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Jesús quiere derramar el don de la Salvación, ahí, en la familia. ¡Ahí!
 
Jesús quiere derramar el don de la Salvación, ahí, en la familia. ¡Ahí!
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Esto nos lleva a la tercera enseñanza. Si queremos que Jesús brille en la familia, la familia tiene que convertirse. La familia, como institución, tiene que convertirse, tiene que cambiar su rostro.
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Y digo estas palabras, sobre todo, para los que no han formado la familia, pero la van a formar. Por ejemplo, hay una pequeña amiga y vecina de nuestra casa, -nosotros somos dominicos, vivimos en este barrio-, que está sentada aquí en la primera fila. Me acaba de contar que tiene diez años de edad. Mi pequeña amiga y vecina de diez años, no ha formado su hogar, mas es muy posible que lo forme.
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Estas palabras van por personas como ella. Especialmente, para personas como ella, como tú y como tantas otras que no han formado sus hogares, pero que seguramente los van a formar.
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La familia tiene que convertirse, tiene que volverse hacia Dios. ¿Y esto qué significa? ¿Que todo el mundo se porte bien? ¡Pues, sí! Pero, esa respuesta no dice nada. Esa respuesta únicamente nos conduce a las cosas que ya sabemos, que, "el papá portarse bien", significa, entonces, "sea fiel en el matrimonio, no tome mucho, dé buen ejemplo a los hijos". Y así, sucesivamente, para la mamá y para los niños.
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''Yo estoy hablando de una cosa más seria. Convertirse es, palpitar en la fe, arder en el amor, cultivar la esperanza. Y para que eso sea posible, la puerta, según nos enseña el Apóstol San Pablo en la Carta a los Romanos, es "la predicación"'' (''véase'' ).
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La familia tiene que llenarse de predicación. En cada familia tiene que haber un predicador. El Papa Paulo Sexto popularizó una expresión preciosa: "La familia es la Iglesia doméstica". En cada hogar tiene que haber como un retrato, como una imagen de la Iglesia.
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Y para que pueda haber Iglesia, tiene que haber predicación. ¿Cómo es posible que haya predicación en los hogares? A veces, los niños son los predicadores. Yo no le he preguntado muchos detalles a mi pequeña amiga. Mas, hoy, ella vino a la Misa sola. No sé si los papás fueron a otra Eucaristía, ni le voy a preguntar en este momento. Pero, es ella la que viene sola a la Misa.
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A veces son los hijos los predicadores. A veces es la esposa, quien con su testimonio, su piedad, su intercesión, se convierte en una predicadora.
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No obstante, según la mente de la Biblia, según lo que enseña la Palabra de Dios, el predicador por naturaleza en la casa, es el papá, el esposo. ¿Cuántos esposos, cuántos papás tienen conciencia de esto?
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Cuando usted se iba a casar, -aquí hay una serie de señores casados, desde luego-, ¿le contaron éso? ¿Que usted tenía que ser el primer predicador en la casa? Acá tengo otro amigo que es posible que se case. "¡Ya lo vi, Alex! Ya usted no puede excusarse". Si usted se casa, que es muy posible, usted está llamado a ser el primer predicador de su casa. Eso no se lo hemos dicho a los niños, ni se lo hemos dicho a los jóvenes.
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Y los hombres llegan al matrimonio pensando: "Bueno, aquí me voy a gozar a esta mujer, porque para eso la conseguí de buen cuerpo. Yo, por mi parte, pues, daré la platica para la casa, y a tener unos hijos bien plantados". Señor, ¿no le han dicho que usted tiene que ser predicador en su casa?
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¡Qué tristeza ver que en muchos hogares sólo se levanta la voz para regañar, sólo se levanta la voz para pelear! Hay que aprender a levantar la voz. Pero, no la voz para pelear, sino la voz de Dios en la casa.
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Si ustedes revisan los Libros Sapienciales en la Escritura, encuentran que en esa época los predicadores no eran los curas, que tampoco había curas, ni tampoco eran los sacerdotes. Aunque el libro del Deuteronomio dice que "es misión del sacerdote predicar" (''véase'' ), tampoco eran los sacerdotes. Porque, culto que se vivía en esos tiempos antiguos, era el culto de sacrificio de animales. Y ahí, ¡qué sermones, ni qué homilías, ni qué de nada!
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Entonces, lo que existía era la Sinagoga. Pero, en la Sinagoga no predicaba el cura. Y tampoco había cura, tampoco había sacerdote. En la Sinagoga predicaban prácticamente todos los hombres. ¡Fíjese usted lo que tenían los judíos! La Sinagoga era la escuela de predicación para los hombres.
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Hoy nos puede parecer machista eso. Yo no sé si era tan machista. Ya le voy a explicar por qué. La Sinagoga era una reunión básicamente de los hombres de aquel lugar, donde se congregaban para leer, estudiar, meditar y celebrar la Palabra de Dios, donde aprendían a predicar.
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Cada uno tenía que aprender a ser predicador y ejercer la predicación en la casa antes de las comidas, -o como nos dicen varias veces los libros Sapienciales-, en el momento en el que veían que tenían que reunir a la Iglesia de su casa. "Venid, hijos, escuchadme. Os instruiré en el temor del Señor" ( ''véase'' Salmo 34,11), dice uno de los Salmos. El papá llamando a los hijos: "Vengan que les voy a predicar".

Revisión del 03:07 26 dic 2008

Fecha: 20021229

Título: Tres enseñanzas en la Fiesta de la Sagrada Familia

Original en audio: 21 min. 22 seg.


Hermanos:

El domingo después de Navidad, la Iglesia celebra la Fiesta de la Sagrada Familia. No podemos celebrar al Niño, sin dar gracias a Dios por la familia del Niño, la familia con la mayor densidad de santidad en todo el universo: José, María, Jesús, la Familia Sagrada.

Esta es una fiesta tan importante, que cuando no hay ningún domingo entre la Navidad y el primero de enero, la Iglesia pide que se tome el día treinta de diciembre para celebrarla. Porque, en ningún año debe faltar la Fiesta de la Sagrada Familia.

Compartamos, entonces, algunas reflexiones. La familia necesita del Salvador. La Sagrada Familia es la familia que tiene a Jesús. Y toda familia que recibe a Jesús, se vuelve una familia sagrada, se vuelve una sagrada familia.

Si Jesús no estuviera en esa familia, sería una familia bonita, sería una familia ejemplar. Pero, sólo hay una familia a la que llamamos la Sagrada Familia. Es la familia que tiene a Jesús.

Esa es la primera enseñanza para hoy. Cuando una familia recibe a Jesús, se vuelve una familia sagrada, se vuelve una sagrada familia.

En segundo lugar, pensemos en esto. Cuando vemos a Jesús más tarde, ya crecido, haciendo milagros maravillosos, regalándonos parábolas inolvidables, expulsando con poder a los demonios, en esas acciones grandes, visibles, es fácil reconocer la Salvación.

Sin embargo, Jesús no empezó a ser Salvador después del Bautismo. Jesús lleva la Salvación en su propio nombre. El nombre Jesús, Jeshúa en hebreo o en arameo, significa, "el Señor salva". Jesús lleva la Salvación en su propio nombre, y Jesús es Salvador desde que es Jesús. Esta es la segunda enseñanza para hoy.

Es fácil reconocer la salvación en los hechos, en las obras espectaculares, multiplicación de panes, curación de leprosos, paralíticos sanados, ciegos que se les abren los ojos, sermones magníficos, exorcismos maravillosos.

Mas, Jesús no empezó a ser Salvador cuando empezó a hacer esas obras. La llama preciosa, la luz preciosa de la Salvación, antes de brillar en el mundo, brilló en la Familia de Nazareth.

Y por eso, la fiesta de hoy nos muestra otra cara de la Salvación. Si estamos acostumbrados a pensar la Salvación como una cosa extraordinaria, la fiesta de hoy nos invita a mirar la Salvación en las cosas ordinarias, las cosas del orden del día, las cosas sencillas y pequeñas de la vida. En esas cosas pequeñas, en eso ordinario, se manifiesta la salvación, se vive la salvación, o se pierde la salvación.

Yo digo que esta fiesta es como una especie de lupa. La lupa es aquel lente que nos permite ver las cosas en un tamaño mayor de lo que son. Esta es como una lupa, la fiesta de hoy. Nos invita a mirar cuánto se puede ganar, o cuánto se puede perder en la familia.

La familia es lugar de salvación, o la familia es lugar de perdición. Y la llama de la salvación, la llama de la gracia, el perfume del amor, tiene que sentirse en la familia como se sentía en la Sagrada Familia, como se sentía en la Familia de Nazareth. La familia es, o un lugar de salvación, o un lugar de condenación.

Llevamos dos enseñanzas, entonces. La primera es, cuando una familia realmente recibe a Cristo, se convierte en una sagrada familia. Y la segunda es, la familia es lugar de salvación, o lugar de condenación.

Jesús quiere derramar el don de la Salvación, ahí, en la familia. ¡Ahí! Esto nos lleva a la tercera enseñanza. Si queremos que Jesús brille en la familia, la familia tiene que convertirse. La familia, como institución, tiene que convertirse, tiene que cambiar su rostro.

Y digo estas palabras, sobre todo, para los que no han formado la familia, pero la van a formar. Por ejemplo, hay una pequeña amiga y vecina de nuestra casa, -nosotros somos dominicos, vivimos en este barrio-, que está sentada aquí en la primera fila. Me acaba de contar que tiene diez años de edad. Mi pequeña amiga y vecina de diez años, no ha formado su hogar, mas es muy posible que lo forme.

Estas palabras van por personas como ella. Especialmente, para personas como ella, como tú y como tantas otras que no han formado sus hogares, pero que seguramente los van a formar.

La familia tiene que convertirse, tiene que volverse hacia Dios. ¿Y esto qué significa? ¿Que todo el mundo se porte bien? ¡Pues, sí! Pero, esa respuesta no dice nada. Esa respuesta únicamente nos conduce a las cosas que ya sabemos, que, "el papá portarse bien", significa, entonces, "sea fiel en el matrimonio, no tome mucho, dé buen ejemplo a los hijos". Y así, sucesivamente, para la mamá y para los niños.

Yo estoy hablando de una cosa más seria. Convertirse es, palpitar en la fe, arder en el amor, cultivar la esperanza. Y para que eso sea posible, la puerta, según nos enseña el Apóstol San Pablo en la Carta a los Romanos, es "la predicación" (véase ).

La familia tiene que llenarse de predicación. En cada familia tiene que haber un predicador. El Papa Paulo Sexto popularizó una expresión preciosa: "La familia es la Iglesia doméstica". En cada hogar tiene que haber como un retrato, como una imagen de la Iglesia.

Y para que pueda haber Iglesia, tiene que haber predicación. ¿Cómo es posible que haya predicación en los hogares? A veces, los niños son los predicadores. Yo no le he preguntado muchos detalles a mi pequeña amiga. Mas, hoy, ella vino a la Misa sola. No sé si los papás fueron a otra Eucaristía, ni le voy a preguntar en este momento. Pero, es ella la que viene sola a la Misa.

A veces son los hijos los predicadores. A veces es la esposa, quien con su testimonio, su piedad, su intercesión, se convierte en una predicadora.

No obstante, según la mente de la Biblia, según lo que enseña la Palabra de Dios, el predicador por naturaleza en la casa, es el papá, el esposo. ¿Cuántos esposos, cuántos papás tienen conciencia de esto?

Cuando usted se iba a casar, -aquí hay una serie de señores casados, desde luego-, ¿le contaron éso? ¿Que usted tenía que ser el primer predicador en la casa? Acá tengo otro amigo que es posible que se case. "¡Ya lo vi, Alex! Ya usted no puede excusarse". Si usted se casa, que es muy posible, usted está llamado a ser el primer predicador de su casa. Eso no se lo hemos dicho a los niños, ni se lo hemos dicho a los jóvenes.

Y los hombres llegan al matrimonio pensando: "Bueno, aquí me voy a gozar a esta mujer, porque para eso la conseguí de buen cuerpo. Yo, por mi parte, pues, daré la platica para la casa, y a tener unos hijos bien plantados". Señor, ¿no le han dicho que usted tiene que ser predicador en su casa?

¡Qué tristeza ver que en muchos hogares sólo se levanta la voz para regañar, sólo se levanta la voz para pelear! Hay que aprender a levantar la voz. Pero, no la voz para pelear, sino la voz de Dios en la casa.

Si ustedes revisan los Libros Sapienciales en la Escritura, encuentran que en esa época los predicadores no eran los curas, que tampoco había curas, ni tampoco eran los sacerdotes. Aunque el libro del Deuteronomio dice que "es misión del sacerdote predicar" (véase ), tampoco eran los sacerdotes. Porque, culto que se vivía en esos tiempos antiguos, era el culto de sacrificio de animales. Y ahí, ¡qué sermones, ni qué homilías, ni qué de nada!

Entonces, lo que existía era la Sinagoga. Pero, en la Sinagoga no predicaba el cura. Y tampoco había cura, tampoco había sacerdote. En la Sinagoga predicaban prácticamente todos los hombres. ¡Fíjese usted lo que tenían los judíos! La Sinagoga era la escuela de predicación para los hombres.

Hoy nos puede parecer machista eso. Yo no sé si era tan machista. Ya le voy a explicar por qué. La Sinagoga era una reunión básicamente de los hombres de aquel lugar, donde se congregaban para leer, estudiar, meditar y celebrar la Palabra de Dios, donde aprendían a predicar.

Cada uno tenía que aprender a ser predicador y ejercer la predicación en la casa antes de las comidas, -o como nos dicen varias veces los libros Sapienciales-, en el momento en el que veían que tenían que reunir a la Iglesia de su casa. "Venid, hijos, escuchadme. Os instruiré en el temor del Señor" ( véase Salmo 34,11), dice uno de los Salmos. El papá llamando a los hijos: "Vengan que les voy a predicar".