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No podemos comprender, no podemos abarcar la nube; sabemos que está, sabemos que nos colma, sabemos que nos envuelve, pero la nube no se deja atrapar de nosotros, más bien nosotros quedamos en ella.
 
No podemos comprender, no podemos abarcar la nube; sabemos que está, sabemos que nos colma, sabemos que nos envuelve, pero la nube no se deja atrapar de nosotros, más bien nosotros quedamos en ella.
  
Y esto es exactamente lo que sucede en Dios
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Y esto es exactamente lo que sucede en Dios. Dios nos es un juguete para nuestras manos; Dios no es una herramienta para nuestros deseos; Dios no es una fuerza para nuestros proyectos; Dios no es una energía para nuestros sueños o para nuestra codicia como lo pretende la magia.
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Dios no es una energía, no es una fuerza, no es una herramienta, no es un juguete; no es Dios quien tien que estar en nuestras manos, sino nosotros quienes debemos estar en las manos de Dios.
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Y fíjate una cosa: cuando vas por la carretera y hay un tramo que está envuelto en la nube, en la neblina que llamamos, cuando hay neblina, ¿qué nos toca hacer? disminuir el ritmo, no podemos seguir de cualquier manera, y si la neblina se hace demasiado, demasido espesa, casi nos toca detenernos.
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Así sucede también cuando nos encontramos con Dios

Revisión del 17:06 26 ene 2010

Fecha: 20020211

Título:

original en audio: 12 min. 7 seg.


Hermanos:

Hoy, la primera lectura nos ofrece un motivo muy especial de reflexión: la presencia de Dios. Presencia, que en el caso de aquel templo, se hace palpable, se hace sensible, a través de la nube.

Si recordamos, hermanos, hay varios lugares en la Escritura en los que Dios manifiesta su presencia a través de una nube, de modo que podemos decir que la nube es como una señal de Dios. Por ejemplo, en el Sinaí, densos nubarrones señalan a todo el pueblo, y especialmente a Moisés, la presencia de Dios.

Ahora, en la lectura que acabamos de oír, Salomón consagra el templo, y la nube del Señor llena el templo. Si recordamos, en la vocación del profeta Isaías, allá en el capítulo sexto del libro que lleva su nombre, algo semejante sucede, también allí Isaíias contempla la gloria del Señor, se llena el templo de la gloria del Señor, hay una presencia y hay una nube.

Lo mismo podríamos decir en el caso de la Transfiguración, cuando estaban orando, en el momento de la Transfiguración, una nube aparece, una nube que cubre a Cristo, una nube de donde sale esa voz, la voz del Padre: "Este es mi Hijo amado" San Lucas 9,35, expresión que nos recuerda, ciertamente, lo sucedido en el momento del Bautismo.

También podemos hablar aquí de aquella hora de la ascención del Señor; en el momento de la ascención, nos dice Lucas en los Hechos de los Apóstoles: "Cristo se levanta hacia los cielos, hasta que una nube lo quitó de la vista de los discípulos, de los Apóstoles" Hechos de los Apóstoles 1,9.

Esa nube no es una señal de la altura, de los kilómetros que llevaba Cristo ya sobre el suelo, esa nube es más una señal de la entrada de Cristo en la plenitud de la gloria del Padre.

Y para recordar un último pasaje, pero o por último el menos importante, recordemos lo que le dice el Ángel Gabriel a la santísima Virgen María, cómo le dice que "el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra" San Lucas 1,35.

Ese encubrir, ese envolver en la gloria de Dios, es una señal, indudablemente, de la presencia divina.

Una nube es una hermosa imagen de la presencia de Dios, porque la nube se ve y, sin embargo, no deja ver; la nube está y, sin embargo, nos impide agarrar, nos impide apoderarnos.

Cuando nosotros vemos las cosas, con el aire despejado, con la atmósfera clara, podemos envolverlas con nuestro pensamiento, pero el que está dentro de una nube, ve a la nube, y sin embargo no puede adueñarse de la nube, sino que más bien es la nube la que se apodera de él.

No podemos comprender, no podemos abarcar la nube; sabemos que está, sabemos que nos colma, sabemos que nos envuelve, pero la nube no se deja atrapar de nosotros, más bien nosotros quedamos en ella.

Y esto es exactamente lo que sucede en Dios. Dios nos es un juguete para nuestras manos; Dios no es una herramienta para nuestros deseos; Dios no es una fuerza para nuestros proyectos; Dios no es una energía para nuestros sueños o para nuestra codicia como lo pretende la magia.

Dios no es una energía, no es una fuerza, no es una herramienta, no es un juguete; no es Dios quien tien que estar en nuestras manos, sino nosotros quienes debemos estar en las manos de Dios.

Y fíjate una cosa: cuando vas por la carretera y hay un tramo que está envuelto en la nube, en la neblina que llamamos, cuando hay neblina, ¿qué nos toca hacer? disminuir el ritmo, no podemos seguir de cualquier manera, y si la neblina se hace demasiado, demasido espesa, casi nos toca detenernos.

Así sucede también cuando nos encontramos con Dios