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¡Este es el maravilloso reto que tiene uno como predicador! Este es el reto que seguramente van a asumir muchos de estos jóvenes que están a punto de entrar a la Orden Dominicana, como yo tuve la gracia hace quince años: Hablar, no para el que está cerca. ¡Buscar al que está lejos!
 
¡Este es el maravilloso reto que tiene uno como predicador! Este es el reto que seguramente van a asumir muchos de estos jóvenes que están a punto de entrar a la Orden Dominicana, como yo tuve la gracia hace quince años: Hablar, no para el que está cerca. ¡Buscar al que está lejos!
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''Cuando estoy en pie aquí, tengo que pensar, no en la gente que ya está superconvencida, en la gente que se siente feliz de su fe. Tengo que pensar en aquel que quizás le estaba dando la última oportunidad a Dios, aquel que quizás ha dicho antes de entrar por esa puerta: "Voy a asistir a esta Misa a ver qué pasa". Ése, que está afectivamente, emocionalmente, espiritualmente lejos, ése es el que más me interesa.''
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Juan el Bautista es un modelo de predicadores. Anunció el arrepentimiento de los pecados. ¡Esa es una maravilla! Si Juan el Bautista se hubiera presentado en medio del pueblo hebreo, diciendo: "Traigo medallas, premios y recompensas para todos los que se porten bien", ¿qué hubiera pasado con los que estaban lejos de Dios? Hubieran dicho: "Ese mensaje no es para mí".
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Pero, Juan el Bautista trajo una predicación que era exactamente la que se necesitaba para aquellos que estaban más retirados: "Vengo a predicar el arrepentimiento. Vengo a predicar la vuelta hacia Dios. Vengo a predicar el retorno a Dios, y vengo a decir que Dios nos está llamando para que volvamos" (''véase'' San Mateo 3,1-2).
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Ese mensaje de conversión, ese mensaje de arrepentimiento, tenía que llegarle con mayor precisión a los que estaban más retirados, y así fue. La gente que se consideraba muy piadosa, muy religiosa, muy buena, como los fariseos, que creían que estaban viviendo muy bien su religión, o como los saduceos, porque sentían que tenían esta vida resuelta con el poder económico, político y religioso, la gente que se sentía muy cerca, le hizo poco caso a Juan el Bautista.

Revisión del 03:08 2 dic 2008

Fecha: 19991212

Título: El reto del predicador

Original en audio: 11 min. 46 seg.


Queridos Hermanos:

Esta iglesia, así como es de hermosa a los ojos, así es de complicada para el sonido. No hace mucho estuvieron tres ingenieros de sonido distintos, y coincidieron en que esta arquitectura tan completamente lisa, el espacio de una sola nave, el piso plano sin rugosidad alguna, hacían en especial difícil que el sonido llegara apropiadamente.

Esa incomodidad, que a ustedes les hace sufrir a veces y que a mí me hace sufrir a veces, puede servir para que apreciemos las lecturas de hoy. Se nos está hablando de un predicador, Juan el Bautista. Él se llamó a sí mismo, "voz" (véase San Juan 1,23). Él sintió que toda su vida era una voz. Se aplicó un texto de Isaías: "La voz que clama en el desierto preparando un camino al Señor" (véase Isaías 40,3).

La divina obsesión de Juan el Bautista, fue que la Palabra pudiera llegar. Él no tomó el lugar de la Palabra. Era muy fácil para el pueblo creer que él era el Mesías. Mas, él lo negó abiertamente: "Yo no soy el Mesías. Está entre ustedes, Uno que ustedes no conocen" (véase San Juan 1,20;26).

Su papel, su vocación, su vida, fue servir de precursor, preparar el ambiente, preparar el camino, abrir la vía para que cuando llegara la Palabra, pudiera alcanzar hasta el último.

Una vez leía un estudio que hacía un orador, y él daba como criterio éste: "Tanto en lo físico como en lo psicológico, como en lo emocional, un verdadero orador dirige sus palabras hacia los que están más lejos; no sólo a los que están más lejos físicamente".

Yo tengo que preocuparme de que mi voz alcance a los que están en las últimas filas. ¡Qué hermoso ser predicador, pero no sólo para llevar la voz a los que están más lejos físicamente!

Tal vez, usted vino a esta Eucaristía, pero usted se siente lejos de Dios, o lejos de la Iglesia. Tal vez, usted siente que los ritos de la Iglesia Católica se le van quedando un poco a la distancia. Si usted está lejos, mi problema, mi negocio, mi asunto, es hablar de tal manera, que usted no se vaya de aquí sin haber sido alcanzado al menos por alguna palabra.

¡Este es el maravilloso reto que tiene uno como predicador! Este es el reto que seguramente van a asumir muchos de estos jóvenes que están a punto de entrar a la Orden Dominicana, como yo tuve la gracia hace quince años: Hablar, no para el que está cerca. ¡Buscar al que está lejos!

Cuando estoy en pie aquí, tengo que pensar, no en la gente que ya está superconvencida, en la gente que se siente feliz de su fe. Tengo que pensar en aquel que quizás le estaba dando la última oportunidad a Dios, aquel que quizás ha dicho antes de entrar por esa puerta: "Voy a asistir a esta Misa a ver qué pasa". Ése, que está afectivamente, emocionalmente, espiritualmente lejos, ése es el que más me interesa.

Juan el Bautista es un modelo de predicadores. Anunció el arrepentimiento de los pecados. ¡Esa es una maravilla! Si Juan el Bautista se hubiera presentado en medio del pueblo hebreo, diciendo: "Traigo medallas, premios y recompensas para todos los que se porten bien", ¿qué hubiera pasado con los que estaban lejos de Dios? Hubieran dicho: "Ese mensaje no es para mí".

Pero, Juan el Bautista trajo una predicación que era exactamente la que se necesitaba para aquellos que estaban más retirados: "Vengo a predicar el arrepentimiento. Vengo a predicar la vuelta hacia Dios. Vengo a predicar el retorno a Dios, y vengo a decir que Dios nos está llamando para que volvamos" (véase San Mateo 3,1-2).

Ese mensaje de conversión, ese mensaje de arrepentimiento, tenía que llegarle con mayor precisión a los que estaban más retirados, y así fue. La gente que se consideraba muy piadosa, muy religiosa, muy buena, como los fariseos, que creían que estaban viviendo muy bien su religión, o como los saduceos, porque sentían que tenían esta vida resuelta con el poder económico, político y religioso, la gente que se sentía muy cerca, le hizo poco caso a Juan el Bautista.