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Luego, la respuesta de este humanista es: "Ese vacío de no creer en Dios, hay que llenarlo con una fe muy grande, o con un entusiasmo, con un deseo de trabajar por el mundo, por la gente, ser un buen ciudadano, ser una persona de bien, disfrutar también la vida, no porque hay un Dios mirándome, sino porque yo veo que disfrutar la vida es útil, es bueno, es saludable, trae alegría".
 
Luego, la respuesta de este humanista es: "Ese vacío de no creer en Dios, hay que llenarlo con una fe muy grande, o con un entusiasmo, con un deseo de trabajar por el mundo, por la gente, ser un buen ciudadano, ser una persona de bien, disfrutar también la vida, no porque hay un Dios mirándome, sino porque yo veo que disfrutar la vida es útil, es bueno, es saludable, trae alegría".
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Esa es la "Asociación humanista de América", una asociación de ateos. Más o menos, la misma filosofía nos encontramos hoy con un nombre diferente en este continente, en Europa. Pero, aquí no se entra en discusiones sobre ateísmo, sino el agnosticismo, que ya hemos mencionado muchas otras veces.
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La gente arregla sus cosas, arregla su vida de una manera, diríamos, decente, una manera civilizada, y aparentemente ahí no se necesita ningún Dios.
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Igual que todo el mundo, se enferman, se enamoran, se casan, compran cosas, las venden, tienen sus fiestas, del mismo modo que los creyentes o los no creyentes. Y al parecer, todas esas personas, los agnósticos europeos, o los ateos norteamericanos, como que nunca se tienen que hacer esta pregunta: "¿Señor, a quién iremos?" (''véase'' San Juan 6,68).
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¿A quién iremos? Yo les invito a que miremos bien esa pregunta. Es una pregunta muy profunda. Mas, al mismo tiempo, es una pregunta que no es obvia. O mejor, no es obvio hacerse esa pregunta.
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Y puedo decir que no es obvio, porque el señor ése de Internet no se hace la pregunta. Él está satisfecho con lo que tiene: tiene un buen automóvil, tiene una esposa que lo quiere, unos hijos encantadores, un buen trabajo, gana dinero, va a sus vacaciones, disfruta, escribe poesía.
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Él la pasa bien. No tiene la necesidad de preguntarse: "¿A dónde estoy yendo? ¿Qué pasa conmigo? ¿A dónde voy a ir? ¿Perdí a Jesús?" Ese señor no se hace esas preguntas. Él está tranquilo, está contento y no anda por ahí violando ni matando, ni con necesidad de emborracharse ni drogarse, por lo menos es lo que él dice.
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Indudablemente, ésa es también la historia de otras personas de este lado del Atlántico. También aquí hay una cantidad de gente que siente lo mismo y tampoco son malos ciudadanos.
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Nunca van a una iglesia, nunca rezan, no les interesa rezar. Se olvidaron hace mucho tiempo de Dios. Obligados van, si hay un matrimonio y "es mi amigo".
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"Pues, bueno, voy a una de esas antiguas edificaciones con una cantidad de rostros raros. Me estoy ahí quieto un rato y ya acabó el matrimonio. ¡Está bien! ¡Vamos! Viene la recepción y le doy el regalo a mi amigo".
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Yo creo que si uno es creyente como es el caso de nosotros, uno siente cierta rabia de que eso sea posible. Pero, también sería importante preguntarse, por qué a uno le disgusta que eso sea posible. Tal vez a uno le disgusta, porque uno quisiera que todo el mundo creyera en Dios. O tal vez a uno le disgusta, porque sería muy tranquilizador si ésa fuera la vida.
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"Señor, ¿a quién iremos?" (''véase'' San Juan 6,68). ¡A ver! ¿Quién se puede hacer esta pregunta? O, yo me atrevo a preguntarles a ustedes, si se la han hecho, si ustedes han sentido esa pregunta, si han sentido el vértigo de pensar lo que pensó ahí Pedro: "Si yo me voy de Jesús, ¿a dónde me voy?"
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''Considero que creer en Jesús, es sentir éso. Creer en Jesús no es estar uno acostumbrado a hacer unos rituales, o asistir a una iglesia. Creer en Jesús es sentir: "Dios mío, si lo pierdo a Él, lo pierdo todo. ¡Lo pierdo todo! Él es el primero, Él es el centro de mi vida, de mi corazón".''

Revisión del 00:47 16 ago 2009

Fecha: 20060827

Título: ¿Que es creer?

Original en audio: 15 min. 41 seg.


Hace poco me encontré una página en Internet, escrita o preparada por un humanista, se llama él; se presenta a sí mismo como un humanista. Pertenece a la "Asociación humanista de América".

Los humanistas, o estos humanistas, por lo menos, dicen que en realidad no hay necesidad de creer en Dios. Es decir, ellos no quieren llamarse ateos. No creen en Dios, pero no desean que se les llame ateos.

Porque, dicen: "Si usted me llama ateo, me está definiendo por una negativa, por una negación. Yo soy el que no cree en Dios, y no soy una negación".

"Yo creo en el progreso de la humanidad, creo en el ejercicio de la razón, creo que las grandes respuestas provienen de la ciencia y del entendimiento entre la gente. Entonces, no me defina por algo negativo. Nuestra definición es positiva. Nosotros somos la "Asociación humanista de América"."

Bueno, muy interesante. Ustedes pueden buscar también en Internet, o ya se habrán encontrado algo parecido. Muy interesante el planteamiento de este hombre, y a lo largo de su página, él empieza a explicar por qué no se necesita a Dios.

Él comienza a contar, que Dios no es necesario y a decir: "Mire, pues, tenemos nuestra inteligencia, tenemos la ciencia, tenemos los caminos de la diplomacia y de las Naciones Unidas; tenemos la tecnología".

Él parece, lo mismo que muchos otros humanistas, o ateos que nosotros llamaríamos, muy contento. En cambio, en el evangelio de hoy, aparece una persona que expresa una cosa muy diferente. Éste es el Apóstol Simón Pedro.

Simón Pedro, cuando Jesús preguntó: "¿Y ustedes también se van a ir?" (véase San Juan 6,67), respondió: "Señor, ¿a quién iremos?" (véase San Juan 6,68).

"Señor, ¿a quién iremos?" (véase San Juan 6,68). El humanista de la página de Internet, pone como título: "Un reemplazo para la fe". Porque, él dice: "Si una persona está acostumbrada a creer en Dios, y de pronto un día ya no cree en Dios, siente como un vacío. Entonces, hay que llenarle el vacío para que la persona no vaya a tener esa sensación desagradable".

Luego, la respuesta de este humanista es: "Ese vacío de no creer en Dios, hay que llenarlo con una fe muy grande, o con un entusiasmo, con un deseo de trabajar por el mundo, por la gente, ser un buen ciudadano, ser una persona de bien, disfrutar también la vida, no porque hay un Dios mirándome, sino porque yo veo que disfrutar la vida es útil, es bueno, es saludable, trae alegría".

Esa es la "Asociación humanista de América", una asociación de ateos. Más o menos, la misma filosofía nos encontramos hoy con un nombre diferente en este continente, en Europa. Pero, aquí no se entra en discusiones sobre ateísmo, sino el agnosticismo, que ya hemos mencionado muchas otras veces.

La gente arregla sus cosas, arregla su vida de una manera, diríamos, decente, una manera civilizada, y aparentemente ahí no se necesita ningún Dios.

Igual que todo el mundo, se enferman, se enamoran, se casan, compran cosas, las venden, tienen sus fiestas, del mismo modo que los creyentes o los no creyentes. Y al parecer, todas esas personas, los agnósticos europeos, o los ateos norteamericanos, como que nunca se tienen que hacer esta pregunta: "¿Señor, a quién iremos?" (véase San Juan 6,68).

¿A quién iremos? Yo les invito a que miremos bien esa pregunta. Es una pregunta muy profunda. Mas, al mismo tiempo, es una pregunta que no es obvia. O mejor, no es obvio hacerse esa pregunta.

Y puedo decir que no es obvio, porque el señor ése de Internet no se hace la pregunta. Él está satisfecho con lo que tiene: tiene un buen automóvil, tiene una esposa que lo quiere, unos hijos encantadores, un buen trabajo, gana dinero, va a sus vacaciones, disfruta, escribe poesía.

Él la pasa bien. No tiene la necesidad de preguntarse: "¿A dónde estoy yendo? ¿Qué pasa conmigo? ¿A dónde voy a ir? ¿Perdí a Jesús?" Ese señor no se hace esas preguntas. Él está tranquilo, está contento y no anda por ahí violando ni matando, ni con necesidad de emborracharse ni drogarse, por lo menos es lo que él dice.

Indudablemente, ésa es también la historia de otras personas de este lado del Atlántico. También aquí hay una cantidad de gente que siente lo mismo y tampoco son malos ciudadanos.

Nunca van a una iglesia, nunca rezan, no les interesa rezar. Se olvidaron hace mucho tiempo de Dios. Obligados van, si hay un matrimonio y "es mi amigo".

"Pues, bueno, voy a una de esas antiguas edificaciones con una cantidad de rostros raros. Me estoy ahí quieto un rato y ya acabó el matrimonio. ¡Está bien! ¡Vamos! Viene la recepción y le doy el regalo a mi amigo".

Yo creo que si uno es creyente como es el caso de nosotros, uno siente cierta rabia de que eso sea posible. Pero, también sería importante preguntarse, por qué a uno le disgusta que eso sea posible. Tal vez a uno le disgusta, porque uno quisiera que todo el mundo creyera en Dios. O tal vez a uno le disgusta, porque sería muy tranquilizador si ésa fuera la vida.

"Señor, ¿a quién iremos?" (véase San Juan 6,68). ¡A ver! ¿Quién se puede hacer esta pregunta? O, yo me atrevo a preguntarles a ustedes, si se la han hecho, si ustedes han sentido esa pregunta, si han sentido el vértigo de pensar lo que pensó ahí Pedro: "Si yo me voy de Jesús, ¿a dónde me voy?"

Considero que creer en Jesús, es sentir éso. Creer en Jesús no es estar uno acostumbrado a hacer unos rituales, o asistir a una iglesia. Creer en Jesús es sentir: "Dios mío, si lo pierdo a Él, lo pierdo todo. ¡Lo pierdo todo! Él es el primero, Él es el centro de mi vida, de mi corazón".