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El calendario dice 1998-1999. ¿Quién inventa un calendario, en el que se muestre el grado de santidad de la humanidad? ¿Quién se inventará un calendario, en que se lleven las cuentas de cuál es nuestro verdadero avance en el retorno de Cristo? Esas son las calendas que importan; ese es el calendario que realmente interesa. Y en ese calendario todos nosotros tenemos una responsabilidad que nos avergüenza.
 
El calendario dice 1998-1999. ¿Quién inventa un calendario, en el que se muestre el grado de santidad de la humanidad? ¿Quién se inventará un calendario, en que se lleven las cuentas de cuál es nuestro verdadero avance en el retorno de Cristo? Esas son las calendas que importan; ese es el calendario que realmente interesa. Y en ese calendario todos nosotros tenemos una responsabilidad que nos avergüenza.
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Un sólo Santo, el Santo de Dios, Jesucristo, marcó de tal manera, hundió de tal manera la señal de la Cruz en la historia de los hombres, que ha cambiado la numeración de los años y de los siglos. Pero detrás de Él, con la gracia de Él y junto a Él, todos nosotros tenemos que hundir nuestra propia señal, tenemos que enarbolar nuestra propia cruz como señal de victoria, para que la historia humana pueda avanzar hacia esa plenitud cuando Cristo vuelva.
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Y porque eso no lo hemos vivido en plenitud, por eso nosotros, si somos lúcidos, si somos sensatos, sentimos dolor. Se extrañaba la gente de ver a Catalina de Siena gemir, llorar y clamar perdón, porque ella sentía que estaba deteniendo la Iglesia.
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Ella, que iba adelante de todos nosotros, ella, que iba corriendo, que iba presurosa tras de Jesús, ella, que en cierto sentido obligó con sus lágrimas, oraciones, consejos, pero sobre todo con su amor, a la Iglesia a recuperar, podríamos decir, algo de su vocación original, ella sentía que estaba frenándola.
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Y los otros que le rodeaban, pensaban como tal vez han pensado algunos de los lectores de la Santa: "Esta mujer está exagerando. ¿De qué se tiene que confesar? ¿Qué culpas podrá tener? Tampoco es para tanto".
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Oía a un predicador, que desde luego con eso me hirió peor que con cualquier otra cosa que me hubiera hecho, que dijo, que eso se trataba de histerias. He tenido la dicha de conocer a Catalina de Siena, y he tenido la desdicha de conocer algunas histerias. Y creo que se pueden diferenciar bastante bien.
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La histeria es un sobrecentramiento, es un reconcentramiento en el estado emocional, o mental, o sentimental de la persona. La persona histérica está reconcentrada en sí. Catalina no estaba concentrada en sí. Su centro, el único, en el que ella podía reconcentrarse era Jesucristo.
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Y precisamente, porque estaba reconcentrada en la radicalidad fantástica del amor de Jesucristo, porque allí tenía enclavada y enarbolada su propia cruz, por eso se daba cuenta de su imperfección.
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Ella no estaba dándonos ejemplo, como dice piadosamente un biógrafo de la Santa, cuando a las puertas de la muerte hacía confesión de que era una gran pecadora. ¡No! Ella no estaba dándonos ejemplo, para que también nosotros, aunque ella no hubiera hecho nada, aprendiéramos.
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Efectivamente, si algo le comunica Cristo a los Santos, es un sentido profundo de la verdad Y sí, ella es una gran pecadora redimida por Jesucristo, lo cual hace que no haya palabras en el diccionario para describir lo que soy yo. ¡Sí! Ella es una gran pecadora; si ella lo dijo, es que es así. Entonces, ¿yo qué soy? Pues no habrá un nombre para decir lo que yo soy; seguramente debo ser demasiado terrible. Pero lo que ella dijo, eso es así, y yo creo que ahí había una luz del Espíritu Santo, que estaba obrando en ella.
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''De modo que el paso de los años nos invita, nos reclama, nos exige un corazón distinto, un corazón, que haga que el calendario no avance solamente en las hojas que caen, en las estaciones que se repiten, en las noticias que vuelven uno y otro día. Debe ser un calendario, en el que se pueda proclamar que está cerca el Señor, que Jesús está cerca.''
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Y en este sentido, la primera lectura inmediatamente golpea con una campanilla en nuestros oídos: "Hijos míos, es el momento final" (''véase'' 1 Juan 2,18) ¡Qué bien está escogida esta lectura para un 31 de diciembre! ¡Es el momento final! Hoy como que esa expresión alcanza con sus ecos zonas muy recónditas del corazón. ¡Es el momento final! Tendremos que dejar ya para siempre este año. Así como está, lo mejor que podemos hacer es entregarlo a la misericordia de Dios.
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"Es el momento final" (''véase'' 1 Juan 2,18). Pero de inmediato vienen a nuestra mente el recuerdo de otros textos de la Escritura, que también hablan del momento final. Dice por ejemplo la Carta a los Hebreos: "En estos tiempos, que son los últimos, Dios nos ha hablado por su Hijo" (''véase'' Carta a los Hebreos 1,2). Estos dos escritos pertenecen al siglo primero. Nos separan de estos escritos muchos años, 1800 años, o algo así. Llevamos 1800 años del momento final; llevamos 1800 años de los últimos tiempos.

Revisión del 03:02 31 dic 2007

Fecha: 19981231

Título: La misericordia de Dios prolonga los ultimos tiempos

Original en audio: 21 min. 22 seg.


Como la cuenta de los años tiene su referencia precisamente en el nacimiento de Cristo, podemos decir, que esa cifra, que ese número ya nos dice algo: 1998 se despide, se abre 1999. Números pequeños frente a los años de la tierra, frente a los años del universo, números despreciables frente al cosmos, y sin embargo ya demasiado largos para la vida de los hombres.

Números a la vez grandes y pequeños, números que nos recuerdan, cómo el nacimiento de Cristo ha marcado la historia de la humanidad, pero que también nos entristecen. Primero, porque Cristo no ha vuelto, y segundo, porque si la historia ha quedado marcada en sus números, cómo quisiéramos que hubiera quedado marcada también en sus hombres y mujeres, en sus países, en sus costumbres.

Y hay tantas costumbres, tantos países, tantos hombres y tantas mujeres, que no están así marcados por Jesucristo. Cristo, que marcó con su nacimiento la historia de los hombres, Cristo, quisiéramos que así también marcara cada corazón, porque todas las vidas fueron creadas por Él y para Él, porque todas las culturas tienen su origen exactamente en la vida racional y espiritual, que sólo Dios puede conceder.

Porque anhelamos el día que todas las lenguas, todos los idiomas, todas las razas se congreguen, y celebren el triunfo del Cordero. Y como eso no ha sucedido todavía, cada cifra que le agregamos al calendario, nos recuerda nuestra propia responsabilidad.

Al hacer el examen de nuestra conciencia, un año más que termina, tenemos todos que acusarnos. Somos responsables en cierto sentido, en alguna medida, de que la historia humana no esté más marcada por Jesucristo.

Las almas verdaderamente santas, aquellas que estaban incendiadas y consumidas por el amor de Dios, llegaron a comprender en ciertos momentos lúcidos, su terrible responsabilidad.

Porque la historia ha quedado marcada por Jesucristo, el Santo de Dios. Y desde ese acontecimiento, sabemos que el ritmo de la historia no lo marcan las vueltas que la tierra dé sobre sí misma o en torno al sol. La tierra marcha a ritmo de santidad. La historia camina a ritmo de santidad. Las personas que realmente cambian el rumbo de la historia, y Cristo lo muestra con el número de los años, son las personas santas.

Porque la santidad es ese beso y ese abrazo entre el Cielo y la tierra. Y cada vez que el Cielo besa la tierra, la cambia y la hace florecer. La justicia y la paz se besan. El día del nacimiento de Jesucristo, los Ángeles cantaban: "Gloria a Dios en el Cielo y paz en la tierra" (véase San Lucas 2,14). En ese momento estaban tan cerca; los Ángeles podían hablarle a los pastores.

Esto es lo que hace cada santo. Cada santo une en una misma danza, el Cielo y la tierra. Cada santo pone a conversar a los bienaventurados del Cielo con los desdichados de la tierra. Y entonces los desdichados, ¿qué hacen? Como los pastores, se ponen en movimiento. Los santos son los que marcan el ritmo de la historia.

El calendario dice 1998-1999. ¿Quién inventa un calendario, en el que se muestre el grado de santidad de la humanidad? ¿Quién se inventará un calendario, en que se lleven las cuentas de cuál es nuestro verdadero avance en el retorno de Cristo? Esas son las calendas que importan; ese es el calendario que realmente interesa. Y en ese calendario todos nosotros tenemos una responsabilidad que nos avergüenza.

Un sólo Santo, el Santo de Dios, Jesucristo, marcó de tal manera, hundió de tal manera la señal de la Cruz en la historia de los hombres, que ha cambiado la numeración de los años y de los siglos. Pero detrás de Él, con la gracia de Él y junto a Él, todos nosotros tenemos que hundir nuestra propia señal, tenemos que enarbolar nuestra propia cruz como señal de victoria, para que la historia humana pueda avanzar hacia esa plenitud cuando Cristo vuelva.

Y porque eso no lo hemos vivido en plenitud, por eso nosotros, si somos lúcidos, si somos sensatos, sentimos dolor. Se extrañaba la gente de ver a Catalina de Siena gemir, llorar y clamar perdón, porque ella sentía que estaba deteniendo la Iglesia.

Ella, que iba adelante de todos nosotros, ella, que iba corriendo, que iba presurosa tras de Jesús, ella, que en cierto sentido obligó con sus lágrimas, oraciones, consejos, pero sobre todo con su amor, a la Iglesia a recuperar, podríamos decir, algo de su vocación original, ella sentía que estaba frenándola.

Y los otros que le rodeaban, pensaban como tal vez han pensado algunos de los lectores de la Santa: "Esta mujer está exagerando. ¿De qué se tiene que confesar? ¿Qué culpas podrá tener? Tampoco es para tanto".

Oía a un predicador, que desde luego con eso me hirió peor que con cualquier otra cosa que me hubiera hecho, que dijo, que eso se trataba de histerias. He tenido la dicha de conocer a Catalina de Siena, y he tenido la desdicha de conocer algunas histerias. Y creo que se pueden diferenciar bastante bien.

La histeria es un sobrecentramiento, es un reconcentramiento en el estado emocional, o mental, o sentimental de la persona. La persona histérica está reconcentrada en sí. Catalina no estaba concentrada en sí. Su centro, el único, en el que ella podía reconcentrarse era Jesucristo.

Y precisamente, porque estaba reconcentrada en la radicalidad fantástica del amor de Jesucristo, porque allí tenía enclavada y enarbolada su propia cruz, por eso se daba cuenta de su imperfección.

Ella no estaba dándonos ejemplo, como dice piadosamente un biógrafo de la Santa, cuando a las puertas de la muerte hacía confesión de que era una gran pecadora. ¡No! Ella no estaba dándonos ejemplo, para que también nosotros, aunque ella no hubiera hecho nada, aprendiéramos.

Efectivamente, si algo le comunica Cristo a los Santos, es un sentido profundo de la verdad Y sí, ella es una gran pecadora redimida por Jesucristo, lo cual hace que no haya palabras en el diccionario para describir lo que soy yo. ¡Sí! Ella es una gran pecadora; si ella lo dijo, es que es así. Entonces, ¿yo qué soy? Pues no habrá un nombre para decir lo que yo soy; seguramente debo ser demasiado terrible. Pero lo que ella dijo, eso es así, y yo creo que ahí había una luz del Espíritu Santo, que estaba obrando en ella.

De modo que el paso de los años nos invita, nos reclama, nos exige un corazón distinto, un corazón, que haga que el calendario no avance solamente en las hojas que caen, en las estaciones que se repiten, en las noticias que vuelven uno y otro día. Debe ser un calendario, en el que se pueda proclamar que está cerca el Señor, que Jesús está cerca.

Y en este sentido, la primera lectura inmediatamente golpea con una campanilla en nuestros oídos: "Hijos míos, es el momento final" (véase 1 Juan 2,18) ¡Qué bien está escogida esta lectura para un 31 de diciembre! ¡Es el momento final! Hoy como que esa expresión alcanza con sus ecos zonas muy recónditas del corazón. ¡Es el momento final! Tendremos que dejar ya para siempre este año. Así como está, lo mejor que podemos hacer es entregarlo a la misericordia de Dios.

"Es el momento final" (véase 1 Juan 2,18). Pero de inmediato vienen a nuestra mente el recuerdo de otros textos de la Escritura, que también hablan del momento final. Dice por ejemplo la Carta a los Hebreos: "En estos tiempos, que son los últimos, Dios nos ha hablado por su Hijo" (véase Carta a los Hebreos 1,2). Estos dos escritos pertenecen al siglo primero. Nos separan de estos escritos muchos años, 1800 años, o algo así. Llevamos 1800 años del momento final; llevamos 1800 años de los últimos tiempos.