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Escogemos la muerte cuando le abrimos mas y mas la puerta al horrendo crimen del aborto, escogemos la muerte cuando cada uno de nosotros se encierra en su egoísmo, porque así metidos como en nuestra propia cárcel nos acechan la depresión, la amargura, los prejuicios, incluso la tentación del suicidio.   
 
Escogemos la muerte cuando le abrimos mas y mas la puerta al horrendo crimen del aborto, escogemos la muerte cuando cada uno de nosotros se encierra en su egoísmo, porque así metidos como en nuestra propia cárcel nos acechan la depresión, la amargura, los prejuicios, incluso la tentación del suicidio.   
  
El Dios en el que nosotros creemos nos invita ardientemente, amorosamente, “escoge la vida”  y sin embargo el corazón humano se resiste
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El Dios en el que nosotros creemos nos invita ardientemente, amorosamente, “escoge la vida”  y sin embargo el corazón humano se resiste son muy profundas las garras del pecado en nuestros corazones.
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Estas lecturas las tenemos precisamente un día viernes, porque en general, nuestra Iglesia católica le da al viernes ese carácter de llamado al arrepentimiento, llamado a la conversión, el viernes es un día de conversión y de penitencia porque un viernes, el viernes que llamamos santo, Cristo ofreció su vida por nosotros, en la cruz si lo pensamos bien ahí apareció en toda su dimensión el daño del pecado.
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En las llagas de Cristo lo que hay que mirar no es simplemente lo que le pasó a un pobre hombre hace dos mil años, en esas llagas tenemos que ver lo que les sucede a estos pobres hombres que somos nosotros, si dejamos que el pecado hunda sus garras en nuestros corazones, el que está colgando de la cruz eres tu mi hermano y soy yo, las llagas  que están ahí están mostrando lo que el mal hace en nuestras vidas.
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Lo que el demonio pretende de nosotros, lo que el pecado causa cuando se le abre la puerta, en la cruz de Jesucristo lo que vemos es esa obra maligna, pero hay algo maravilloso que sucede también en la cruz, así como aparecen las llagas que revelan el poder del mal, esas mismas llagas revelan el poder de la misericordia, porque Cristo se sometió a toda esa tortura y a toda esa humillación ofreciendo su propio dolor por nosotros como cordero de pascua.
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Cristo ofreció su sangre para que nosotros fuéramos sacados del poder del faraón, es decir, del poder del pecado, así que en ese sufrimiento de Cristo vemos a la vez toda la fuerza de la maldad, pero también toda la victoria del bien, toda la maravilla del bien, toda la maravilla de la bondad.
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Por eso mis hermanos, el sentido de la penitencia y el sentido de un viernes penitencial como este que tenemos en el Adviento, no es finalmente una pura tristeza, sino es la contemplación de cuanta paciencia nos ha tenido Dios, cuanta mansedumbre ha desplegado ante nosotros, con cuanto amor nos ha venido esperando, nos sigue esperando con sus brazos de padre bien abiertos. 
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Es verdad que las noticias que encontramos en estas lecturas, la noticia de la rebeldía del corazón humano es triste, es verdad que la terquedad humana es triste, pero hay otra terquedad que es alegre y es la terquedad del amor de Dios, que si el hombre es terco para pecar, Dios es terco para esperar, para sanar, para perdonar, para levantar.
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Si hoy tenemos que mirar la terquedad humana  que no termina de sintonizar con Dios, hoy también contemplamos admirados la terquedad divina que nos espera, que nos abraza, que nos levanta, que está dispuesto a perdonar, no una ni siete veces sino setenta veces siete como dice el evangelio y ese número siete sabemos que significa completamente, perfectamente, totalmente.
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Por eso hermanos, recojamos el sentido de esta lectura y vamos a aplicarla a nuestra vida en tres puntos bien concretos, para terminar esta reflexión, primero, cada uno tiene que preguntarse ¿estoy en sintonía con Dios? En el Padre Nuestro decimos, a nuestro Padre Celestial precisamente le decimos “hágase tu voluntad”.
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Pues entonces hagámonos esta pregunta ¿estoy en sintonía con Dios?  ¿Mi voluntad está en sintonía con la voluntad divina? Si no es así hagámonos esta pregunta ¿en que área de mi vida soy más resistente al querer de Dios? ¿cuál es esa área de mi vida que la tengo cerrada al amor de Dios al plan de Dios, al mandato de Dios?
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Esa es la primera aplicación, descubrir en nosotros que somos como los niños estos del evangelio de hoy, estamos en otro cuento, estamos en otra onda, no hemos terminado de sintonizar con Dios, pues ya que lo sabemos preguntémonos en que área de mi vida estoy fuera de la sintonía con Dios, cada uno piénselo, ¿será en el dinero? ¿será en las diversiones? ¿será en las amistades? ¿será en el sexo? ¿será en la comida o en la bebida? ¿será en el manejo de los bienes? ¿será en la manera como usamos nuestro tiempo? cada uno pregúntese en donde estoy fuera de la sintonía con Dios, así sacamos algo práctico de estas lecturas.
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Segundo punto, hemos dicho, que el resumen de todas las rebeldías humanas

Revisión del 04:14 9 dic 2010

Fecha: 20091211

Título:

Original en audio: 19 min. 33 seg.


En transcripcion 

Hermanos queridos:

Hay un sabor de tristeza, podríamos decir, en el evangelio de hoy, esto no nos debe extrañar, el evangelio nos cuenta lo que encontró Jesús cuando llegó a esta tierra, y lo que hizo Jesús después de haber visto la condición de nuestra raza.

Y tenemos que ser muy claros y muy sinceros en esto, lo que encontró Jesús al llegar a esta tierra es triste, encontró lo que dice el prólogo del evangelio según San Juan: "vino a los suyos y los suyos no lo recibieron", encontró que su propia ciudad, la ciudad de Dios, por excelencia, Jerusalén, no había entendido el tiempo de la visita de Dios.

Encontró Jesús que el corazón humano es duro y resistente, encontró Jesús que el orgullo, la indiferencia, el egoísmo, la mentira, la impureza, la envidia han hundido profundamente sus garras en los corazones de todos, eso es triste.

De una manera un poco poética lo describe el evangelio de hoy, esa falta de sintonía con Dios que se describe en esos grupos de niños, unos quieren que los otros bailen y no, no lo hacen, otros quieren que se canten lamentaciones y tampoco lo hacen, hay un descuadre, hay un desnivel, hay una falta de sintonía.

Como que Dios va por un lado y el ser humano va por otro, Dios quiere algo pero el corazón humano tiene sus propias apetencias y por eso es rebelde y esa rebeldía engendra dureza y finalmente tristeza, eso es lo que nos cuenta el evangelio.

Y la primera lectura también nos habla de esa clase de resistencia, esa clase de rebeldía, se queja Dios por boca del profeta Isaías, “si hubieras atendido a mis mandatos sería tu paz como un rio” y al final dice: “tu nombre no sería aniquilado ni destruido ante mí”.

El camino que Dios nos muestra es el camino que conduce a la vida, en el libro del Deuteronomio Dios le habla a su pueblo y le dice: “hoy pongo ante ti dos caminos la vida y la bendición o la muerte y la maldición” y añade: “escoge la vida” y sin embargo el ser humano parece obstinado en escoger la muerte.

Escogemos la muerte cuando le abrimos mas y mas la puerta al horrendo crimen del aborto, escogemos la muerte cuando cada uno de nosotros se encierra en su egoísmo, porque así metidos como en nuestra propia cárcel nos acechan la depresión, la amargura, los prejuicios, incluso la tentación del suicidio.

El Dios en el que nosotros creemos nos invita ardientemente, amorosamente, “escoge la vida” y sin embargo el corazón humano se resiste son muy profundas las garras del pecado en nuestros corazones.

Estas lecturas las tenemos precisamente un día viernes, porque en general, nuestra Iglesia católica le da al viernes ese carácter de llamado al arrepentimiento, llamado a la conversión, el viernes es un día de conversión y de penitencia porque un viernes, el viernes que llamamos santo, Cristo ofreció su vida por nosotros, en la cruz si lo pensamos bien ahí apareció en toda su dimensión el daño del pecado.

En las llagas de Cristo lo que hay que mirar no es simplemente lo que le pasó a un pobre hombre hace dos mil años, en esas llagas tenemos que ver lo que les sucede a estos pobres hombres que somos nosotros, si dejamos que el pecado hunda sus garras en nuestros corazones, el que está colgando de la cruz eres tu mi hermano y soy yo, las llagas que están ahí están mostrando lo que el mal hace en nuestras vidas.

Lo que el demonio pretende de nosotros, lo que el pecado causa cuando se le abre la puerta, en la cruz de Jesucristo lo que vemos es esa obra maligna, pero hay algo maravilloso que sucede también en la cruz, así como aparecen las llagas que revelan el poder del mal, esas mismas llagas revelan el poder de la misericordia, porque Cristo se sometió a toda esa tortura y a toda esa humillación ofreciendo su propio dolor por nosotros como cordero de pascua.

Cristo ofreció su sangre para que nosotros fuéramos sacados del poder del faraón, es decir, del poder del pecado, así que en ese sufrimiento de Cristo vemos a la vez toda la fuerza de la maldad, pero también toda la victoria del bien, toda la maravilla del bien, toda la maravilla de la bondad.

Por eso mis hermanos, el sentido de la penitencia y el sentido de un viernes penitencial como este que tenemos en el Adviento, no es finalmente una pura tristeza, sino es la contemplación de cuanta paciencia nos ha tenido Dios, cuanta mansedumbre ha desplegado ante nosotros, con cuanto amor nos ha venido esperando, nos sigue esperando con sus brazos de padre bien abiertos.

Es verdad que las noticias que encontramos en estas lecturas, la noticia de la rebeldía del corazón humano es triste, es verdad que la terquedad humana es triste, pero hay otra terquedad que es alegre y es la terquedad del amor de Dios, que si el hombre es terco para pecar, Dios es terco para esperar, para sanar, para perdonar, para levantar.

Si hoy tenemos que mirar la terquedad humana que no termina de sintonizar con Dios, hoy también contemplamos admirados la terquedad divina que nos espera, que nos abraza, que nos levanta, que está dispuesto a perdonar, no una ni siete veces sino setenta veces siete como dice el evangelio y ese número siete sabemos que significa completamente, perfectamente, totalmente.

Por eso hermanos, recojamos el sentido de esta lectura y vamos a aplicarla a nuestra vida en tres puntos bien concretos, para terminar esta reflexión, primero, cada uno tiene que preguntarse ¿estoy en sintonía con Dios? En el Padre Nuestro decimos, a nuestro Padre Celestial precisamente le decimos “hágase tu voluntad”.

Pues entonces hagámonos esta pregunta ¿estoy en sintonía con Dios? ¿Mi voluntad está en sintonía con la voluntad divina? Si no es así hagámonos esta pregunta ¿en que área de mi vida soy más resistente al querer de Dios? ¿cuál es esa área de mi vida que la tengo cerrada al amor de Dios al plan de Dios, al mandato de Dios?

Esa es la primera aplicación, descubrir en nosotros que somos como los niños estos del evangelio de hoy, estamos en otro cuento, estamos en otra onda, no hemos terminado de sintonizar con Dios, pues ya que lo sabemos preguntémonos en que área de mi vida estoy fuera de la sintonía con Dios, cada uno piénselo, ¿será en el dinero? ¿será en las diversiones? ¿será en las amistades? ¿será en el sexo? ¿será en la comida o en la bebida? ¿será en el manejo de los bienes? ¿será en la manera como usamos nuestro tiempo? cada uno pregúntese en donde estoy fuera de la sintonía con Dios, así sacamos algo práctico de estas lecturas.

Segundo punto, hemos dicho, que el resumen de todas las rebeldías humanas