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''En cambio, el pueblo después del destierro es el pueblo que se siente elegido, pero elegido para comunicar salvación, para dar salvación. Ya no es ser elegido para mí mismo; es ser elegido para dar a los otros la salvación.''
 
''En cambio, el pueblo después del destierro es el pueblo que se siente elegido, pero elegido para comunicar salvación, para dar salvación. Ya no es ser elegido para mí mismo; es ser elegido para dar a los otros la salvación.''
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Y esto es muy hermoso, porque resulta que Nabucodonosor, el que desterró a los judíos, no desterró únicamente a los judíos. Nabucodonosor se sentía verdaderamente el dueño de la tierra. "Él pasó arrasando y cambiando las fronteras de las naciones" (''véase'' Jeremías 34,1), como dice por ahí algún texto de los Profetas.
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Él se sentía feliz en éso, redistribuyendo los pueblos, como jugando con los pueblos, con las fronteras y con las naciones; sentía que era el dueño del mundo.
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En ese revoltorio que hizo Nabucodonosor, pues, llevó a la experiencia de la miseria a muchísimos. Desde luego que todos los que llegaban como desplazados, -llamamos aquí en Colombia-, o como emigrantes, como desterrados, -es el término bíblico-, los que llegan desterrados llegan sin salud, llegan con hambre, llegan con necesidades.
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Entonces, los judíos allá en esa Babilonia, compartiendo miseria y necesidad con muchos pueblos de muchas partes, descubrieron que había algo que les hacía hermanos de todos. Es decir, la experiencia de padecer un mismo dolor les hizo creer que era posible una misma salvación.
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''Y este punto me parece muy bello: los que han compartido un mismo dolor, pueden llegar a creer en un mismo amor, en una misma salvación. Éso fue lo que le sucedió a los judíos.''

Revisión del 01:27 24 sep 2011

Fecha: 20030930

Título: Compartiendo un mismo dolor se puede llegar a creer en un mismo amor.

Original en audio: 8 min. 26 seg.


Como hemos comentado en otras oportunidades, las lecturas de esta parte del año litúrgico, -me refiero a la primera lectura de la Misa-, nos están refiriendo o están aludiendo a esa etapa tan interesante del pueblo de Dios cuando termina el destierro y regresan a Jerusalén.

Y hay por lo menos tres enseñanzas muy bellas, muy conmovedoras que tienen que ver con la lectura de hoy. La primera está relacionada con éso de construir una historia, de hacer una historia.

A ver me explico. Los judíos fueron sacados de Jerusalén y después de unos años pudieron volver a Jerusalén. Aparentemente es como un interruptor: se apagó la luz y luego se volvió a encender la luz.

¿Y todo siguió igual? Pues, no. ¡No siguió igual! Esto es muy interesante: aunque volvemos al mismo lugar, no volvemos del mismo modo. O por decirlo de una manera más clara, Dios nunca echa de para atrás la historia.

La historia no es un círculo como afirmaban los antiguos paganos, o como afirmaba Nietzsche con su "eterno retorno". La historia no es un círculo; la historia es una línea y no devuelve.

Aunque volviéramos al mismo lugar, no volveríamos de la misma forma. Es muy bonito porque significa que cada experiencia que vivimos nos otorga una riqueza que no teníamos.

Pensemos en el caso de una persona que nació en una familia muy acomodada, una familia con mucho dinero. Pero, esa familia llegó a la quiebra y luego, luchando, luchando, pudieron recuperar su antiguo status, incluso mejor.

Parece que volvieron a lo mismo, mas ya no regresan de la misma manera. Porque, cuando vuelven a tener posibilidades económicas, cada plato de comida ya significa otra cosa, y cada paseo, cada descanso, ya significan otra cosa.

Lo que antes era como un paisaje; los adornos de la casa, cuando ya se pueden volver a poner unas cortinas, cuando ya se puede volver a decorar el hogar, -¡ah, cómo se disfruta cada cosa!-, haberla perdido sirve para volver a valorarla.

Entonces, tenemos las mismas cosas pero como si todo valiera más. Éso enseñó el destierro a los judíos y es el primer punto que quería compartir.

El segundo punto es éste: Resulta que los judíos tuvieron realmente una conversión. O la mayoría de los judíos; bueno, mejor dicho, no sé: no sé si fueron unos judíos o la mayoría; para qué voy a inventar.

Lo cierto es que en la Biblia consta que sí hubo un cambio de mentalidad, por lo menos en algunas. Y éso se encuentra en los Profetas, como decir Zacarías, -éste que hemos oído-, o como decir Isaías en esos capítulos finales de su libro.

Ahí, el pensamiento se abrió, lo que fue muy interesante. Poque, los judíos, si nosotros leemos, por ejemplo, el Deuteronomio, tenían una conciencia de ser un pueblo elegido. Pero, era un pueblo elegido sin más vocación que su propia salvación.

En cambio, el pueblo después del destierro es el pueblo que se siente elegido, pero elegido para comunicar salvación, para dar salvación. Ya no es ser elegido para mí mismo; es ser elegido para dar a los otros la salvación.

Y esto es muy hermoso, porque resulta que Nabucodonosor, el que desterró a los judíos, no desterró únicamente a los judíos. Nabucodonosor se sentía verdaderamente el dueño de la tierra. "Él pasó arrasando y cambiando las fronteras de las naciones" (véase Jeremías 34,1), como dice por ahí algún texto de los Profetas.

Él se sentía feliz en éso, redistribuyendo los pueblos, como jugando con los pueblos, con las fronteras y con las naciones; sentía que era el dueño del mundo.

En ese revoltorio que hizo Nabucodonosor, pues, llevó a la experiencia de la miseria a muchísimos. Desde luego que todos los que llegaban como desplazados, -llamamos aquí en Colombia-, o como emigrantes, como desterrados, -es el término bíblico-, los que llegan desterrados llegan sin salud, llegan con hambre, llegan con necesidades.

Entonces, los judíos allá en esa Babilonia, compartiendo miseria y necesidad con muchos pueblos de muchas partes, descubrieron que había algo que les hacía hermanos de todos. Es decir, la experiencia de padecer un mismo dolor les hizo creer que era posible una misma salvación.

Y este punto me parece muy bello: los que han compartido un mismo dolor, pueden llegar a creer en un mismo amor, en una misma salvación. Éso fue lo que le sucedió a los judíos.