Diferencia entre revisiones de «Apen002a»
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Pues precisamente, reunidos en oración los discípulos por mandato de Cristo, claman al Padre Celestial que cumpla la promesa que ha hecho. Una promesa que los discípulos conocían, porque el mismo Cristo les había dicho que iban a ser bautizados en Espíritu Santo y en fuego, y también les había dicho que Él les iba a enviar otro Paráclito, porque el primer Paráclito es Cristo, les iba a enviar otro Paráclito para que les diera fortaleza, les diera luz para que estuviera en ellos y con ellos. | Pues precisamente, reunidos en oración los discípulos por mandato de Cristo, claman al Padre Celestial que cumpla la promesa que ha hecho. Una promesa que los discípulos conocían, porque el mismo Cristo les había dicho que iban a ser bautizados en Espíritu Santo y en fuego, y también les había dicho que Él les iba a enviar otro Paráclito, porque el primer Paráclito es Cristo, les iba a enviar otro Paráclito para que les diera fortaleza, les diera luz para que estuviera en ellos y con ellos. | ||
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| + | Y fue precisamente en la fiesta de Pentecostés, cuando los israelitas celebraban la Ley, fue en esa fiesta cuando Cristo quiso cumplir la promesa, cuando la oración de Cristo Resucitado en favor de su pueblo, produce una lluvia de bendiciones y provoca esta maravillosa escena que hemos escuchado en la primera lectura. | ||
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| + | De la oración de Cristo resucitado, de la intercesión de del amor de Cristo, y del beneplácito infinito, la misericordia inagotable de Dios, una lluvia de su propio amor llega sobre los discípulos constituyendo así formalmente es pueblo que somos nosotros, la Iglesia. | ||
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| + | De este modo, la fiesta de la antigua Ley queda renovada, porque hay una Ley nueva, una Ley que supera a la antigua, porque ya no está afuera de nosotros como palabra que leemos y tenemos que cumplir, sino adentro de nosotros como amor que nos mueve, que nos hace gustar el bien, rechazar el mal y buscar, en todas todas las cosas, con suavidad y con beneplácito, con gusto, con prontitud, la obra de Dios y la gloria de Dios. | ||
Revisión del 17:20 28 abr 2008
Fecha: 19990523
Título:
Original en audio: 9 min. 59 seg.
Queridos Hermanos:
¡Alegrémonos en esta fiesta de Pentecostés!
Era esta una fiesta que ya existía en el pueblo judío. En su origen remoto se confunde con la fiesta llamada de los tabernáculos, fiesta en que los judíos recordaban cómo habían peregrinado por el desierto y habían vivido en tiendas de campaña.
Pero luego la fiesta tomó un aspecto nuevo, pasó a indicar la alegría que el pueblo judío tenía por haber revivido la Ley de Dios. "Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero" (véase Salmo 119,105), dice un salmo.
La Ley de Dios no es una imposición de Dios, sino una luz que el Creador regala al pueblo de Israel para guiarlo por el camino. Y esta luz, que lleva al pueblo a la alegría de crecer en la presencia de Dios, esta luz de la Ley era celebrada en la fiesta de Pentecostés.
Pues precisamente, reunidos en oración los discípulos por mandato de Cristo, claman al Padre Celestial que cumpla la promesa que ha hecho. Una promesa que los discípulos conocían, porque el mismo Cristo les había dicho que iban a ser bautizados en Espíritu Santo y en fuego, y también les había dicho que Él les iba a enviar otro Paráclito, porque el primer Paráclito es Cristo, les iba a enviar otro Paráclito para que les diera fortaleza, les diera luz para que estuviera en ellos y con ellos.
Y fue precisamente en la fiesta de Pentecostés, cuando los israelitas celebraban la Ley, fue en esa fiesta cuando Cristo quiso cumplir la promesa, cuando la oración de Cristo Resucitado en favor de su pueblo, produce una lluvia de bendiciones y provoca esta maravillosa escena que hemos escuchado en la primera lectura.
De la oración de Cristo resucitado, de la intercesión de del amor de Cristo, y del beneplácito infinito, la misericordia inagotable de Dios, una lluvia de su propio amor llega sobre los discípulos constituyendo así formalmente es pueblo que somos nosotros, la Iglesia.
De este modo, la fiesta de la antigua Ley queda renovada, porque hay una Ley nueva, una Ley que supera a la antigua, porque ya no está afuera de nosotros como palabra que leemos y tenemos que cumplir, sino adentro de nosotros como amor que nos mueve, que nos hace gustar el bien, rechazar el mal y buscar, en todas todas las cosas, con suavidad y con beneplácito, con gusto, con prontitud, la obra de Dios y la gloria de Dios.