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Así que la palabra última de la Semana Santa no es la palabra de la derrota, sino la palabra de la victoria; no es el triunfo del odio, sino la epopeya del amor; no es la cobija de la oscuridad, sino el manto glorioso de la luz. Y así nosotros, en el salmo que hemos proclamado hoy, tenemos la imagen al mismo tiempo de la angustia y de la victoria. | Así que la palabra última de la Semana Santa no es la palabra de la derrota, sino la palabra de la victoria; no es el triunfo del odio, sino la epopeya del amor; no es la cobija de la oscuridad, sino el manto glorioso de la luz. Y así nosotros, en el salmo que hemos proclamado hoy, tenemos la imagen al mismo tiempo de la angustia y de la victoria. | ||
| − | Cada uno pude hacer suya esta súplica del salmo: "Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza. Mi roca, mi alcázar, mi libertados. Peña mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte. Invoco al Señor de mi alabanza, y quedo libre de mis enemigos" [[: | + | Cada uno pude hacer suya esta súplica del salmo: "Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza. Mi roca, mi alcázar, mi libertados. Peña mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte. Invoco al Señor de mi alabanza, y quedo libre de mis enemigos" [[:Categoría:Salmo 018_002-004 |Salmo 18,2-4]]. |
''Y así sucedió con Jeremías: él puso su confianza en el Señor y el Señor lo rescató de la fosa. Y así sucedió sobre todo con Jesucristo: Él cumplió la voluntad del Padre y fue sacado del sepulcro, fue librado de sus enemigos. Y así va a suceder en tu vida y así va a suceder en mi vida: | ''Y así sucedió con Jeremías: él puso su confianza en el Señor y el Señor lo rescató de la fosa. Y así sucedió sobre todo con Jesucristo: Él cumplió la voluntad del Padre y fue sacado del sepulcro, fue librado de sus enemigos. Y así va a suceder en tu vida y así va a suceder en mi vida: | ||
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''Pues de eso se trata esta Semana Santa precisamente, en eso consiste la Semana Santa: discípulos que reciben la bendición y la enseñanza y el ejemplo y la gracia; misioneros que transmiten la virtud, la convicción, la alegría y la esperanza.'' | ''Pues de eso se trata esta Semana Santa precisamente, en eso consiste la Semana Santa: discípulos que reciben la bendición y la enseñanza y el ejemplo y la gracia; misioneros que transmiten la virtud, la convicción, la alegría y la esperanza.'' | ||
| − | Esos somos nosotros: discípulos, misioneros, que viviremos con toda fe, que viviremos con gran fervor esta Semana Mayor, y que acabadas las festividades tendremos clara una sola cosa: si la festividad termina, la alegría no acaba; si la liturgia termina, el testimonio, la predicación y el ejemplo jamás deben terminar, porque el mandato de Cristo a sus Apóstoles es también para nosotros: "Id y haced discípulos míos a todos los pueblos de la tierra" [[: | + | Esos somos nosotros: discípulos, misioneros, que viviremos con toda fe, que viviremos con gran fervor esta Semana Mayor, y que acabadas las festividades tendremos clara una sola cosa: si la festividad termina, la alegría no acaba; si la liturgia termina, el testimonio, la predicación y el ejemplo jamás deben terminar, porque el mandato de Cristo a sus Apóstoles es también para nosotros: "Id y haced discípulos míos a todos los pueblos de la tierra" [[:Categoría:Mateo 028_019|Mateo 28,19]]. |
Sigamos ahora esta celebración. Tengo ante mis ojos el amable colorido de las distintas fraternidades y hermandades del Santuario Mariano Nacional. A aquellos que siguen estas palabras por el sistema Reina de colombia, permítanme que les exprese algo de mi gozo. Hemos tenido hace unos minutos la ceremonia en la cual han recibido su túnica o su distintivo de consagración un grupo de hombres y también de mujeres que quieren durante esta Semana Santa vivir de manera más consciente su fe cristiana. | Sigamos ahora esta celebración. Tengo ante mis ojos el amable colorido de las distintas fraternidades y hermandades del Santuario Mariano Nacional. A aquellos que siguen estas palabras por el sistema Reina de colombia, permítanme que les exprese algo de mi gozo. Hemos tenido hace unos minutos la ceremonia en la cual han recibido su túnica o su distintivo de consagración un grupo de hombres y también de mujeres que quieren durante esta Semana Santa vivir de manera más consciente su fe cristiana. | ||
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Revisión actual del 15:45 6 dic 2011
Fecha: 20100326
Título: Aprender en esta Semana Santa a poner nuestra esperanza en el Senor y a experimentar su poder salvador
Original en audio: 12 min. 32 seg.
Queridos Hermanos:
Los viernes de Cuaresma tienen un sabor particular. Los textos, cuidadosamente escogidos por la Iglesia para estos días, estos viernes, tienen siempre una referencia con el gran viernes, con el viernes bueno, como dicen en inglés, "Good Friday", con el "Viernes Santo", como decimos en español.
Estos viernes de Cuaresma han ido formando como una escalera para que nosotros lleguemos a esa cumbre del Calvario con los ojos un poco más abiertos, con el corazón un poco más dispuesto.
Los viernes de Cuaresma nos hablan del sacrificio de Jesús y de como ese sacrificio tuvo una razón de ser, cómo tuvo una anticipación, cómo fue figurado en tantos eventos del Antiguo Testamento.
Hoy por ejemplo, cómo no reconocer en el profeta Jeremías una figura ya muy cercana a Cristo en su Pasión. Escuchemos esa palabra de Jeremías, miremos lo que sucedió en ese tiempo y tendremos ya una imagen bastante nítida de lo que habría de suceder después con Jesús.
Jeremías fue profeta en un tiempo muy difícil; le correspondió aquella época, la más triste de todas, la época del destierro a Babilonia. Puede decirse que en ese destierro el pueblo de Dios sintió que se hundía toda su esperanza, fue como pasar por la muerte. Y hay un libro en la Biblia, que es el libro del profeta Jeremías, es el libro de las Lamentaciones sobre todo, que nos transmite de manera bastante impresionante a qué sabe la muerte.
Porque la muerte tiene su sabor; así como la vida la podemos degustar en el Pan, en el Pan de la Vida, en el Pan bajado del cielo, así también la muerte tiene se sabor, y el sabor de la muerte está descrito de manera impresionante en el libro de las Lamentaciones, atribuido también al profeta Jeremías.
En esa época, en la época en que la acumulación de los pecados de Israel iba a llevar a ese colapso espantoso llamado el destierro a Babilonia, en esa época tuvo que realizar su ministerio Jeremías. Y por eso, en esa época en la que apareció todo el desastre, todo la incoherencia, todo el alud de los pecados de Israel, de alguna manera este hombre de Dios, Jeremías, tuvo que soportar sobre sí esa carga.
Fue perseguido, lo mismo que Jesucristo; fue traicionado, lo mismo que Jesucristo; fue condenado a muerte, lo mismo que Jesucristo; él anunció al pueblo la bondad de Dios, lo mismo que Jesucristo; él intercedió por sus propios enemigos, lo mismo que Jesucristo.
Vemos, hermanos, que en Jeremías hay una imagen muy acabada, una imagen bastante nítida de lo que vivió Jesucristo, con una diferencia notable: el sufrimiento de Jeremías era el sufrimiento por un pueblo, mientras que el sufrimiento de Cristo es el sufrimiento por todos los pueblos, por todas las gentes, por todos nosotros.
Y con otra diferencia aún más notable: aunque Jeremías fue condenado a muerte cuando lo arrojaron a un pozo sin agua, Dios no permitió que esa iniquidad se completara; de ahí, de ese pozo cenagoso, lo sacó Dios.
En cambio, el sacrificio de Cristo, el sacrificio del Hijo Único del Padre, ése sí llegó hasta el final. Derramada hasta la única gota de su Sangre en la Cruz, Jesucristo dio el supremo testimonio del amor por nosotros.
Tomemos las palabras del salmo y reconozcamos cómo en ese sacrifico no está dicha la última palabra. Porque si nos preparamos para celebrar la Semana Santa, hermanos, no es para ver el gran fracaso de los ideales humanos, no es para ver la gran tristeza de la incoherencia y la iniquidad que hay en nuestra raza humana.
Nos reunimos aquí, nos vamos a reunir en esta semana que está a punto de empezar, sobre todo para reconocer que más allá de toda esa iniquidad el bien triunfa, que más allá de toda esa oscuridad hay una luz que sobresale.
Así como Jeremías fue sacado del pozo cenagoso sin probar la muerte física, así también Jesucristo fue sacado del sepulcro después de haber bebido hasta las heces el cáliz de nuestra muerte.
Así que la palabra última de la Semana Santa no es la palabra de la derrota, sino la palabra de la victoria; no es el triunfo del odio, sino la epopeya del amor; no es la cobija de la oscuridad, sino el manto glorioso de la luz. Y así nosotros, en el salmo que hemos proclamado hoy, tenemos la imagen al mismo tiempo de la angustia y de la victoria.
Cada uno pude hacer suya esta súplica del salmo: "Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza. Mi roca, mi alcázar, mi libertados. Peña mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte. Invoco al Señor de mi alabanza, y quedo libre de mis enemigos" Salmo 18,2-4.
Y así sucedió con Jeremías: él puso su confianza en el Señor y el Señor lo rescató de la fosa. Y así sucedió sobre todo con Jesucristo: Él cumplió la voluntad del Padre y fue sacado del sepulcro, fue librado de sus enemigos. Y así va a suceder en tu vida y así va a suceder en mi vida: vamos a a aprender en esta Semana Santa a poner nuestra esperanza en el Señor y a experimentar su poder salvador, para también nosotros vestirnos de vida, de luz y de resurrección con el triunfo maravilloso de Jesucristo.
Qué importante, mis hermanos, el lema que nos han dado nuestros obispos en la Conferencia Episcopal de Aparecida, Santuario Mariano en el Brasil, así se llama, Aparecida. Nuestros obispos, reunidos en ese Santuario de la Virgen en el Brasil, nos han dejado una consigna: que seamos discípulos misioneros.
Pues de eso se trata esta Semana Santa precisamente, en eso consiste la Semana Santa: discípulos que reciben la bendición y la enseñanza y el ejemplo y la gracia; misioneros que transmiten la virtud, la convicción, la alegría y la esperanza.
Esos somos nosotros: discípulos, misioneros, que viviremos con toda fe, que viviremos con gran fervor esta Semana Mayor, y que acabadas las festividades tendremos clara una sola cosa: si la festividad termina, la alegría no acaba; si la liturgia termina, el testimonio, la predicación y el ejemplo jamás deben terminar, porque el mandato de Cristo a sus Apóstoles es también para nosotros: "Id y haced discípulos míos a todos los pueblos de la tierra" Mateo 28,19.
Sigamos ahora esta celebración. Tengo ante mis ojos el amable colorido de las distintas fraternidades y hermandades del Santuario Mariano Nacional. A aquellos que siguen estas palabras por el sistema Reina de colombia, permítanme que les exprese algo de mi gozo. Hemos tenido hace unos minutos la ceremonia en la cual han recibido su túnica o su distintivo de consagración un grupo de hombres y también de mujeres que quieren durante esta Semana Santa vivir de manera más consciente su fe cristiana.
Me alegro en este amable colorido, se renueva este Santuario, cómo florece una vez más con las oraciones, con el amor y con el perfume de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá.
Puede ser un poco extraño que en un viernes de Cuaresma yo pida lo que voy a pedir, pero creo que es tanta la fecundidad del corazón de esta Santa Niña, de esta Santa Señora de Chiquinquirá, a al que se deben todas las hermandades y fraternidades, que creo que es justo que nos pongamos de pies, y antes de celebrar la Semana Mayor, le demos in aplauso de amor a Nuestra Señora.
Bajo tu mirada, hermosa Virgen chiquinquireña, bajo tu mirada, custodiados por tu amor, envueltos en tu plegaria, guiados por tu ejemplo, queremeos celebrar la Semana Mayor. Nos van a inspirar, María Santísima, nos van a inspirar los latidos de tu corazón purísimo, nos van a inspirar tus lágrimas de compasión por la humanidad pecadora y de dolor por elHijo sacrificado en la Cruz.
Nos van a acompañar, María, tus manos purísimas, tu sonrisa de Madre, tu amor de doncella.
Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre: Jesús.
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.