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Y al término de todos esos días de oración, de ayuno, de alabanza, días de arrepentimiento, días de gozo; al término de esos días en que hemos contemplado a Cristo profundamente hundido en nuestra miseria y profundamente hundido en el Cielo, en la gloria del Cielo; al término de todo eso, nos encontramos en la certeza de la presencia del Espíritu en medio de nosotros. | Y al término de todos esos días de oración, de ayuno, de alabanza, días de arrepentimiento, días de gozo; al término de esos días en que hemos contemplado a Cristo profundamente hundido en nuestra miseria y profundamente hundido en el Cielo, en la gloria del Cielo; al término de todo eso, nos encontramos en la certeza de la presencia del Espíritu en medio de nosotros. | ||
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| + | Y ahora volvemos a este tiempo que significativamente se llama Tiempo Ordinario, no por descalificarlo sino porque es un tiempo que lleva el Ordo, que lleva la secuencia, que lleva el orden de las semanas. | ||
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| + | Por eso, entre ese gran ciclo de Cuaresma y Pascua y este Tiempo Ordinario, se da una relación semejante a la que nos encontramos entre una gran celebración y la vida cotidiana; de nuevo a la realidad, podríamos decir, de nuevo a la vida de cada día. | ||
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| + | Podemos decir que este contraste entre el día de ayer y el día de hoy, se parece al contraste que se da entre la fe y la vida, entre la celebración festiva, el encuentro con Dios, tocar el cielo con las manos, de nuevo volver a lo que usualmente llamamos la realidad de cada día, nuestro trabajo, nuestra cotidianidad. | ||
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| + | Pero nosotros lo que hemos aprendido sobre esa acción del Espíritu no queda perdido sino que más bien se convierte en la fuente de fecundidad para todas las cosas desde las más sencillas, desde las más ordinarias, hasta las más extrañas, insólitas, maravillosas. Esa es una primera reflexión que podemos hacernos hoy. | ||
Revisión del 18:35 16 may 2008
Fecha: 20000612
Título:
Original en audio: 5 min. 25 seg.
Es indudable que se da un contraste fuerte entre el esplendor de la fiesta de Pentecostés y la sencillez del Tiempo Ordinario, al que volvemos precisamente en este lunes de la décima semana.
Es fuerte este contraste, pero sirve para entender muchas cosas. Hemos terminado ese ciclo grande, el más grande e importante del año litúrgico, el ciclo de la Cuaresma y de la Pascua.
Y al término de todos esos días de oración, de ayuno, de alabanza, días de arrepentimiento, días de gozo; al término de esos días en que hemos contemplado a Cristo profundamente hundido en nuestra miseria y profundamente hundido en el Cielo, en la gloria del Cielo; al término de todo eso, nos encontramos en la certeza de la presencia del Espíritu en medio de nosotros.
Y ahora volvemos a este tiempo que significativamente se llama Tiempo Ordinario, no por descalificarlo sino porque es un tiempo que lleva el Ordo, que lleva la secuencia, que lleva el orden de las semanas.
Por eso, entre ese gran ciclo de Cuaresma y Pascua y este Tiempo Ordinario, se da una relación semejante a la que nos encontramos entre una gran celebración y la vida cotidiana; de nuevo a la realidad, podríamos decir, de nuevo a la vida de cada día.
Podemos decir que este contraste entre el día de ayer y el día de hoy, se parece al contraste que se da entre la fe y la vida, entre la celebración festiva, el encuentro con Dios, tocar el cielo con las manos, de nuevo volver a lo que usualmente llamamos la realidad de cada día, nuestro trabajo, nuestra cotidianidad.
Pero nosotros lo que hemos aprendido sobre esa acción del Espíritu no queda perdido sino que más bien se convierte en la fuente de fecundidad para todas las cosas desde las más sencillas, desde las más ordinarias, hasta las más extrañas, insólitas, maravillosas. Esa es una primera reflexión que podemos hacernos hoy.