Diferencia entre revisiones de «I256001a»
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''Por tanto, en la Eucaristía, que es una obra del Espíritu Santo, memorial de Jesucristo en la Iglesia para siempre, hay esas dos partes, para que la proclamación de la Palabra nos ayude a conocer quién es Dios, y luego, la recepción de este Dios en la humildad de las especies de Pan y Vino, nos alimente y pueda ser de verdadero y completo provecho para nosotros.'' | ''Por tanto, en la Eucaristía, que es una obra del Espíritu Santo, memorial de Jesucristo en la Iglesia para siempre, hay esas dos partes, para que la proclamación de la Palabra nos ayude a conocer quién es Dios, y luego, la recepción de este Dios en la humildad de las especies de Pan y Vino, nos alimente y pueda ser de verdadero y completo provecho para nosotros.'' | ||
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| + | Las palabras que hemos escuchado hoy del Profeta Zacarías y del evangelio según San Lucas, nos muestran dos aspectos del Señor. Porque, uno debe asistir a la Misa como se asiste a un banquete: con hambre. Y el hambre propia de la Eucaristía, es el hambre de conocer a Jesucristo: "Quiero saber más de Él, quiero conocerle; conocerle mejor para amarle mejor". | ||
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| + | Pues bien, dos son los aspectos que aparecen aquí. En la primera lectura, en la de Zacarías, aparece Dios como nuestra fortaleza. ¡Qué hermosa expresión cuando dice!: "Yo voy a ser como la muralla de fuego en torno a ti, pero yo voy a ser también tu alegría dentro de ti" (''véase'' Zacarías 2,5;2,10). | ||
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| + | ''Esto es lo que viene a hacer Dios en nosotros: a protegernos por fuera de lo que podría hacernos daño, y a alimentarnos por dentro de lo que puede hacernos bien. Y Dios, por una parte, nos defiende de los males, y por otra parte, nos otorga sus bienes.'' | ||
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| + | ''El que vive en Dios, se alimenta de lo sabroso de la Casa de Dios, y vive al mismo tiempo protegido, defendido de los males que podrían amenazar a este Dios que llevamos dentro.'' | ||
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| + | Pero, en la segunda lectura, en la del evangelio, se nos invita a ser prudentes. ¿Por qué? Porque a veces creemos que la vida en Dios es como una especie de seguro de vida, que no puede pasarnos nada. Y a veces, incluso, nos burlamos de las personas que han entrado a creer como más en serio: "Usted, que reza tanto, ¿sí ve cómo le va? Usted, que dice que cree tanto, ¡y mire los problemas que tiene!" | ||
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| + | Creer en Dios es una muralla de fuego contra el pecado, pero creer en Dios no es una muralla de fuego contra los males. Creer en Dios, quiere decir, que el mal del pecado no va a entrar en nosotros, pero no quiere decir que estemos exentos de que nos dé gripa, de que no nos alcance la plata, de que incluso no nos comprendan las otras personas. | ||
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| + | Jesús, en el evangelio, dice, a pesar de que todo el mundo lo admiraba: "Meteos bien esto en la cabeza: al Hijo del hombre lo van a entregar en manos de los hombres" (''véase'' San Lucas 9,44). | ||
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| + | ''Es decir, el que está con Cristo, participa de la suerte de Cristo. Comulgar, venir a la Misa, orar, no son seguros de vida. ¡No! Indican que hay una muralla de fuego que nos protege del pecado. Pero, del pecado, otros males pueden llegarnos.'' | ||
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| + | Sin embargo, como muy bien nos dice San Pablo en la Carta a los Romanos: "Todo, incluso los males, concurre para bien de los que Dios ama" (''véase'' Carta a los Romanos 8,28). | ||
Revisión del 03:27 13 oct 2009
Fecha: 19970927
Título: Como una muralla de fuego que nos protege del pecado
Original en audio: 8 min. 18 seg.
Nosotros nos llamamos y somos Iglesia, porque en nosotros se ha cumplido lo que dice el Salmo: "El Señor nos guardará como pastor a su rebaño" (véase Jeremías 31,10).
La palabra "iglesia" viene de una palabra griega, "ecclesia", que significa "los convocados, la convocación, la gente llamada". Nosotros nos reunimos, porque hay una palabra, porque hay una voz que nos reúne, y esta voz, esta palabra, es la Palabra de Dios.
Esta Palabra que se predica, que es nuestra esperanza y que es nuestro alimento, nos llama, nos congrega. Y cuando oímos la Palabra de Dios, ya estamos comulgando, estamos alimentándonos de Dios.
Por eso, la Celebración Eucarística tiene dos partes. En la primera, se alimenta nuestro entendimiento; es como la comunión de nuestra inteligencia. Y en la segunda, se alimenta nuestro cuerpo, se alimenta nuestro amor y todo nuestro ser, con el sacramento de Cristo en su Cuerpo y en su Sangre.
En la primera parte se nos cuenta quién es Jesús, y en la segunda parte, este Jesús se ofrece a nosotros. Si se quedara sólo la primera parte sin la segunda, nuestro amor permanecería como en suspenso. Porque, todos los bienes que se nos prometen y que se nos ofrecen, se mantendrían como un poquito a la espera.
Si se diera sólo la segunda parte sin la primera; es decir, si se repartiera únicamente la Eucaristía pero sin la Palabra de Dios, podríamos caer en el peligro de despreciar a Éste que recibimos.
Por tanto, en la Eucaristía, que es una obra del Espíritu Santo, memorial de Jesucristo en la Iglesia para siempre, hay esas dos partes, para que la proclamación de la Palabra nos ayude a conocer quién es Dios, y luego, la recepción de este Dios en la humildad de las especies de Pan y Vino, nos alimente y pueda ser de verdadero y completo provecho para nosotros.
Las palabras que hemos escuchado hoy del Profeta Zacarías y del evangelio según San Lucas, nos muestran dos aspectos del Señor. Porque, uno debe asistir a la Misa como se asiste a un banquete: con hambre. Y el hambre propia de la Eucaristía, es el hambre de conocer a Jesucristo: "Quiero saber más de Él, quiero conocerle; conocerle mejor para amarle mejor".
Pues bien, dos son los aspectos que aparecen aquí. En la primera lectura, en la de Zacarías, aparece Dios como nuestra fortaleza. ¡Qué hermosa expresión cuando dice!: "Yo voy a ser como la muralla de fuego en torno a ti, pero yo voy a ser también tu alegría dentro de ti" (véase Zacarías 2,5;2,10).
Esto es lo que viene a hacer Dios en nosotros: a protegernos por fuera de lo que podría hacernos daño, y a alimentarnos por dentro de lo que puede hacernos bien. Y Dios, por una parte, nos defiende de los males, y por otra parte, nos otorga sus bienes.
El que vive en Dios, se alimenta de lo sabroso de la Casa de Dios, y vive al mismo tiempo protegido, defendido de los males que podrían amenazar a este Dios que llevamos dentro.
Pero, en la segunda lectura, en la del evangelio, se nos invita a ser prudentes. ¿Por qué? Porque a veces creemos que la vida en Dios es como una especie de seguro de vida, que no puede pasarnos nada. Y a veces, incluso, nos burlamos de las personas que han entrado a creer como más en serio: "Usted, que reza tanto, ¿sí ve cómo le va? Usted, que dice que cree tanto, ¡y mire los problemas que tiene!"
Creer en Dios es una muralla de fuego contra el pecado, pero creer en Dios no es una muralla de fuego contra los males. Creer en Dios, quiere decir, que el mal del pecado no va a entrar en nosotros, pero no quiere decir que estemos exentos de que nos dé gripa, de que no nos alcance la plata, de que incluso no nos comprendan las otras personas.
Jesús, en el evangelio, dice, a pesar de que todo el mundo lo admiraba: "Meteos bien esto en la cabeza: al Hijo del hombre lo van a entregar en manos de los hombres" (véase San Lucas 9,44).
Es decir, el que está con Cristo, participa de la suerte de Cristo. Comulgar, venir a la Misa, orar, no son seguros de vida. ¡No! Indican que hay una muralla de fuego que nos protege del pecado. Pero, del pecado, otros males pueden llegarnos.
Sin embargo, como muy bien nos dice San Pablo en la Carta a los Romanos: "Todo, incluso los males, concurre para bien de los que Dios ama" (véase Carta a los Romanos 8,28).