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Revisión del 03:06 27 ene 2008
Fecha: 20060316
Título: Los frutos de cultivar la conciencia y la oración
Original en audio: 16 min. 35 seg.
A veces uno piensa que la conversión es el fruto de los prodigios, los milagros: por ejemplo, que un muerto resucite. El rico razonaba de esa manera. Él decía: "Pues si a mis hermanos, que llevan la misma vida que yo antes llevaba, se les aparece un muerto, eso los tiene que cambiar" (véase San Lucas 16,27-30). Y Jesús sin embargo dice: "Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto" (véase San Lucas 16,31).
Esto confirma lo que ya oímos en la primera lectura: que el corazón humano es muy extraño. Y yo sé que eso es así, porque en otras oportunidades he contado esta historia que me sucedió. Este es un hombre ateo, profesor universitario, con el que tuvimos unas largas conversaciones, precisamente por el ateísmo de él. No creía en nada, y finalmente yo no pude convencerlo.
Él siguió en su ateísmo, pero pasó una cosa interesante. Tenía una niña pequeña y me dijo: "¿Usted le podría dar una bendición a la niña?" Por supuesto que esa es una contradicción; de ahí que la primera lectura diga: "¿Quién entenderá el corazón humano?" (véase Jeremías 17,9). ¿Cómo le dice a un sacerdote que bendiga a la niña?
Entonces vamos al cuarto de la niña ya tarde en la noche, porque las conversaciones eran largas. Hago yo una pequeña oración, una cosa más bien breve, y después él me cuenta, que mientras estábamos haciendo la oración, él vio como una especie de anillo de luz, como una cosa luminosa que bajaba sobre la cuna de la bebita.
Claro, yo esperé que él dijera: "¡Ahora creo en Dios!" Pero lo que dijo fue: "¡Qué cosa tan rara! Yo nunca había visto que pasara eso." No dijo: "Yo creo en Dios", y hasta donde llegan mis noticias, el hombre sigue ateo.
O sea que el corazón humano es extraño. Uno puede ver cosas maravillosas, como ese hombre ateo vio ese anillo de luz que yo ni siquiera vi, y uno puede ser terco, uno puede ser obstinado.
Aunque la evidencia grita que Dios existe y es amoroso, es santo y es grande, uno puede ser obstinado. Aunque la evidencia grita, que hay que cuidar a la familia, que hay que proteger al amor humano, que hay que cuidar a los niños y que hay que respetar la vida, el corazón humano es obstinado.
Y hay gente que sigue diciendo que se puede hacer cualquier cosa, que hay que dar plena libertad, con tal de que cada uno sepa qué es lo que está haciendo. Se está destruyendo el matrimonio, se está destruyendo la familia, la evidencia es clara, y sin embargo somos obstinados. El corazón humano es extraño.
El corazón humano es extraño, porque puede ser obstinado, puede resistirse. El mismo Jesús se encontró con eso. En una ocasión curó a un hombre que tenía una mano tiesa. Lo curó en una sinagoga. Una persona que visiblemente había estado paralizada por tantos años, y Jesús la cura. Eso sería como para convertirse. Pero los adversarios de Jesús sacaron una conclusión: "Hay que deshacerse de este tipo porque está haciendo muchos milagros".
Y ustedes recuerdan a otro Lázaro; -hoy se mencionó un Lázaro en el evangelio-; hay otro Lázaro, que fue el que había muerto y Jesús lo resucitó, en el sentido de volverlo a esta vida. Eso está en el capítulo once del evangelio de Juan.
Y usted sabe una cosa; en ese mismo evangelio leemos, que hubo gente que sacó una conclusión: "Este es el Mesías, el Hijo del Dios vivo" (véase San Juan 11,45). Pero otros sacaron otra conclusión: "Hay que matar a Jesús" (véase San Juan 11,47-53), y "hay que rematar a Lázaro, hay que rematar al que acaban de resucitar, porque si sigue por ahí vivo, la gente va a recordar que él fue resucitado; hay que matar al que acaban de resucitar" (véase San Juan 12,10-11).
Hermanos, eso demuestra que el corazón humano puede ser terco, puede ser obstinado. Pero hay una buena noticia. Uno también puede ser obstinado en afirmar que Dios es. Así como uno puede ser obstinado en el mal, uno puede ser obstinado en el bien.