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| + | Pero, no es para que nos quejemos. Ciertamente, después del Concilio Vaticano Segundo se amplió inmensamente el espectro de lecturas. | ||
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| + | Y se puede hacer más, por lo menos se pueden elaborar muchas más cosas con una postura más constructiva como la del Eclesiástico, que ése sí habla de todo lo divino y humano: sobre los amigos, sobre la familia, sobre las mujeres, sobre el matrimonio, sobre el uso del dinero, sobre el luto. | ||
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| + | Y ese mensaje ha quedado como fijado en la mente de la Iglesia con la palabra "vanidad", o con la palabra "vaciedad". "Vanidad de vanidades, vaciedad sin sentido" (''véase'' Eclesiastés 1,2), traducen aquí. | ||
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| + | "Todo es vaciedad" (''véase'' Eclesiastés 1,2). Es interesante esa expresión. La vanidad viene de lo vano, la vaciedad de lo vacío. En ambos casos se trata de la experiencia de no encontrar un contenido, de sentir que las cosas tienen un aspecto pero no tienen un contenido. | ||
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| + | Sentir que el mundo se quedó sin contenido como si uno fuera a buscar en un cántaro agua fresca y descubriera que no hay, que está seco y entonces hubiera que decir: "Esto estaba agrietado; por algún roto se le salió el agua al mundo". | ||
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| + | Esa es la experiencia del Eclesiastés: el mundo, la creación tiene rotos. Todo tiene algún roto y por alguna parte se sale el agua, se sale el contenido, se acaba el sentido. Es lo que nos encontramos entonces en todas partes, y por eso la experiencia repetida: "Vuelve y juega, vuelve y juega". | ||
Revisión del 15:59 21 sep 2010
Fecha: 20000928
Título: Solamente admirarse de Jesucristo
Original en audio: 22 min. 54 seg.
El Eclesiastés no es un libro que tenga mucho desarrollo o mucha popularidad dentro de la Iglesia Católica.
Si vamos a atenernos a la Misa, pues, se oyen tres lecturas cada dos años. Es decir, que aún para una persona piadosa que asista a la Santa Misa todos los días, las dosis de Eclesiastés que llevará a su tumba serán pocas, porque tres lecturas cada dos años significa realmente un porcentaje muy bajo.
Pero, no es para que nos quejemos. Ciertamente, después del Concilio Vaticano Segundo se amplió inmensamente el espectro de lecturas.
Hay que notar que sobre el Eclesiastés apenas entre los Padres de la Iglesia, hay uno o dos comentarios, mientras que el pariente rico del Eclesiastés que es el Eclesiástico, ése sí suscitó muchísimos comentarios: tal vez porque la posición del libro Eclesiástico es muy constructiva, mientras que la posición del Eclesiastés no es destructiva pero sí es crítica.
Y se puede hacer más, por lo menos se pueden elaborar muchas más cosas con una postura más constructiva como la del Eclesiástico, que ése sí habla de todo lo divino y humano: sobre los amigos, sobre la familia, sobre las mujeres, sobre el matrimonio, sobre el uso del dinero, sobre el luto.
El Eclesiástico habla de muchísimas cosas; el Eclesiastés, en cambio, tiene más o menos un sólo mensaje que lo repite de varias maneras, pero que es relativamente el mismo.
Y ese mensaje ha quedado como fijado en la mente de la Iglesia con la palabra "vanidad", o con la palabra "vaciedad". "Vanidad de vanidades, vaciedad sin sentido" (véase Eclesiastés 1,2), traducen aquí.
"Todo es vaciedad" (véase Eclesiastés 1,2). Es interesante esa expresión. La vanidad viene de lo vano, la vaciedad de lo vacío. En ambos casos se trata de la experiencia de no encontrar un contenido, de sentir que las cosas tienen un aspecto pero no tienen un contenido.
Sentir que el mundo se quedó sin contenido como si uno fuera a buscar en un cántaro agua fresca y descubriera que no hay, que está seco y entonces hubiera que decir: "Esto estaba agrietado; por algún roto se le salió el agua al mundo".
Esa es la experiencia del Eclesiastés: el mundo, la creación tiene rotos. Todo tiene algún roto y por alguna parte se sale el agua, se sale el contenido, se acaba el sentido. Es lo que nos encontramos entonces en todas partes, y por eso la experiencia repetida: "Vuelve y juega, vuelve y juega".