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Revisión del 03:57 14 may 2009

Fecha: 19980525

Título: “Lo que significa ser, íntimos de Jesucristo”

Original en audio: 35 min. 10 seg.


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Las palabras que le dicen los discípulos a Jesús en el Evangelio de San Juan que acabamos de escuchar, capítulo 16, son palabras profundas, bellas, fecundas. Le dicen ellos: “ahora si que hablas claro, y no usas comparaciones” (San Juan 16, 29) Y dicen también: “no necesitas que te pregunten, ahora creemos que saliste de Dios” (San Juan 16, 30)

Estas Palabras se encuentran después de que Jesús les ha llamado “amigos” “Vosotros sois mis amigos, ya no sois siervos, sino amigos” (San Juan 15, 15) Y esa relación, esa confianza de amigos suscita este comentario de los discípulos en la conversación que tienen en esa Cena de despedida. En esa última Cena.

Yo le estoy pidiendo internamente al Espíritu Santo que abra nuestra inteligencia y nuestro corazón para el sentido profundo, y bello que tiene Cristo. Son dos cosas: primera, “ahora ya no dices muchas comparaciones” Y segunda: “no necesitas que te pregunten”

¿Qué quiere decir eso de hablar claro, o no necesitar comparaciones? Y ¿qué quiere decir: “no necesitas que te pregunten? ¿Qué quiere decir eso? ¿Ahora creemos que saliste de Dios?” Yo me atrevo a decir que esta es una de las más grandes escenas de toda la historia de la humanidad. Esta que acabamos de escuchar.

Cuando el grupo de discípulos le dice a Jesús: “ahora ya no estás utilizando comparaciones” Y cuando le dice: “ahora ya no necesitas que te pregunten” Esas palabras las dice el amigo de Jesús; aquel que ya no es un esclavo; un asalariado; un empleado; un visitante. Ahora es amigo de Jesús.

Y en la intimidad de la amistad, puede decir: “ahora me estás hablando claro” Y puede decir: “Ahora no tengo nada que preguntarte” Eso quiere decir que para mi, para mi gusto, para mi conocimiento; este es el Evangelio que retrata mejor. El que retrata más plenamente lo que significa ser íntimo de Jesucristo. Lo que significa ser amigo de Jesucristo.

Nos da como un criterio, como una medida para que descubramos qué es ser íntimo de Jesucristo. Y, si repasamos el encuentro que estamos culminando ahora; precisamente con esta Eucaristía, sabemos que la raíz y la fuente de todo lo que se pide de un servidor, de un predicador; de un ingeniero; lo único que se necesita para alcanzar todo lo que nos han dicho en todas las predicaciones es solamente una cosa. Ser íntimo de Jesucristo.

El que es íntimo de Jesucristo; el que es amigo de Jesucristo, ese vivirá en plenitud lo que significa servir a la Palabra de Dios; servir a la Gloria de Dios y servir al pueblo de Dios. Porque esos son como los tres grandes servicios que nosotros tenemos.

Pues bien, para alcanzar esa vocación de servidores, sólo una cosa es necesaria; ser íntimo de Jesucristo. “El que permanece en Él no peca” Dice San Juan en su primera carta. ¡Eso es maravilloso!

Permanecer en Él significa tener victoria sobre el pecado. Significa que nuestras antiguas culpas y mañanas ya no van a tener poder sobre nosotros. Esto es maravilloso, pero más allá de la victoria sobre el mal, está todo lo que significa recibir directamente de Él la fuerza, la gracia, la alegría el testimonio, y también los carismas para que el pueblo de Dios sea edificado en el amor.

Es decir que todo lo que se nos pide, es sólo una cosa: “que aprendamos, que descubramos cómo ser íntimos de Jesucristo” Porque el que es íntimo de Jesucristo lo tiene todo, y el que no es íntimo de Jesucristo, traicionará y caerá Esta es casi la escena más gloriosa de La Biblia,

Sin embargo, se rompe bruscamente, porque después de que ellos han dicho: “Ahora creemos que saliste de Dios” Jesús se muestra desconfiado: “ahora creéis. Llegará la hora en que me dejéis solo”

Pero bueno, aunque no eran perfectos habían alcanzado una cima muy alta. Una cima de intimidad con el Señor. Y, a mi me parece que nosotros estamos llamados a pasar por esa intimidad con Cristo.

Sobre este tema de la intimidad, o mejor, ser íntimo de Jesucristo, no se predica mucho. Una apuntación que tiene un predicador, es hacer de Jesucristo como una especie de biblioteca, o de disco duro, o como se quiera comparar, del cual yo saco material para decirles a otras personas. Yo tomo de Cristo, y le doy a otras personas. Esto es hacer labor de correo. Esta todavía no es la verdadera vocación de predicador.

El predicador, el servidor de una comunidad de oración está llamado a ser alguien que hable de tal manera que Jesús mismo se hace presente. No se trata que hable de Jesús, sino que hable Jesús. No se trata de contar una historia sobre Él, sino que Él se haga historia. No se trata de que Él sea una luz para nosotros, sino que el mismo predicador sea luz.

“Vosotros sois luz, y sal de la tierra” Todo esto significa la intimidad con Jesucristo. La intimidad con Jesucristo, de acuerdo con este pasaje del capítulo 16 del evangelio de Juan, tiene dos rasgos para que sepamos qué es ser íntimo de Jesucristo, dos rasgos extrañísimos:

Primero, ellos dicen: “ahora no utilizas comparaciones” Y segundo: “ya no necesitas que te preguntemos nada; ahora creemos que saliste de Dios” Cuando una persona puede decir estas dos cosas, quiere decir que es íntimo de Jesucristo.

Pero hay un detalle, cuando ellos dicen esto en la Cena de despedida, según el Evangelio de San Juan, Cristo les ha dicho: “vosotros estáis ya limpios por Las Palabras que yo he dicho” Y también en el capítulo 17, Jesús ora y le dice al Padre Celestial: “yo los guardaba, yo los cuidaba”

O sea que la plenitud de la santidad está en ser íntimo de Jesucristo, y el vivir en el Espíritu Santo. Vivir. Acoger la gracia del Espíritu Santo. Pero, no voy a predicar sobre la venida del Espíritu Santo o la fuerza del Espíritu Santo, sino lo que significa ser íntimo de Jesús. Porque, ahí está la clave de todo.

Lo que si les adelanto es con el Espíritu Santo. Eso que usted comprenda hoy, se va a realizar, y va a permanecer en usted. Son dos palabras muy extrañas las que utilizan los discípulos “ahora no utilizas comparaciones” Preguntémonos: ¿qué querían decir ellos con eso? y ¿que quiere decir lo que le dicen al Señor: “no necesitas que te pregunten”

Porque esos son los dos rasgos del que es íntimo de Cristo. El que quiera meditar la Escritura, dicho sea entre paréntesis, debe acostumbrarse a preguntar muchas veces con una oración en los labios: “Señor, ¿qué quiere decir esto?” Cuántas veces hemos pasado por encima de estas palabras.

Hoy, pedimos a Dios que nos abra los sentidos; que nos ayude; que nos ilumine; que nos muestre: ¿cuál es el sentido? Dijeron los discípulos a Jesús: “ahora si” O sea que antes no. ¿Qué querían decir ellos con eso de: “ahora si hablas claro”? ¿Cómo era antes?

Entonces, recordemos lo que fue la predicación del Señor. ¿Cómo era la predicación del Señor? Él decía continuamente: “El Reino de Dios se parece a un hombre que echó semillas en un campo, y esté dormido, o despierto la semilla crece…, o el Reino de Dios se parece a una perla…”

Pero, ¿cuándo va a decir lo que si es? No a qué se parece, sino cómo es. Porque, Él siempre decía sus comparaciones, y normalmente las comparaciones no se las entendía nadie.

Por que a los de fuera, como dice el Evangelio de Marcos, todo les quedaba en enigma y, a los de adentro, a los discípulos, les quedaba la oportunidad de preguntarle. Ahí está la clave para lo segundo.

Jesús decía una comparación, y cómo no le entendían la comparación, entonces le preguntaban en privado: “oye, ¿qué quiere decir? Dice la Escritura: “en privado le preguntaban: ¿qué quiere decir esa parábola del Sembrador?”

O sea, que fíjate que las dos cosas van unidas. El que ya no necesita comparaciones, tampoco necesita que le pregunten; porque, precisamente, lo que suscita la pregunta es una comparación.

Señor, si el Reino de Dios es como una perla escondida, ¿cuál es la perla que yo no he encontrado? Entonces, eso cómo se aplica. Y, si ahí dice que uno tiene que vender todo, eso ¿qué quiere decir, que yo tengo que dejar mi trabajo?

Cuando se dice una comparación surge una pregunta. Los discípulos dicen; “ahora sí que hablas claro, no utilizas comparaciones, y ahora, ya no tenemos que preguntarte”

Esto quiere decir que en el momento de la última Cena Jesús reveló lo que era el Reino. Lo reveló sin comparación, sin utilizar comparaciones. Los discípulos se dieron cuenta que estaba hablando claramente, y entonces dijeron: “ahora si hablas claro, y ahora sabemos que saliste de Dios” Bueno, ahí vamos comprendiendo poco a poco.

Estoy haciendo un ejercicio con ustedes en este momento. Lo que se llama: “Lectio Divina” Una meditación en voz alta sobre un pasaje de La Biblia. Cuando hay tiempo, pero sobre todo cuando hay amor como el que hay en ustedes, la homilía se puede volver Lectio Divina.

Pero sigamos, ya sabemos la relación que hay entre las comparaciones, y las preguntas; pero esto suscita inquietud en nosotros, suscita por lo menos tres inquietudes: Primera, si Jesús podía hablar claramente del Reino de Dios, ¿por qué se pasó la vida diciendo: parábolas, comparaciones? ¿Por qué no dijo desde el principio, claramente las cosas? Esa es una pregunta que uno se puede hacer.

Y, algunas veces, hay personas que le preguntan a uno también así: “Fray, usted habla de primeras, segundas y terceras generaciones. Usted habla de un camino de santidad. ¡Explíqueme! ¿Qué es la santidad? Diga, pero concretamente ¿qué es?” ¿Aguantar, resignarme? ¿Qué es explique?

Entonces, una primera inquietud es: “si, Jesús podía hablar claro, porque se ve que podía hablar claro, ¿por qué hablaba con comparaciones? ¿Por qué? Esa es una primera pregunta que nos hacemos.

Segunda pregunta que nos hacemos, ¿por qué Jesús empieza hablar claro cuando ya se va a ir? Estamos en la última Cena. Estamos a contados minutos de que salgan para Getsemaní, y de que Judas Iscariote lo entregue a la policía de los sumos sacerdotes.

¿Por qué empezó a hablar claro tan tarde? Él mismo lo reconoce, mire: “¿Ahora creéis? ¡Mirad! Está para llegar la hora. ¡Mejor! Ya ha llegado” ¿Por qué, Jesús por qué empezaste a hablar claro cuando ya había llegado la hora? Cuando ya llegó la hora de la persecución, de la tortura, ahí, si empezó a explicar las cosas, pero si ya se iban a ir.

Mire en el Evangelio de San Juan, después de estas Palabras que hemos escuchado, ya lo que sigue es una oración que hace Cristo en el Capítulo 17, y se acabó. A la Cruz. Al sepulcro. Y ¡claro! A la Pascua, y a la Gloria. Entonces, si se pregunta, ¿por qué Jesús obró así? ¿Por qué hasta última hora empezó a hablar claro?

Y en tercer lugar, la otra pregunta: ¿por qué si ellos vieron que Cristo había salido de Dios, por qué, el mismo Cristo desconfía de la fe de ellos? ¿Es que acaso podían confesar una fe más abiertamente que lo que dijeron?

Le dicen: -“ahora creemos que saliste de Dios” Y Cristo les responde: -“¿qué? Ahora, creéis. Está para llegar la hora, mejor ya llegó” Aunque, creáis cada uno iba por su lado, yo estoy con mi Padre. (15:59 inaudible)

¿Por qué Cristo tiene que utilizar comparaciones? ¿Por qué habló claro sólo al final, y por qué los discípulos aunque confesaron su fe, luego lo traicionaron? Estas son nuestras preguntas, y con la ayuda del Señor, queremos responderlas, porque nosotros queremos ser íntimos de Jesucristo.

Además hay un detalle, “sólo el que es íntimo de Jesucristo comprende los misterios de la Cena. El que no es íntimo de Jesucristo, así diga con sus palabras que cree en la Presencia de Cristo en la Eucaristía, se le escapa el misterio.

La Eucaristía, ¡óigalo bien! Va a ser solamente otra comparación. ¿Me está entendiendo lo terrible que es esto? Aunque usted diga como católico: “yo creo que Cristo está presente en la Eucaristía” Si usted no es íntimo de Jesucristo, la Eucaristía va a ser, sólo, otra comparación. Va a ser, en el fondo, solamente símbolo.

Nuestra primera inquietud es, ¿por qué Jesucristo habló en comparaciones, si también podía hablar claramente? A esto hay que responder drásticamente, mis amigos, Jesús se quedó sin decir sus mejores palabras. Jesús se quedó sin predicar sus mejores sermones.

Esto hay que decirlo abiertamente: “Jesús no dijo todo lo que sabía” No lo dijo, y eso no es invento mío; en la Eucaristía de algunos días pasados lo estábamos oyendo, Jesús les dice: "muchas cosas más, tendría para deciros, pero no podréis cargar con ellas”

Jesús habló con comparaciones. Comparaciones que despertaban preguntas, porque los discípulos no tenían manera de cargar con su enseñanza. Como quien dice: Jesús, primero tuvo que hacerlos capaces de cargar la enseñanza, para luego darles la enseñanza. El problema no está en la boca de Jesús, sino en los oídos de los discípulos.

Jesús tuvo que utilizar comparaciones, porque primero, tenía que prepararlos a ellos, y ¿en qué consistía esta preparación? Si nosotros lo miramos bien, Jesús los estaba preparando, no solamente con sus palabras, sino con todo lo que hacía; con sus milagros, y sus sanaciones; con sus exorcismos; con sus predicaciones. Jesús los estaba preparando.

En cambio, cosa curiosa, en la Última Cena Jesús no hace ninguna sanación; no fue que llamara a Bartolomé que estaba un poco a gripado y le dijera Bartolomé vamos a cenarte aquí en medio de todos ellos. Jesús no hizo eso, no sano ningún dolor de cabeza a ninguno de ellos.

Jesús no hizo ninguna sanación, no expulsó ningún demonio, ni un prodigio, no acalló la tempestad y las olas. Jesús no hizo nada de eso. Esto quiere decir que todas esas otras cosas; todos esos otros milagros y prodigios y exorcismos, todas esas cosas, en cierto modo, eran una preparación.

Y, ¿en qué consiste la preparación? ¿Cómo nos hace capaces para luego soportar esas Palabras? Porque hoy dice: “ya no les puedo hablar más, porque no soportan más, no pueden cargar más”

¿Cómo es eso, cómo es que Cristo nos prepara para cargar más? Cristo nos prepara para cargar más, sacándonos de nuestros intereses. Durante todo su Ministerio público Jesús estuvo al ritmo de las necesidades de las personas:

Llegó un ciego, ¡bueno! Vamos a sanarlo. Mira, allí hay un paralítico, ¡bueno! Vamos a curarlo. Aquí te traigo a mi hijo que está poseso, ¡bueno! Vamos a liberarlo. Mira que nos hundimos, ¡bueno! Cálmese la tempestad. Jesús durante todo su Ministerio público estuvo al ritmo de las necesidades de los demás.

Y, mientras nuestras necesidades marquen el ritmo de la relación con Cristo, no somos íntimos de Cristo. Esta es una afirmación tremenda. Mientras el ritmo de mi relación con Cristo sea el ritmo de mis necesidades, de mis expectativas, entonces, Cristo estará al ritmo de mis expectativas.

Pero no podrá decirnos sus Palabras de amor. No podrá revelarnos los secretos últimos de su corazón, porque Jesús es, no voy a decir como una persona, sino la persona más servicial del universo.

Y si Jesús ve que tú estás necesitando algo, y que tú pones por delante tu necesidad, o tu interés; Jesús va a responder en primer lugar a tu necesidad y a tu interés. Lo de Él no lo va a decir.

Imagínate, por ejemplo, un médico que está preocupado porque su hijo menor va muy mal en el colegio; y en esos momentos llegas tú con un dolor salvaje, con un cálculo que tienes en la vesícula; el médico deja de lado su problema familiar. Se olvida del niño que es mal estudiante, y se dedica a tu dolor. El médico no habla de sí mismo. Habla de tu problema. Habla de tu necesidad. Yo supongo que Cristo empezó así.

El Ministerio público de Cristo fue exactamente eso: mira que aquí hay un ciego; hay un sordo; que… ¡ayúdame! Aquí. Que perdóname acá. Ahí, estuvo Cristo como un médico en una inmensa, gigantesca sala de urgencias; atendiendo y atendiendo gente. Y, ahí, Jesús no estaba hablando nada de Él; de lo que pasaba en Él.

Porque hay que saber que el corazón de Cristo es el primer lugar donde Dios reina, y por consiguiente mientras no se abra el corazón de Jesús no sabremos cómo es el Reino de Dios.

Pero Jesús no puede abrir su corazón, mientras tú le impones el ritmo al corazón de Cristo. Y, tú le impones el ritmo al corazón de Cristo, cuando son tus necesidades, tus problemas, tus cuestiones las que importan, incluso, tus alabanzas, tus sentimientos, tus agradecimientos.

Por favor, ¿quién tiene tiempo para sentarse junto a Jesús? Y decirle: “bueno, ¿y tú?” Todo el tiempo, Jesús, hemos hablado de mí: que me duele la rodilla, me duele el corazón, me duele mi papá, me duele mi abuelito, el pecado inter generacional, el mundo que se pudre. Todo el tiempo hemos estado hablando de nosotros.

¿Quién tiene tiempo para sentarse junto a Jesús y decirle: “Jesús y a ti, a ti qué te duele? ¿Tu que esperas? ¿Tu que anhelas? ¿Tu que deseas? ¿Cuál es tu proyecto? ¿Cuál es tu estilo? Seguramente, algunos de los aquí presentes hemos tenido momentos así, pero no basta el sólo sentimiento; hay que tener el tiempo.

El tiempo para que Él hable a su propio ritmo, porque si uno llega donde Jesús y le dice: “Jesús, dime una cosa: ¿tú qué quieres del hombre? Porque yo por lo menos me siento tan deprimido” Entonces, ya Jesús se va a fijar en tu depresión, y no va abrir su corazón.

Jesús, ¿qué es para ti buscar la Gloria del Padre? Estoy tan desorientado, entonces, Jesús se va a tu desorientación. Ustedes, ¿Me entienden lo que estoy diciendo? Sólo el que es contemplativo en sentido pleno, logra entender el Reino de Dios, sin comparaciones.

Sólo el que se acerca a Jesús para decirle: “Señor, lo que tú quieras. Como tú quieras. Tu voluntad y tu plan. Tú dispondrás de mí. Haz lo que quieras conmigo. En cierto sentido, no importo yo. Mejor dicho, ya sé que te importo demasiado, que tú harás conmigo lo que quieras. Importas tu Señor, pero dime pronto.

Al decirle: “pronto” Ya apareció tu afán, entonces, Jesús tendrá que solucionar tu afán, y ya no te habla de Él. No le pongas ninguna condición, ninguna. Acércate donde Él para hacer, solamente, amigo.

Y que Él hable como Él quiera. Cuando Él quiera. Para lo que Él quiera. Ese fue el milagro que se dio con los apóstoles de aquí. Y, cuando por fin ellos se pudieron sentar, y no le pidieron ningún milagro, ninguna liberación, ninguna sanación, ningún exorcismo, sólo en ese momento Jesús pudo contar lo que era el Reino de Dios.

(La primera edición llegaba hasta 20 min 2 seg) (Esta es la segunda edición hasta 26 min:10 seg)