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| + | Pero, yo también quiero darle la vuelta a este asunto, porque aquí hay padres de familia. ¿Usted, como padre de familia, estaría dispuesto a aceptar una corrección de su hijo? ¿O usted, porque es el papá, está graduado en vida humana, se las sabe todas y por consiguiente, la opinión de los niños, la opinión de los hijos, no cuenta para usted? | ||
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| + | En las comunidades religiosas tenemos problemas semejantes, en las casas de formación, especialmente. La que tenemos en este lugar es una casa de formación, donde se realizan los estudios de filosofía, de teología. Y hay veces, que el Superior de los formandos, -esto lo llamamos aquí el Maestro de estudiantes-, se ve en dificultades para hacer una corrección. | ||
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| + | En algunas ocasiones, quienes tienen autoridad sobre seminaristas y sobre frailes estudiantes, encuentran conflictos al decirles cualquier cosa. Porque inmediatamente, surgen los derechos humanos: "Se está atentando contra la libertad de la persona humana. ¡Cuidado me sube la voz y cuidado se mete conmigo!" | ||
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| + | No es que suceda siempre así. Hay correcciones que son muy bien recibidas. Pero, el tono general en el que vivimos, -no sé si decirlo-, los bogotanos, los colombianos, o quiénes, es más o menos: "¡Cuidado se mete usted conmigo! Yo procuro hacer lo que a mí me parezca". | ||
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| + | Chicos y grandes, religiosos y seglares, sacerdotes y laicos, hombres y mujeres, preferimos que nadie se meta en nuestra vida. Por eso, yo vuelvo a preguntar: ¿Si será que este evangelio tiene quién lo oiga? Y sobre todo, ¿tiene quién lo practique el día de hoy? | ||
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| + | Alguna vez, le comentaba yo a un sacerdote mayor, dominico también, pero no de este Convento, sobre la dificultad para la corrcción fraterna. Me decía él: "¡Sí! Eso es de lo más difícil de nuestro tiempo, y a uno le toca mirar mucho si la pesona va a ser capaz de recibir alguna sugerencia, o algún consejo". | ||
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| + | Porque, un lugar privilegiado para la corrección fraterna, es ese mueble que a algunos les gusta y a otros les fastidia sobre manera, llamado confesionario. ¡Pero, vaya usted a ver cómo son las confesiones! | ||
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| + | Yo me imaginaba, en mi infinita ingenuidad, que las personas recibían, más o menos, los consejos. Y ciertamente, muchas personas reciben los consejos, o las recomendaciones o sugerencias que se les pueden dar en la confesión. | ||
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Revisión del 05:52 26 ago 2008
Fecha: 19960908
Título: La corrección fraterna
Original en audio: 12 min. 57 seg.
Hermanos:
Las lecturas del día de hoy nos hablan de la comunidad en buena salud y de cómo recuperar esa salud comunitaria. ¿Qué hacer cuando aparece el mal? ¿Cuando llega el pecado a la comunidad?
¿A qué comunidad se estaba refiriendo Jesús cuando decía estas palabras? Ese es un problema un poco complicado de resolver, porque lo que parece más probable, es que ellas describen más una situación de las comunidades cristianas ya formadas, que incluso del tiempo mismo en que Jesús estuvo predicando y peregrinando en Palestina.
Pero, no vamos a entrar en ese problema, que podemos bien dejar a los especialistas. Nosotros ocupémonos de aquello que nos ofrece más directamente la Palabra del Señor.
¿Qué hacer cuando notamos que hay error, que hay pecado, que hay problema, que hay oscuridad en las vidas de otras personas? Yo quisiera tomar inspiración, con la ayuda de Dios, en un documento muy antiguo que tiene gran importancia para nosotros, los dominicos: es la llamada Regla de San Agustín.
La Regla de San Agustín trae algunos principios básicos para la constitución de una comunidad de personas consagradas a Dios. Y dentro de esa Regla de San Agustín, se habla también de la corrección fraterna, la corrección que un hermano puede y debe hacer a otro hermano.
Una de las enseñanzas que trae esta Regla de San Agustín, es que: "No somos", -dice San Agustín-, "misericordiosos, si callando lo que vemos, dejamos que se pierdan nuestros hermanos".
A veces, el individualismo que ahoga a nuestra sociedad, como que nos desautoriza para hablarle a los demás. Estamos un poco en la idea de que nadie debe inmiscuirse en la vida de nadie: "¡Que nadie se meta en mi vida! ¡Eso es asunto mío! ¡Esa es mi vida privada!"
Y por eso mismo, sentimos que no podemos entrar fácilmente en la vida de las demás personas. Piense usted, por ejemplo, en su trabajo. ¿Se atrevería usted a decirle a un compañero suyo de trabajo: "Mira, me parece que el alcohol está destruyendo tu vida"?
¿Podría usted decirle a una de sus secretarias, o a una persona que trabaja allí donde está usted: "Ese desorden afectivo en el que estás viviendo, no te va a llevar a ninguna parte"?
Más bien, parece que estas palabras que nos enseña Jesús, como que quedan en el desierto. Y casi yo me preguntaría: ¿A quién le importa hoy un evangelio como el que hemos escuchado? ¿A quién le interesa de qué manera se puede corregir a los demás, si a nadie le interesa ser corregido?
Incluso en el ámbito familiar, va resultando difícil realizar cualquier género de corrección. Pronto, los hijos parecen dar su grito de independencia: "¡Yo sé lo que hago! ¡No te metas! ¡Esos son mis asuntos! ¡Esa es mi vida!"
Pero, yo también quiero darle la vuelta a este asunto, porque aquí hay padres de familia. ¿Usted, como padre de familia, estaría dispuesto a aceptar una corrección de su hijo? ¿O usted, porque es el papá, está graduado en vida humana, se las sabe todas y por consiguiente, la opinión de los niños, la opinión de los hijos, no cuenta para usted?
En las comunidades religiosas tenemos problemas semejantes, en las casas de formación, especialmente. La que tenemos en este lugar es una casa de formación, donde se realizan los estudios de filosofía, de teología. Y hay veces, que el Superior de los formandos, -esto lo llamamos aquí el Maestro de estudiantes-, se ve en dificultades para hacer una corrección.
En algunas ocasiones, quienes tienen autoridad sobre seminaristas y sobre frailes estudiantes, encuentran conflictos al decirles cualquier cosa. Porque inmediatamente, surgen los derechos humanos: "Se está atentando contra la libertad de la persona humana. ¡Cuidado me sube la voz y cuidado se mete conmigo!"
No es que suceda siempre así. Hay correcciones que son muy bien recibidas. Pero, el tono general en el que vivimos, -no sé si decirlo-, los bogotanos, los colombianos, o quiénes, es más o menos: "¡Cuidado se mete usted conmigo! Yo procuro hacer lo que a mí me parezca".
Chicos y grandes, religiosos y seglares, sacerdotes y laicos, hombres y mujeres, preferimos que nadie se meta en nuestra vida. Por eso, yo vuelvo a preguntar: ¿Si será que este evangelio tiene quién lo oiga? Y sobre todo, ¿tiene quién lo practique el día de hoy?
Alguna vez, le comentaba yo a un sacerdote mayor, dominico también, pero no de este Convento, sobre la dificultad para la corrcción fraterna. Me decía él: "¡Sí! Eso es de lo más difícil de nuestro tiempo, y a uno le toca mirar mucho si la pesona va a ser capaz de recibir alguna sugerencia, o algún consejo".
Porque, un lugar privilegiado para la corrección fraterna, es ese mueble que a algunos les gusta y a otros les fastidia sobre manera, llamado confesionario. ¡Pero, vaya usted a ver cómo son las confesiones!
Yo me imaginaba, en mi infinita ingenuidad, que las personas recibían, más o menos, los consejos. Y ciertamente, muchas personas reciben los consejos, o las recomendaciones o sugerencias que se les pueden dar en la confesión.
Mas, hay gente que llega muy con el copete alto, y están muy convencidos de sus cosas: "Padre, yo no estoy aquí para que usted me diga...; yo únicamente vine aquí a tener un encuentro espiritual con usted".