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Indudablemente, el capítulo catorce de San Juan acompaña penas fundamentales a toda esa Octava de Navidad: “La palabra se hizo carne y acampó entre nosotros y hemos contemplado su gloria” (''véase'' San Juan 1,14), es la expresión más resumida del misterio inmenso de la Encarnación y del Nacimiento de Jesucristo. Quiero destacar en esa expresión la relación entre la Carne y la gloria.
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Indudablemente, el capítulo catorce de San Juan acompaña penas fundamentales a toda esa Octava de Navidad: “La palabra se hizo carne y acampó entre nosotros y hemos contemplado su gloria” (''véase'' San Juan 1,14), es la expresión tal vez más resumida del misterio inmenso de la Encarnación y del Nacimiento de Jesucristo. Quiero destacar en esa expresión la relación entre la Carne y la gloria.
  
 
El Verbo de Dios existía desde toda la eternidad, pero no tenía carne desde toda la eternidad, asumió nuestra carne de acuerdo con el designio providencial y misericordioso de Dios. Lo tomó de las entrañas de la Virgen María, no como un accidente o una casualidad sino como el momento final de una maravillosa epopeya de salvación que tiene sus comienzos en la Palabra dirigida por Dios a los Patriarcas.  
 
El Verbo de Dios existía desde toda la eternidad, pero no tenía carne desde toda la eternidad, asumió nuestra carne de acuerdo con el designio providencial y misericordioso de Dios. Lo tomó de las entrañas de la Virgen María, no como un accidente o una casualidad sino como el momento final de una maravillosa epopeya de salvación que tiene sus comienzos en la Palabra dirigida por Dios a los Patriarcas.  

Revisión del 19:03 24 dic 2008

Fecha: 19991231

Título: Hemos contemplado la gloria de Dios

Original en audio: 14 min. 54 seg.


Indudablemente, el capítulo catorce de San Juan acompaña penas fundamentales a toda esa Octava de Navidad: “La palabra se hizo carne y acampó entre nosotros y hemos contemplado su gloria” (véase San Juan 1,14), es la expresión tal vez más resumida del misterio inmenso de la Encarnación y del Nacimiento de Jesucristo. Quiero destacar en esa expresión la relación entre la Carne y la gloria.

El Verbo de Dios existía desde toda la eternidad, pero no tenía carne desde toda la eternidad, asumió nuestra carne de acuerdo con el designio providencial y misericordioso de Dios. Lo tomó de las entrañas de la Virgen María, no como un accidente o una casualidad sino como el momento final de una maravillosa epopeya de salvación que tiene sus comienzos en la Palabra dirigida por Dios a los Patriarcas.

Esa Palabra que se hizo Carne es la Palabra que había sido dirigida a los profetas, había venido encarnándose, venía tomando el rostro y el rastro de la especie humana, como señalan los Padres de la Iglesia.

Se hablaba de la intervención de Dios cuando se decía, por ejemplo: “Muéstranos tu rostro”, o: “Alégrense cielo y tierra” (véase Salmo 96,11); cuando se cantaban las intervenciones maravillosas de Dios en nuestra historia, ya estaba un preludio de esa Encarnación. Las palabras sabias de los escritores cultos de Israel, en las palabras estremecidas de amor de los profetas, en esas palabras ya estaba palpitando la Palabra.

Hay expresiones del Antiguo Testamento tan cercanas a Jesucristo que nos quedamos sorprendidos, como por ejemplo los Cánticos del siervo Isaías, que retratan el misterio del amor a través del sufrimiento, la salvación a través del dolor y del amor, esa es la Palabra que se ha hecho Carne.

Por eso no podemos separar el misterio de la Encarnación de Dios del misterio de la manifestación de su gloria. Si la Encarnación estuviera quedada de la gloria, sería una disminución de Dios. Pero esa Carne de la que se ha vestido el Verbo de Dios, está vestida de gloria, por eso en Jesucristo hay que saber ver el doble vestido: la Carne es como la de nosotros, y la gloria que es sublime, mayor que nosotros pero para nosotros.

Hay que reconocer el misterio de la Carne para verle Hermano nuestro, y hay que reconocer el misterio de su gloria para verlo como Líder nuestro. Cristo es Hermano en nuestra desgracia pero también en nuestra salvación. Por el misterio de su Carne es Hermano de nuestra desgracia, sabemos los males propios de nuestra historia, la traición de los amigos, la soledad y la muerte.

Pero es Hermano en nuestra victoria porque hace nuestra la suya. Esa unión de su victoria es posible porque la misma gloria que resplandece en su Carne macerada, es la gloria en su esplendor, a través de la predicación del Evangelio y la donación del Espíritu Santo.

De manera que aquí se cumple el maravilloso intercambio, nosotros le dimos nuestra carne y Él nos dio su gloria, ha quedado semejante a nosotros menos en el pecado. Así que cuando el pecado haya sido completamente vencido en nosotros, a saber, en la gloria celestial, seremos del todo semejantes a Él. Porque Él tendrá de nosotros nuestra carne y nosotros tendremos de Él su gloria.

Es maravilloso meditar en este versículo y descubrir que un mismo verbo, “ver”, sirve para estos dos vestidos, nosotros no podíamos ver a la Palabra si no se hace Carne, pero en ese mismo “ver” descubrimos la gloria de esa Carne, de nuestra carne. “Hemos contemplado su gloria” (véase San Juan 1,14), si miramos a Jesucristo crucificado y glorificado; con unos mismos ojos y un mismo acto estamos viendo el misterio de la Carne y el misterio de la gloria.

El momento en el que se funden esos dos vestidos es cuando desaparece todo otro vestido. En la desnudez de la Cruz, Cristo, está sólo vestido de nuestra carne, pero allí en la Cruz es donde manifiesta la plena victoria sobre el pecado, sobre la muerte y sobre Satanás. Manifiesta toda su gloria, de manera que Cristo crucificado es al mismo tiempo el que está vestido completamente de nuestra carne y de su gloria.

Por esto en la teología del evangelio de San Juan, el momento de la glorificación, el momento de acoger la gloria es el momento de la Cruz; cuando se quita todo vestido y queda solamente visible la gloria del que estaba vestido de nuestra carne.

De este modo, las señales de lo que hubiera sido su derrota son señales de su gloria. La Carne que hemos visto nacer en esta Navidad, la Carne que adoramos en el Pesebre, el Cuerpo de Jesús tomado de la Santa Virgen, todo ese misterio del amor, está en la Cruz.

Es impresionante meditar en el lugar de María en el Nacimiento y en la Cruz. En el Nacimiento está Cristo desnudo protegido por Ella, arropado por Ella, mira la gloria de Dios, por eso los Ángeles en la noche de la Navidad han cantado: “Gloria a Dios en el cielo” (véase San Lucas 2,14).

Cristo en nuestra carne, Cristo desnudo en la gloria de Dios. Pues bien, nos encontramos al final de la vida del Mesías, y luego está María dando a luz nuevamente a Jesucristo, ya no para que Él nazca en nuestra carne sino para que nazcamos en su gloria. Ahí está Ella nuevamente, sólo Ella puede envolverlo con su amor, un amor que a la hora de la Cruz tiene el aspecto dramático de sufrimiento hasta el extremo.

De nuevo está Cristo desnudo y de nuevo brilla la gloria de Dios, este primer momento de la vida de Jesús en la tierra al nacer, se entiende relacionándolo con el último momento a la hora del Calvario y de la muerte. Y a su vez, este último momento queda revelado por Belén. Belén y Jerusalén, la desnudez de la carne y el resplandor de la gloria respectivamente.

“Hemos contemplado su gloria” (véase San Juan 1,14) ¿a qué se refiere esa expresión? En la noche de la Navidad las palabras gozosas de los pastores dan fe de esto, fueron y contaron lo que les había dicho el ángel, y se fueron felices, felicitaron al recién nacido y seguramente dijeron: “Hemos contemplado su gloria”.

Pero fue también una contemplación de su gloria aquel día en que los Sabios de Oriente se postraron ante Él, le dieron sus regalos y le reconocieron como Rey. También esos magos cuando volvieron a sus tierras hubieran podido decir: “Hemos contemplado su gloria”.

Juan el Bautista cuando después de años de penitencia, y meses de predicación, ve al Cordero de Dios, ve rasgarse los cielos como quería Isaías y descender al Amor en forma de paloma, también hubiera podido decir: “Hemos contemplado su gloria”. Esto es lo que dice: “Él que viene detrás de mí, pasa delante de mí porque existía antes que yo” (véase San Juan 1,30).

Y ante los milagros de Jesucristo, decía la gente: “Hoy hemos visto cosas admirables” (véase San Lucas 12,26), o aquella otra expresión que me gusta tanto: “El que todo lo ha hecho bien” (véase San Marcos 7,37). Los que contemplaran esas sesiones únicas de sanación, esos milagros de amor, al llegar a sus casas podían decir: “Hemos contemplado su gloria”.

Y cuando con una palabra suya, palabra llena de esa autoridad única del Hijo de Dios, el demonio sale en retirada, y vuelve la paz, el gozo se apodera del alma y la alabanza colma el corazón.

Todas esas obras tendrían su culminación en la hora de la Cruz, ahí hemos contemplado su gloria, hemos visto por qué la Carne, por qué el Pesebre, por qué es Dios con nosotros, porque si Él no fuera Dios con nosotros, no podríamos ser hermanos o discípulos suyos.

Está culminando la Octava de la Navidad, también nosotros podemos decir: "Hemos contemplado su gloria", podemos decir: "Hemos visto cosas admirables", podemos decir que hemos visto el cielo entreabierto.

Al terminar esta Octava nos falta la celebración de Santa María madre de Dios. Al terminar esta Octava, es ese versículo de San Juan el que mejor describe nuestro corazón: “Verdaderamente la Palabra ha acampado entre nosotros, verdaderamente hemos contemplado su gloria”. (véase San Juan 1,14).