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Sigamos, hermanos, nuestro caminar; si alguno de ustedes está en la etapa de la ilusión, bendito Dios, y si otro está en la etapa de la desilusión, le mando decir que yo le entiendo.
 
Sigamos, hermanos, nuestro caminar; si alguno de ustedes está en la etapa de la ilusión, bendito Dios, y si otro está en la etapa de la desilusión, le mando decir que yo le entiendo.
  
''Pero más allá de la ilusión y de la desilusión, el Espíritu de Dios construye en nosotros la verdadera esperanza para ser fieles más allá de nosotros mismos y alcanzar la promesa que Dios nos ha ofrecido''.
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''Pero más allá de la ilusión y de la desilusión, el Espíritu del Señor construya en nosotros la verdadera esperanza para ser fieles más allá de nosotros mismos y alcanzar la promesa que Dios nos ha ofrecido''.
  
 
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Revisión del 05:46 23 jul 2009

Fecha:20050803

Título: Hay que pasar por la ilusión y por la desilusión para llegar a la verdadera esperanza

Original en audio: 11 min. 56 seg.


Hermanos:

Reconozcamos que la Primera lectura de hoy nos deja un poco desconcertados.

Uno tarda un poco en darse cuenta qué es lo que está sucediendo. La idea es que algunos exploradores de los israelitas van a conocer la tan famosa tierra prometida y traen noticias contradictorias.

Contradictorias sobre todo con lo que había sido la esperanza del pueblo. Durante mucho tiempo se les había hablado de una región abundante "que mana leche y miel" (véase Números 13,27). Y ese es el primer reporte que también traen los que van allá. Es una tierra de abundancia, es generosa, es una tierra que es ideal para vivir.

Pero junto a ese primer reporte, junto a ese primer informe, está también otra noticia oscura, tenebrosa, preocupante; otros de los exploradores no hablan tanto de esa abundancia sino hablan de los peligros y hablan de las dificultades y hablan de cómo esa tierra tan esperada y tan añorada, en realidad devora sus habitantes, en fin, representan la cosa como imposible.

Entonces, hay dos versiones sobre esta Tierra Prometida. Hay una versión que habla de abundancia y de descanso y hay otra versión en cambio que habla de dificultades y que presenta las cosas como imposibles.

Y es muy interesante ver que esas son las dos caras de la vida humana frente al futuro.

Frente al futuro a veces sentimos que hay resultados maravillosos, que hay frutos maravillosos, que hay tierras maravillosas que nos están esperando; pero otras veces sentimos que hay peligros muy grandes, que hay dificultades insalvables, que hay obstáculos que serán más grandes que nosotros.

Y por eso podríamos darle este título a la predicación de hoy: Las dos caras de la esperanza, las dos caras del futuro, especialmente cuando se trata de las promesas de Dios, y esa tierra prometida era prometida por Dios; especialmente cuando se trata de esa promesas divinas, uno siente las dos cosas. Uno siente que lo que Dios promete es lo mejor y es muy bueno y es deseable; pero por otra parte, uno siente que es arduo. Tal vez siente que es inalcanzable, tal vez siente que es sencillamente imposible.

Pensemos por ejemplo en la santidad. La santidad es el gran llamado de Dios para nuestra vida, somos llamados a ser santos.

Yo creo que cuando uno mira una película como la Pasión de Cristo ó una película de San Francisco de Asís o una película como la Madre Teresa de Calcuta, yo creo que uno sale de la sala o se desprende del televisor con una sensación de: “Qué bonito ser santo, qué paz tan grande la que tienen esos santos”; cuando uno piensa en la dulce amistad con Dios que tienen los santos, uno dice: “Es que yo no deseo una cosa distinta para mí, esa es la vida que yo quiero para mí”

Cuando pensamos, por ejemplo, en la amistad que los santos tienen con el cielo, eso es algo que tiene que ver con mi propia historia.

Hubo dos cosas que a mí me atrajeron poderosamente hacia la Orden de Predicadores: me atrajo poderosamente ver que Santo Domingo usaba la fuerza de la palabra. Yo diría, sólo la fuerza de la palabra para ganar corazones para Cristo y cómo eso iba cambiando los lugares donde él estaba; pero junto a eso, me atrajo también la íntima, la dulce amistad de Santo Domingo con la Virgen María.

Me pareció y me sigue pareciendo sencillamente hermoso, me pareció lindísimo ver que tantas personas pudieran dar fe de que Santo Domingo tenía una especial cercanía, una especial confianza, una especial familiaridad con María, y uno siente ganas de tener esa misma confianza, uno siente lo del primer reporte de los exploradores de la primera lectura de hoy, del libro de los números, uno siente: "Esa es mi vida, eso es lo que yo quiero para mí".

"Yo quiero ser generoso como la Madre Teresa, yo quiero ser un profeta como Bartolomé de las Casas, yo quiero ser un teólogo como Santo Tomás de Aquino, yo quiero ser valiente como tantos misioneros y mártires".

Sí, uno siente que esa es la vida de uno, la amistad con Dios, la santidad, pero al mismo tiempo aparecen las dificultades, al mismo tiempo uno aprende que poco faltó para que los franciscanos sacaran a San Francisco de Asís de su propia comunidad, y uno descubre que en los últimos años de la Beata Teresa de Calcuta, fueron un calvario espantoso, en que esta mujer se sentía en desierto y en desolación casi continuamente.

Y uno descubre que el abandono, la traición, la lucha contra las propias debilidades, los ataques del demonio, la incredulidad de la gente, la frialdad del mundo, son el pan de cada día en las vidas de los santos.

Y entonces, uno siente lo que dijeron los segundos exploradores: "El país que hemos recorrido y explorado se devora sus propios habitantes" (véase Números 13,32)

Hemos visto gigantes que nos miraban como saltamontes y uno siente lo que sintió la comunidad de los israelitas cuando dio ese segundo reporte terrible.

Uno siente: "Si la cosa es así de difícil, no queda más sino la tristeza, no queda más sino la desesperanza".

Yo diría que hay que pasar por las dos cosas. La primera versión es como un poquito la ilusión y la segunda versión es como la desilusión y uno tiene que pasar por ambas cosas, tiene que pasar por la ilusión y por la desilusión para llegar a la verdadera esperanza.

Es lo mismo que sucede con una pareja: en su noviazgo viven de la ilusión: "Es que no hay hombre como tú, es que no hay mujer como tú". Él no puede ser menos que un príncipe y ella no puede ser menos que una doncella sacada de cuento de hadas.

Es el momento de la ilusión y hay que pasar por ahí, pero luego llega el momento de la desilusión. Durante el mismo noviazgo o ya en el matrimonio, cada uno tiene que pasar por la desilusión.

"¿Yo por qué me casé con esa mujer? Ya me lo decían mis amigos, eso piensa él, y la mujer tal vez piensa: "¿Yo por qué me vine a casar con ese hombre? Ya me lo advertía mi mamá"; y sin embargo si se supera esa crisis de la desilusión, entonces entra la realidad.

Cuando yo estaba por iniciar la vida religiosa, recibí un consejo que me pareció muy sabio. Alguien me dijo: "Mira: al principio los demás religiosos te van a parecer todos unos ángeles y después de un tiempo todos te van a parecer unos demonios. Si dejas aún otro poco de tiempo, descubrirás que no son ni ángeles ni demonios, son seres humanos, con la grandeza y las limitaciones de los seres humanos". Hay que pasar por esas dos versiones para llegar a la verdadera esperanza.

Hay que saber que la vida no es lo que presenta la película de cine, pero la vida tampoco es el desencanto que a veces se nos estrella contra la cara.

Hay que descubrir que más allá de esas dos versiones, está la verdadera promesa de Dios, y hay que descubrir que a través del camino de la cruz que todos lo tenemos de una manera o de otra, finalmente llega también el domingo de Pascua, el domingo de gloria y entonces, encontramos también que valía la pena, que valía la pena esta cruz, que valía la pena este desierto y que incluso valió la pena derramar esas lágrimas.

Sigamos, hermanos, nuestro caminar; si alguno de ustedes está en la etapa de la ilusión, bendito Dios, y si otro está en la etapa de la desilusión, le mando decir que yo le entiendo.

Pero más allá de la ilusión y de la desilusión, el Espíritu del Señor construya en nosotros la verdadera esperanza para ser fieles más allá de nosotros mismos y alcanzar la promesa que Dios nos ha ofrecido.

Amén.