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Revisión del 11:55 6 may 2009
Fecha: 20080418
Título: Todo predicador deberia procurar aprender algo de los demas predicadores que conoce
Original en audio: 7 min. 49 seg.
Este convento, mis hermanos, no es solamente una casa de estudios, es una casa de formación. El deseo es formarnos como predicadores, es nuestro título, es nuestro desafío, es nuestro camino, es nuestra alegría: formarnos como predicadores de la Palabra de Dios.
Y un predicador tiene que tener luz y calor; tiene que tener luz para mostrar una doctrina, para mostrar una verdad, pero tiene que tener calor, sobre todo, fuego, que contagia a otros y que les lleva a responder con amor al amor que se ha manifestado en Jesucristo.
La luz la recibimos fundamentalmente por el estudio, en el ejercicio crítico de aquello que leemos, de aquello que exponemos, escribimos, y en todas aquellas actividades que pertenecen a lo que llamamos "la academia".
Pero el calor requiere contagio, el calor requiere proximidad. Por eso también, dejando por un momento los libros de alta filosofía y teología, venimos a esta hoguera que se llama el altar para que el fuego del Espíritu, que es capaz de consagrar el pan como Cuerpo de Cristo y el vino como su Sangre, ese mismo fuego también nos contagie a nosotros.
Pero además de esa fuente en el sacramento, queremos contagiarnos también, mirando, aprendiendo del ejemplo de otros.
Si una sola recomendación pudiera darles, y lo hago con toda sencillez y afecto, es: procuren aprender algo, algo de cada predicador que ustedes lleguen a conocer, no solamente en esta casa, sino, por supuesto, en todos sus años de formación.
Nuestro mismo Fundador, Santo Domingo, fijó sus ojos en modelos bien altos, fijó sus ojos, ante todo, en el Predicador de predicadores, el Verbo mismo de Dios, Jesucristo, y por eso cargaba consigo el evangelio de San Mateo.
Pero también llevaba las cartas de San Pablo, y de ese hecho podemos deducir que Domingo meditó muchas veces en lo que Pablo hacía, en lo que Pablo decía, en la manera cómo oraba y también en los padecimientos que tenía en sus entrañas, queriendo engendrar la presencia del Evangelio en todas aquellas comunidades de la cuenca del Mediterráneo.
Hoy, providencialmente, la primera lectura nos ofrece una de esas predicaciones de San Pablo, es una típica predicación kerigmática. Como decía un profesor de mis años de formación, este es uno de esos casos en que el predicador se dirige a sus oyentes como quien ofrece un telegrama, la noticia fresca del amor de Dios.
La predicación tiene que llegar a cada corazón, tiene que llegar a los oídos de todos aquellos que quieran recibirnos, tiene que llegar como una noticia personal, una noticia fesca, cautivante, algo de lo cual el oyente no puede zafarse.
El arte de un buen escritor, decía algún francés recientemente, no es que la gente pueda entender, sino que la gente sienta que tiene que entender; hay que cautivar, hay que enamorar, hay que atrapar de tal manera el corazón del oyente con una noticia de amor, para que ése o ésa que nos está escuchando, pueda sentir: "Esto me concierne".
Si el grito del secularismo es: "Dios no viene al caso", el grito del evangelizador es: "Esto sí que te importa". Es el tono que tiene San Pablo en esta primera lectura: "A vosotros se os ha enviado este mensaje de salvación" Hechos de los Apóstoles 13,26.
Y hacia el final del pasaje que hemos leído hoy del capítulo trece: "Nosotros os anunciamos, que la promesa que Dios hizo a nuestros padres, nos la ha cumplido a los hijos" Hechos de los Apóstoles 13,32-33.
Si uno se detiene en la persona de Pablo descubre que él tenía dos estrategias básicas: él iba a la sinagoga, y si era rechazado en las sinagogas, entonces se dirigía a los paganos.
¿Y en qué palabra podemos reducir su mensaje a los judíos en aquellas sinagogas? En la palabra que hemos oído hoy: Dios es fiel", que podemos traducir también: "Dios es de fiar. Uno puede apoyarse en Él, uno puede darle su confianza, uno pude encontrar en Él un sustento que no falla". Esta es la noticia fundamental que Pablo tiene para los judíos.
Los paganos, en cambio, no sabían de las promesas, desconocían a los profetas, como dice el mismo Pablo en la Carta a los Efesios, "los paganos no podían tener una esperanza que no conocían". Para los paganos, pues, el mensaje del Apóstol es: "Dios es misericordioso, y Dios llama incluso a aquellos que no lo estaban llamando".
Esta pareja: fidelidad y misericordia, ocupa completamente el ministerio de San Pablo, es su manera de dirigirse tanto a los de su propia raza como a los pueblos que estaban alejados de la Alianza.
Mirando este modelo, descubrimos que este mensaje sigue siendo actual; descubrimos que la gente de nuestro tiempo en medio de sus inseguridades, en medio de su terror al compromiso, en medio de la fragilidad de tantas alianzas y pactos, sigue buscando ese sustento sólido.
Pero también nuestra gente, agobiada por sus propias angustias, cansancios, enfermedades y de nuevo incertidumbres, necesita ese bálsamo de misericordia, que sin embargo no es la aprobación de todo lo que hacen, sino más bien la invitación consecuente a crecer y a alcanzar los brazos amorosos de Papá Dios.
Es un predicador, ¡pero qué predicador Pablo! Que él ilumine nuestro camino de formación, que él nos ayude a ser fieles, cada uno según su propio don, y que él nos conduzca, junto con Domingo y los demás santos, al Maestro de maestros, Nuestro Señor Jesucristo, a quien bendecimos por los siglos.
Amén.