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Revisión actual del 15:50 26 ene 2012

Fecha: 20120127

Título: Admitamos con sinceridad que los seres humanos tenemos defectos y cometemos pecados y que solamente Dios merece todo el honor y gloria

Original en audio: 4 min. 24 seg.


En varias ocasiones hemos comentado cómo el rey David marcó un antes y un después en la historia del pueblo de Dios. Se puede decir que el reinado de David fue, en términos generales, la idea misma de reinado que quedó en la mente del pueblo de Dios, es decir, cuando ellos pensaban en el reino de Dios, evocaban, consciente o inconscientemente, los tiempos de David.

Y es verdad que fue muy grande lo que Dios logró a través de David, ya desde aquella famosa victoria sobre el gigante Goliat, y luego haber conseguido la unidad de todas las tribus, y luego esa entronización simbólica del arca de la alianza en la ciudadela de Sión, marcando de esa manera la victoria total de Dios sobre sus enemigos, porque ese baluarte de Sión era indudablemente muy querido para los cananeos que ocupaban aquel territorio. Todo eso es grande, todo eso es bello y todo eso es bueno recordarlo del tiempo de David.

Pero la Biblia le da honor y gloria únicamente a Dios, y esto significa que la Biblia no va a callar los defectos de los seres humanos por más grandes o importantes que sean sus talentos, o por más grande que sea la repercusión de su misión. Recordemos, como ejemplo cercano, el caso de San Pedro. ¡Qué hombre tan importante en la Iglesia primitiva! Y sin embargo, ya ves que sus negaciones se cuentan abiertamente. Podemos decir que la Biblia no tiene miramientos, ni tiene temor de nadie, únicamente temor de ofender a Dios.

Y por eso aparece de cuerpo entero el pecado de David, el pecado del gran David, que no es un pecado sino una serie de pecados. Este hombre hace abuso de su poder, comete adulterio, comete traición, comete asesinato, miente varias veces, y siempre en materia grave, todo, con tal de lograr lo que su pasión, su apetito le está exigiendo, porque en esa escena del adulterio de David lo que queda claro es que, durante toda esa serie de crímenes, David ciertamente está bajo el poder de sus bajas pasiones.

Qué importante entonces saber que, a pesar de toda su grandeza, no es por ser un gran humano, sino solamente por ser siervo de Dios por lo que hemos de recordar a David. Y esto que decimos de David hay que aplicarlo de todo ser humano, hombre o mujer, hay que aplicarlo incluso de nuestros santos. ¿Qué bueno tener ese afecto, tener ese cariño, ese recuerdo agradecido y admirado por todo lo que han hecho los santos, pero sólo Dios merece todo honor y gloria.

Y por eso no hemos de callar esos momentos de oscuridad, ni hemos de tratar de embellecer las cosas como si no hubiera sucedido aquello que contradice la voluntad de Dios.

Siguiendo el ejemplo de la Biblia, hemos de cantar las maravillas del amor de Dios, pero hemos también de admitir los defectos, incluso en aquellas personas que mucho amamos, y por supuesto, en nosotros mismos.

Que Dios nos dé este espíritu de sinceridad, y, sobre todo, de conversión.