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Revisión del 21:13 16 ene 2009
Fecha: 20030209
Título: Conocer el poder de la enfermedad, para conocer el poder de Jesucristo
Original en audio: 13 min. 57 seg.
Hermanos:
Podemos decir que la primera lectura nos presenta el poder de la enfermedad, y el evangelio nos presenta el poder de la sanación que trae Jesucristo.
Hay que conocer esas dos fuerzas, esos dos poderes. Hay que conocer el poder de la enfermedad en sus diversas expresiones. Pero, sobre todo, hay que conocer el poder de Jesucristo para sanar nuestras enfermedades y dolencias.
Hay que conocer el poder de la enfermedad por muchos motivos. Vamos a mencionar tres. El primero es, porque todos somos débiles en algún aspecto de nuestra vida, y hemos padecido, o vamos a padecer enfermedad.
El papá de un amigo mío era un hombre que gozaba de muy buena salud. Nunca se enfermaba de nada. Cuando tenía algo más de sesenta años, le llegó algún achaque, algo que tenía que ver con la presión, me parece.
Y tuvieron que empezar a ponerle restricciones en los alimentos y a decirle que se cuidara, que no se alterara, que durmiera bien, que procurara no tomar, o tomara el mínimo de licor.
Él empezó a sentir que le llegaba como una camisa de fuerza. Se llenó de rabia y luego de tristeza. Entró en una depresión profunda, y de tal manera se agravó la enfermedad con esa depresión, que incluso aceleró la muerte. Un hombre que no sabía nada de enfermedad, cuando le llegó la enfermedad, se desesperó.
El que no conoce nada de dolor, cuando le llega un momento difícil, se desespera. No ha cultivado la virtud de la paciencia. Hay que conocer la enfermedad. Hay que conocer la debilidad humana. Porque, todos nos podemos enfermar. Todos vamos a morir.
Personalmente, he tenido de cerca la experiencia de compañeros de colegio y de estudios, compañeros de mi Comunidad Religiosa, que han muerto muy jóvenes. Y verlos enfermos, o víctimas de otras dolencias, incluso accidentes, ha sido una escuela fuerte pero muy buena para mí.
Cuando estaba terminando el bachillerato, uno de mis amigos resultó enfermo. Tenía un mal, -parece que de origen congénito, un lupus eritematoso-, este muchacho sano, descomplicado, alegre, buen amigo.
Todo eso sentíamos nosotros: que se fue llenando de problemas. No podía salir. Tenían que aplicarle cortisona. Se hinchó, se le dañó la piel. Y nosotros vimos cómo se le iba deteriorando la vida a este hombre. Él seguía siendo nuestro amigo y fue nuestro amigo hasta el momento en el que se murió.
Esa es una escuela dura, pero es una escuela necesaria, una escuela que todos tenemos que aprender. Porque, el dolor nos va a visitar.
En segundo lugar, hay que conocer el poder de la enfermedad, porque es la única manera de cultivar un corazón compasivo. Sólo cuando las personas que amamos están enfermas, o tienen problemas, empieza a operarse un milagro en el corazón de uno. Y ese milagro es aprender a tener misericordia.
Nuevamente, cuando uno se siente sano y cuando todo lo que le rodea no tiene problemas, como que por allá dentro del corazón, siente que el que está mal es porque se lo buscó. Sin embargo, resulta que en esta vida se necesita mucha misericordia. Y el que no conozca el lenguaje de la misericordia, jamás conocerá el lenguaje de Dios.