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''La  conversión tiene esas dos cosas. Primero, uno tiene que rechazar el pecado: éso es dejar de alejarse. Y segundo, uno tiene que abrirse a la gracia de Dios, al perdón, al amor de Dios, y dejarse guiar por Él.''
 
''La  conversión tiene esas dos cosas. Primero, uno tiene que rechazar el pecado: éso es dejar de alejarse. Y segundo, uno tiene que abrirse a la gracia de Dios, al perdón, al amor de Dios, y dejarse guiar por Él.''
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Lo primero, no irse más lejos, y lo segundo, regresar. Acuérdate de la famosa Parábola del Hijo Pródigo. Este muchacho se alejó de su padre, pero las circunstancias de la vida, primero, y luego esa reflexión que él mismo hizo, detuvieron ese alejamiento.
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Hubo un momento en el que él ya no se alejó más; y segundo, tomó una resolución: "Volveré a la casa de mi padre" (''véase'' San Lucas 15,18).
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''En ésto consiste la vida divina, en ésto consiste la vida del Espíritu. Primero, en que uno ya no se aleje más, en que uno ya deje el pecado, y segundo, en que uno acepte la gracia y el amor de Dios.''
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Por eso nos dice en otro lugar el Profeta Isaías: "Dejad de obrar mal; aprended a obrar bien" (''véase'' Isaías 1,16-17). Y de ese modo vuelve la vida de Dios a nosotros.
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"Dejad de obrar mal" (''véase'' Isaías 1,16), es el primer paso. "Aprended a obrar bien" (''véase'' Isaías 1,17), es el segundo paso. Se necesitan esos dos pasos.
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Lo mismo encontramos en la conversión de aquel famoso avaro que aparece en el Evangelio de Lucas, un hombre llamado Zaqueo, que era recaudador de impuestos. Él le dice a Jesús, porque Jesús fue a quedarse en su casa: "Si a alguien le he hecho mal, voy a restituir" (''véase'' San Lucas 19,8). Pero, también dice: "Voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres" (''véase'' San Lucas 19,8).

Revisión del 03:41 22 jun 2011

Fecha: 20100624

Título: Para dejar de obrar mal, la voz poderosa de Juan Bautista, y para aprender a obrar bien, Jesucristo con su gracia y la guía de su Espíritu.

Original en audio: 11 min. 0 seg.


Podemos decir, queridos hermanos, que esta fiesta del nacimiento de San Juan Bautista es como la prolongación de aquella alegría, de aquella admiración que llenó a la gente en las montañas de Judea.

"¿Qué va a ser este niño?" (véase San Lucas 1,66). Aunque no tenían una respuesta, una luz parecía brillar en sus ojos sabiendo que este niño, este Juan, era él mismo una visita de la misericordia divina. Así que nosotros, al celebrar esta solemnidad de Juan Bautista, estamos prolongando esa alegría.

También nos gozamos ante esta manifestación de la misericordia del Señor. Y es bueno que sepamos exactamente cuál es esa gracia, cuál es ese regalo que Dios nos dio en la persona de Juan Bautista. Me parece que la mejor manera de describirlo, es haciendo una comparación con Jesús, Nuestro Salvador.

Porque, sucede esto: cuando una persona se aparta del camino, se necesitan dos cosas. Primero, que deje de alejarse, y segundo, que tome el camino de vuelta, que regrese a su camino correcto.

La conversión tiene esas dos cosas. Primero, uno tiene que rechazar el pecado: éso es dejar de alejarse. Y segundo, uno tiene que abrirse a la gracia de Dios, al perdón, al amor de Dios, y dejarse guiar por Él.

Lo primero, no irse más lejos, y lo segundo, regresar. Acuérdate de la famosa Parábola del Hijo Pródigo. Este muchacho se alejó de su padre, pero las circunstancias de la vida, primero, y luego esa reflexión que él mismo hizo, detuvieron ese alejamiento.

Hubo un momento en el que él ya no se alejó más; y segundo, tomó una resolución: "Volveré a la casa de mi padre" (véase San Lucas 15,18).

En ésto consiste la vida divina, en ésto consiste la vida del Espíritu. Primero, en que uno ya no se aleje más, en que uno ya deje el pecado, y segundo, en que uno acepte la gracia y el amor de Dios.

Por eso nos dice en otro lugar el Profeta Isaías: "Dejad de obrar mal; aprended a obrar bien" (véase Isaías 1,16-17). Y de ese modo vuelve la vida de Dios a nosotros.

"Dejad de obrar mal" (véase Isaías 1,16), es el primer paso. "Aprended a obrar bien" (véase Isaías 1,17), es el segundo paso. Se necesitan esos dos pasos.

Lo mismo encontramos en la conversión de aquel famoso avaro que aparece en el Evangelio de Lucas, un hombre llamado Zaqueo, que era recaudador de impuestos. Él le dice a Jesús, porque Jesús fue a quedarse en su casa: "Si a alguien le he hecho mal, voy a restituir" (véase San Lucas 19,8). Pero, también dice: "Voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres" (véase San Lucas 19,8).