o el que tiene que obedecer, hacer equipo, ir detrás de otros. Y por eso el ser humano se queja o murmura de los dos modos que nos muestra la primera lectura de hoy.

No sé si alguien haya escrito alguna vez un tratado sobre la quejumbre, sobre el reniegue, sobre la murmuradera. Uno puede pensar que una obra así sería inútil pero de pronto es demasiado útil.

Porque conocer cuáles son las causas y cuál es el estilo de nuestra murmuración, de nuestra manera de quejarnos, es también conocer de qué nos estamos perdiendo. Tal vez no descubrimos fácilmente lo que nos perdemos cuando nosotros nos quejamos, tal vez lo podemos descubrir más fácilmente cuando miramos la vida de otros.

Es como cuando uno mira una película. Recordemos aquella situación tan terrible que vivieron unos náufragos. Fueron a dar a una isla perdida en medio del océano, y después de alegrarse por haberse salvado, empezó el problema gravísimo: había que conseguir agua.

Y empiezan a buscar y a buscar agua, agua potable, con una desesperación terrible en una isla que no era muy grande pero tampoco era muy pequeña. Finalmente, exhausto, insolado y deshidratado, fallece uno de estos náufragos.

Y por no dejar que su cuerpo se pudra así, empiezan a escavar para sepultar el cuerpo, y cuando escaban encuentran un pozo y encuentran agua. Este hombre había muerto a dos metros o a tres metros del agua que le hubiera salvado la vida. Estuvo muy cerca de su salvación, pero desfalleció.

Cuando uno mira en una película la vida de otras personas, como podemos nosotros mirar la vida de los hebreos, nos parecen exageradas y nos parecen injustas las quejas que ellos emiten, pero nuestras propias quejas siempre nos parecen justificadas.

Lo que otro murmura nos puede parecer exagerado; lo que nosotros murmuramos de nuestra suerte y de la vida que nos ha tocado, eso sí nos parece lógico. Para romper con esa dicotomía, para terminar con ese engaño habría que escribir un tratado de la murmuración, y en ese tratado tendría que estar este capítulo catorce del libro de los Números.

¿Por qué se quejan los israelitas? Los israelitas se quejan porque ellos sienten que Dios los mantiene, que Dios los alimenta, pero están cansados de ese alimento. Es una cosa muy humana, ¿quién de nosotros soportaría la misma comida o el mismo menú todos los días? Es una cosa muy humana.

El ser humano está diseñado no sólo como para sobrevivir, no sólo para sostenerse en la existencia, sino para disfrutar de la vida. Pero entre sobrevivir y disfrutar de la vida hay un espacio grande; y a veces, porque no podemos disfrutar de la vida, perdemos la óptica, perdemos la perspectiva para gozarnos en el hecho de estar existiendo.

Dios nos concede las dos cosas: Dios nos concede el vivir, el permanecer en la existencia, el ser; y Dios nos concede también el disfrutar de la vida. Pero lo grave está en que cuando falta el gozo de vivir, cuando falta la posibilidad de disfrutar la vida, se nos olvida agradecer e milagro de existir, se nos olvida agradecer el milagro de ser.

Nuestro ser es una victoria sobre la nada; nuestro ser es un participación de lo que Dios es; nuestro ser es nuestra posibilidad de entrar en comunión en comunicación con el que es. Pero poco agradecemos esto.

La falta de deleite, la falta de variedad, la falta de placer, la falta de alegría, la falta de futuro oscurecen de tal manera nuestra mirada, que perdemos de vista el milagro de existir, el gozo de ser y las posibilidades que nos da el solo hecho de haber sido creados.

Y esa es la manera como entramos en la murmuración, entramos en la quejumbre. Solución: admirar siempre, agradecer siempre el milagro de existir.

En este sentido, nos da ejemplo y nos conmueve Santa Clara de Asís. Cuando esta mujer con alma de niña se pone a componer sus versos y le dice a Dios, con el corazón jubiloso, no gracias por el favor de los alimentos, ni por el esplendor del amanecer, ni por tener buena salud, lo primero que ella agradece es: "Gracias porque me creaste".

Permanecer en la gratitud por el ser; permanecer en la gratitud por haber sido creados. "Gracias porque me creaste", decía santa Clarea de Asís. Y si aprendemos a disfrutar, a agradecer, a bendecir el primer milagro, el que abre la puerta a todos los otros milagros, que es el milagro de existir, el demonio encontrará nuestra puerta sellada cuando quiera venir a darnos clases de murmuración y de quejumbre.

Eso, en cuanto a las murmuraciones que todos podemos tener, tomémoslo así como rebaños que somos; pero luego están las murmuraciones en que caemos cuando nos toca dirigir a otras personas, y esto sí que es pesado.

Qué dura es la labor, -y yo pido a todos que tengamos compasión-, qué dura es la labor del obispo, del Papa, del sacerdote, de los provinciales, de los superiores, de los párrocos; qué dura es la labor, es estar lidiando contínuamente con la mediocridad, con el cansancio, con la inestabilidad, con la volubilidad de las personas. ¡Qué duro tener que lidiar con corazones humanos!

Moisés consideró preferible la muerte, porque eso fue lo que dijo: "Si me vas a tratar así,-termina la primera lectura de hoy-, más vale que me hagas morir; concédeme ese favor, -lo llama-, y no tendré que pasar tales penas" Números 11,15.

¡Hasta tanto llegaba su fastidio de la vida! ¡La vida se le había vuelto tedio, por estar aguantado otras personas! Y pregunta con toda sinceridad y con todo descaro casi, y pregunta: "Bueno, ¿y es que acaso yo engendré todo este pueblo para que tenga que llevarlos como una nodriza? ¿Por qué tengo que cargar con ellos?" Números 11,11-12.

Pero miremos la relación que tiene esta murmuración con lo que habíamos comentado antes. En efecto, lo que siente un superior, o un profesor, o un padre de familia, cada uno según su propia situación, es eso, que cuando la gente se pone cansona, cuando la gente fastidia, es como si uno tuviera que cargarlos,"¿y por qué tengo que cargar?"

Fíjate que en español decimos a veces de una misión o de un oficio, decimos: "Es un encargo", "este es el que está encargado", "este es el que le corresponde cargar". Un oficio es eso, encargarse, es cargar con otros.

Pero fíjate lo interesante, repito, si el oficio del superior es cargar con otros, entendamos qué es lo que Dios hace con nosotros. Dios sosteniéndonos en la existencia, Dios sosteniéndonos en el ser, Dios nos tiene cargados, Dios nos carga, Dios es el que se encarga de cada uno de nosotros.

Y decimos en español: "Se encarga y se encarta". El que se encarga, el encargado es el que está también encartado, es el que está fastidiado.

A veces es bueno pasar por la experiencia de ser superiores, o de ser papás, o de ser maestros, o en fin, de tener que dirigir o educar a otras personas, porque desde esa experiencia descubrimos lo que pesa, lo que pesa el ser humano, lo difícil que es lidiar, y ahí descubrimos cuánta paciencia tiene Dios con nosotros, ahí descubrimos lo que es Dios con nosotros.

¡Qué difícil! No he conocido a una mamá, -¡cuántas mamás conozco y que aman a sus hijos!-, no he conocido a una mamá que no haya pasado por unos cuantos ratos de fastidio, de verdadero fastidio, de verdadero tedio y cansancio, "¡hasta cuándo!" "Dios mío, dame paciencia!", gritaba mi mamá con las travesuras y pequeñas pilatunas que nosotros teníamos de niños.

"¿Dios mío, dame paciencia!", ella se sentía encartada, y éramos los hijos de sus entrañas, amadísimos como nadie sobre esta tierra; pero se sentía pesada, se sentía recargada, no sólo encargada, sino que se sentía recargada.

Aprendamos de ese peso lo que es Dios con nosotros.

Realmente, el que tiene oficio de pastor, el que tiene oficio de papá o de mamá, el que tiene oficio de profesor o de formador, tiene una comprensión especial sobre quién es Dios, y de cuánta paciencia y de cuánto amor nos tiene Dios a nosotros.

Y por eso necesitamos del Espíritu de Dios para poder hacer esa tarea que tiene algún parecido con lo que hace Dios. Necesitamos del Espíritu de Dios que fortalezca.

De manera que saquemos como lección práctica: tratar de ser menos carga. Dice en el Nuevo Testamento, allá en la Carta a los Hebreos, el autor de la Carta a los Hebreos le escribe a las comunidades, y vamos a traducir de esta manera, dice: "Miren, pórtense bien para que sus superiores no tengan que hacer de mala gana el oficio con ustedes".

Entonces sacamos tres conclusiones de esta lectura, la lectura de los reniegues; sacamos tres conclusiones. La primera: que necesitamos entrar en la escuela de santa Clara de Asís y de otros santos: admirarnos del hecho de existir y agradecer nuestra existencia para que nunca venga a nosotros el demonio y nos encuentre listos para murmurar o listos para quejarnos de nuestra suerte.

Número dos: entendamos, de las dificultades que tenemos como pastores, profesores, predicadores, o formadores, o papás, aprendamos de ahí quién es Dios con nosotros.

Y número tres: oremos entonces. Con mucho cariño, con entrañas de compasión, oremos por quienes nos dirigen; oremos por nuestros párrocos, por nuestros obispos, oremos por el Papa, pidiendo al Señor, que con espíritu de fortaleza y de sabiduría, les permita a ellos realizar su misión y nos permita a nosotros encontrar la voz y la presencia de Dios en el servicio que ellos nos prestan.