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¿Qué clase de sanación necesitarán nuestros ojos, para descubrir efectivamente esa belleza que hay en todas las obras de Dios?
 
¿Qué clase de sanación necesitarán nuestros ojos, para descubrir efectivamente esa belleza que hay en todas las obras de Dios?
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Claro que cuando uno piensa en las obras de Dios, le queda más fácil reconocerlas en la naturaleza que no ha sido tocada por el hombre.
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Entonces, se mira, por ejemplo, la majestad del sol, la grandeza de los cielos. Se mira, por ejemplo, la delicadeza de la rosa, el rocío en la mañana, y ahí parece como más fácil contemplar la obra de Dios.
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''Pero, lo maravilloso no es reconocer a Dios allí donde no está el ser humano, sino reconocer también la obra y la maravilla de Dios allí donde están esos pensamientos y esas palabras de las que también habla el Eclesiástico.''
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Aquí dice: "Dios fortaleció sus ejércitos para que estén firmes en presencia de su gloria. Sondea el abismo y el corazón, penetra todas sus tramas" (''véase'' Eclesiástico 42,17-18).
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''Mira cómo con delicadeza y poesía, -como lo ha venido haciendo-, nos pasa de las obras de la naturaleza a las obras que también Dios hace en los corazones humanos.''
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El mismo que se pasea por el cuento de la tierra, el mismo que sondea los abismos, Ése mismo conoce y sondea también ese otro abismo, -si se quiere mayor-, que es el corazón humano.
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"No se le oculta ningún pensamiento ni se le escapa palabra alguna" (''véase'' Eclesiástico 42,2).

Revisión del 04:31 25 feb 2011

Fecha: 19970529

Título: Se necesita que Jesucristo sane nuestros ojos, para poder ver las maravillas de Dios.

Original en audio: 6 min. 4 seg.


Hay una relación hermosa entre las dos lecturas que nos propone la Iglesia en este día. El Eclesiástico nos invita a maravillarnos ante las obras de Dios, y el evangelio nos presenta la sanación de un ciego.

Uno podría como relacionar estas dos lecturas. El ciego le dice a Jesús: "Maestro, que pueda ver" (véase San Marcos 10,51). Y el Eclesiástico nos cuenta qué es lo que se ve.

Se necesita que pase Jesús sanando nuestros ojos, para que podamos ver las maravillas de Dios.

Hay veces que uno está tan ocupado mirando sus propias miserias y las tristezas de esta vida, las faltas de los demás y los problemas que nos rodean, que difícilmente parece encontrar algo maravilloso, algo hermoso.

Y la primera lectura, en cambio, nos ha dicho: "¿Quién se cansará de ver las obras de Dios?" (véase Eclesiástico 42,25). "¡Qué amable son todas tus obras! Todas difieren unas de otras, una excede a otra en belleza" (véase Eclesiástico 42,22-25).

¿Qué clase de sanación necesitarán nuestros ojos, para descubrir efectivamente esa belleza que hay en todas las obras de Dios?

Claro que cuando uno piensa en las obras de Dios, le queda más fácil reconocerlas en la naturaleza que no ha sido tocada por el hombre.

Entonces, se mira, por ejemplo, la majestad del sol, la grandeza de los cielos. Se mira, por ejemplo, la delicadeza de la rosa, el rocío en la mañana, y ahí parece como más fácil contemplar la obra de Dios.

Pero, lo maravilloso no es reconocer a Dios allí donde no está el ser humano, sino reconocer también la obra y la maravilla de Dios allí donde están esos pensamientos y esas palabras de las que también habla el Eclesiástico.

Aquí dice: "Dios fortaleció sus ejércitos para que estén firmes en presencia de su gloria. Sondea el abismo y el corazón, penetra todas sus tramas" (véase Eclesiástico 42,17-18).

Mira cómo con delicadeza y poesía, -como lo ha venido haciendo-, nos pasa de las obras de la naturaleza a las obras que también Dios hace en los corazones humanos.

El mismo que se pasea por el cuento de la tierra, el mismo que sondea los abismos, Ése mismo conoce y sondea también ese otro abismo, -si se quiere mayor-, que es el corazón humano.

"No se le oculta ningún pensamiento ni se le escapa palabra alguna" (véase Eclesiástico 42,2).