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Esta catástrofe quedó registrada en el alma del pueblo elegido, como lo podemos leer especialmente en el libro de las lamentaciones; ahí se recoge el sabor de muerte, el dolor y la impotencia que los judíos experimentaron cuando lo más precioso que tenían, su templo, fue ollado por las fuerzas enemigas.
 
Esta catástrofe quedó registrada en el alma del pueblo elegido, como lo podemos leer especialmente en el libro de las lamentaciones; ahí se recoge el sabor de muerte, el dolor y la impotencia que los judíos experimentaron cuando lo más precioso que tenían, su templo, fue ollado por las fuerzas enemigas.
  
Esta tragedia había sido anunciada anteriormente, con bastante plazo, por los profetas.
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Esta tragedia había sido anunciada anteriormente, con bastante plazo, por los profetas. Y los profetas hablaban de esta catástrofe no como algo inevitable, sino como el fruto al que irían a conducir las infidelidades del pueblo de Dios. Pero el pueblo no se convirtió y entonces, a mano de Nabucodonosor, la ciudad de Dios, la ciudad de Jerusalén, fue destruida.
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Este rey impío, Nabucodonosor, era jefe del pueblo  de los caldeos, y a donde él se llevó a los judíos fue  a su ciudad, Babilonia; sin embargo, como suele suceder en las cosas humanas, a uno que es muy fuerte le sale otro más fuerte, y a uno que es muy astuto le sale otro que es todavía más astuto.
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Eso fue lo que sucedió. El reino de los caldeos no fue eterno, sino que otros poderes, y en particular, el pueblo de los persas, venció a los caldeos

Revisión del 15:04 17 sep 2011

Fecha: 20110919

Título:

Original en audio: 4 min. 42 seg.


A comienzos del siglo sexto antes de Cristo, un rey llamado Nabucodonosor asedió, sitió y finalmente tomó la ciudad de Jerusalén, la arrasó completamente, profanó el templo y envió al destierro a los judíos.

Esta catástrofe quedó registrada en el alma del pueblo elegido, como lo podemos leer especialmente en el libro de las lamentaciones; ahí se recoge el sabor de muerte, el dolor y la impotencia que los judíos experimentaron cuando lo más precioso que tenían, su templo, fue ollado por las fuerzas enemigas.

Esta tragedia había sido anunciada anteriormente, con bastante plazo, por los profetas. Y los profetas hablaban de esta catástrofe no como algo inevitable, sino como el fruto al que irían a conducir las infidelidades del pueblo de Dios. Pero el pueblo no se convirtió y entonces, a mano de Nabucodonosor, la ciudad de Dios, la ciudad de Jerusalén, fue destruida.

Este rey impío, Nabucodonosor, era jefe del pueblo de los caldeos, y a donde él se llevó a los judíos fue a su ciudad, Babilonia; sin embargo, como suele suceder en las cosas humanas, a uno que es muy fuerte le sale otro más fuerte, y a uno que es muy astuto le sale otro que es todavía más astuto.

Eso fue lo que sucedió. El reino de los caldeos no fue eterno, sino que otros poderes, y en particular, el pueblo de los persas, venció a los caldeos