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Revisión del 02:14 31 dic 2007
Fecha: 19981231
Título: La misericordia de Dios prolonga los últimos tiempos
Original en audio: 21 min. 22 seg.
Como la cuenta de los años tiene su referencia precisamente en el nacimiento de Cristo, podemos decir, que esa cifra, que ese número ya nos dice algo: 1998 se despide, se abre 1999. Números pequeños frente a los años de la tierra, frente a los años del universo, números despreciables frente al cosmos, y sin embargo ya demasiado largos para la vida de los hombres.
Números a la vez grandes y pequeños, números que nos recuerdan, cómo el nacimiento de Cristo ha marcado la historia de la humanidad, pero que también nos entristecen. Primero, porque Cristo no ha vuelto, y segundo, porque si la historia ha quedado marcada en sus números, cómo quisiéramos que hubiera quedado marcada también en sus hombres y mujeres, en sus países, en sus costumbres.
Y hay tantas costumbres, tantos países, tantos hombres y tantas mujeres, que no están así marcados por Jesucristo. Cristo, que marcó con su nacimiento la historia de los hombres, Cristo, quisiéramos que así también marcara cada corazón, porque todas las vidas fueron creadas por Él y para Él, porque todas las culturas tienen su origen exactamente en la vida racional y espiritual, que sólo Dios puede conceder.
Porque anhelamos el día que todas las lenguas, todos los idiomas, todas las razas se congreguen, y celebren el triunfo del Cordero. Y como eso no ha sucedido todavía, cada cifra que le agregamos al calendario, nos recuerda nuestra propia responsabilidad.
Al hacer el examen de nuestra conciencia, un año más que termina, tenemos todos que acusarnos. Somos responsables en cierto sentido, en alguna medida, de que la historia humana no esté más marcada por Jesucristo.
Las almas verdaderamente santas, aquellas que estaban incendiadas y consumidas por el amor de Dios, llegaron a comprender en ciertos momentos lúcidos, su terrible responsabilidad.
Porque la historia ha quedado marcada por Jesucristo, el Santo de Dios. Y desde ese acontecimiento, sabemos que el ritmo de la historia no lo marcan las vueltas que la tierra dé sobre sí misma o en torno al sol. La tierra marcha a ritmo de santidad. La historia camina a ritmo de santidad. Las personas que realmente cambian el rumbo de la historia, y Cristo lo muestra con el número de los años, son las personas santas.
Porque la santidad es ese beso y ese abrazo entre el Cielo y la tierra. Y cada vez que el Cielo besa la tierra, la cambia y la hace florecer. La justicia y la paz se besan. El día del nacimiento de Jesucristo, los Ángeles cantaban: "Gloria a Dios en el Cielo y paz en la tierra" (véase San Lucas 2,14). En ese momento estaban tan cerca; los Ángeles podían hablarle a los pastores.
Esto es lo que hace cada santo. Cada santo une en una misma danza, el Cielo y la tierra. Cada santo pone a conversar a los bienaventurados del Cielo con los desdichados de la tierra. Y entonces los desdichados, ¿qué hacen? Como los pastores, se ponen en movimiento. Los santos son los que marcan el ritmo de la historia.
El calendario dice 1998-1999. ¿Quién inventa un calendario, en el que se muestre el grado de santidad de la humanidad? ¿Quién se inventará un calendario, en que se lleven las cuentas de cuál es nuestro verdadero avance en el retorno de Cristo? Esas son las calendas que importan; ese es el calendario que realmente interesa. Y en ese calendario todos nosotros tenemos una responsabilidad que nos avergüenza.