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Revisión actual del 14:56 6 dic 2011
Fecha: 19970209
Título: ¿Estamos dispuestos a invitar continuamente a Dios a nuestra vida?
Original en audio: 7 min. 59 seg.
Si una persona está enferma, exigirle más y más, es crueldad. Y por eso al principio de su misión evangelizadora lo primero que hace Cristo, según escuchamos en este capítulo primero del evangelio de Marcos, es empezar por sanar a las personas.
Si a uno de nosotros que está en buena salud se le pide: "Necesito que camines desde esta iglesia, qué se yó, hasta la Avenida Caracas, o hasta la veinticuatro, probablemente eso produzca algo de cansancio o fatiga, pero lo podemos hacer.
Pero si alguno de nosotros estuviera con el tobillo torcido, si tuviera un esguince doloroso, y se le propone exactamente lo mismo: "Necesito que camines de desde esta iglesia hasta hasta la Avenida Caracas, eso sería desastroso para esa pierna, porque lejos de mejorarse, en el transcurso de ese camino se iría empeorando más y más y más, y probablemente quedaría irremediablemente perdida esa pierna.
Y lo que había sido un problema que se podía arreglar con algo de reposo, qué sé yo, de pronto algún vendaje o yeso, alguna fisioterapia, lo que se hubiera podido corregir en el curso de una semana, se hecha a perder de tal manera, que ya ni siquiera en el curso de una vida se puede mejorar.
Yo recuerdo al sacerdote de mi parroquia, siendo yo niño, que tuvo una torcedura en un dedo, y precisamente por esos esfuerzos mal hechos y por no tratar el problema del dedo a tiempo, él quedó con el dedo tieso, el dedo de su mano quedó tieso, irreparable ya, porque lo que se hubiera podido mejorar con un pequeño tratamiento, no fue tratado a tiempo, y en el uso y en el abuso se malogró definitivamente ese dedo.
Esto que sucede en el plano físico, sucede también en las vidas de las personas. Pensemos, por ejemplo, en una pareja. Todas las parejas tienen dificultades, creo que se puede llegar a generalizar así, por la sencilla razón de que ningún ser humano es perfecto, y todos de alguna manera dejamos descontentas o insatisfechas a las personas.
Aquel o aquella que podía parecer muy simpático o muy simpática sólo de visita, cuando ya toca vivir con él o con ella, pues le aparecen una cantidad de mañas, de defectos y de problemas que pueden hacer pesada o difícil la convivencia. Yo creo que en ese punto de partida podemos estar de acuerdo.
Pero esos pequeños problemas se parecen a la pequeña torcedura del dedo de mi párroco, y se parecen a ese esguince en el tobillo que se puede mejorar si se trata a tiempo. Lamentablemente, sin embargo, muchas parejas, no todas, llevan tal carga de orgullo y tales expectativas de su pareja, que consideran que basta con echarle en cara los problemas al otro, para que se corrija.
Y de ese modo, de pequeñísimos problemas y de pequeñas dificultades, se van echando a perder las relaciones familiares, hasta llevar a verdaderos caos. Y llega un punto en el que desde luego la situación se torna casi irreparable, se ha malogrado la relación.
Cuando ya se ha llegado a esa catástrofe, entonces se dice: "Bueno, pues si el amor se acaba, es tortura que sigamos viviendo juntos, yo tengo derecho a una segunda oportunidad, yo me puedo retirar, yo puedo hacer otro hogar, etcétera, etcétera".
Pero la pregunta que hay que hacer en el caso del matrimonio católico es: Usted invitó a Dios el día de su boda, pregunta: ¿lo siguió invitando los otros días? El día que hubo la primera discusión fuerte, ¿invitó a Dios para que le ayudara a sanar ese tobillo? ¿O simplemente agarró a su pareja y le dijo: "Pues usted camina conmigo de aquí a la Caracas, así se le dañe su pierna"? ¿Usted invitó a Dios cuando el problema era controlable, cuando la cosa se podía sanar?
Lo mismo hay que decir de las dificultades académicas, laborales, sexuales, o de cualquier otro orden. Los problemas son tratables; Dios es nuestro Creador, Él tiene el mapa, Él tiene el diseño completo de nuestro cuerpo y de nuestro corazón, Él sabe cómo llegar, Él sabe cómo sanar, y nos lo muestra así el evangelio de hoy. Él tiene poder y Él tiene sabiduría y tiene ternura para sanar las cosas.
La pregunta es: Estamos dispuestos a invitar continuamente a Dios a nuestra vida, de manera que cuando lleguen esos problemas, esas deficiencias, esos descalabros académicos, sexuales, afectivos, laborales, desee, a que cuando lleguen esos problemas, esté Él en primer lugar ayudándonos a sanar?
Volvamos hacia Dios, volvamos hacia Él, que la primera palabra ya no sea para acusar al otro. Yo vuelvo al ejemplo de la familia porque sé que es la realidad que quizá tenemos mayormente entre los presentes aquí en la iglesia. El el Nombre de Jesús les pido: evitemos la tentación de culpabilizar simplemente: "Es que tú no quieres caminar".
Y el otro, como es orgulloso y no se conoce a sí mismo, tampoco sabe responder, porque si supiera responder diría: "Yo sí quiero caminar contigo, y en el fondo te amo intensamente, te amo porque eres mi esposa, o te amo porque eres mi hijo, o te amo porque eres mi papá, pero mi orgullo no me deja decirte que aunque yo te amo mucho, tengo problemas y no sé cómo caminar con mis problemas; me duelen mis pies, tengo torcido el tobillo, no puedo caminar ahora, pero yo sí te amo y yo quiero estar contigo".
Si aprendemos a decir estas palabras, si aprendemos a no culpabilizarnos y aprendemos a acudir a Aquel que sí puede sanarnos, otra será la historia; la fidelidad y la misericordia se harán posibles, y nuestras vidas se verán enriquecidas, por la ternura, por la gracia, por la belleza del Evangelio.
Haga usted la prueba y cuéntenos después qué sucedió.