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Revisión del 22:29 28 dic 2007

Fecha: 20000115

Título: Recibir la misericordia de Cristo con todas sus implicaciones

Original en audio: 6 min. 53 seg.


Son de inmenso consuelo para nosotros las palabras que nos regala el evangelio de hoy. Pero así como son de consoladoras, así son de comprometedoras.

Sumergirse en el torrente del amor de Cristo es delicioso, cuando es uno el que se va a bañar. Pero abrir espacio para que otros se bañen en el mismo torrente, eso cuesta trabajo.

Y sin embargo, no tenemos nosotros derecho a pedir tanta misericordia para nosotros y a ser tan duros, tan estrictos, tan difíciles para nuestros hermanos. La misma misericordia que tú necesitas, la necesita tu hermano. Y el mismo Cristo, que por misericordia te perdona, perdona a tu hermano.

Ahí se oyó demasiado amable; vamos a ponerlo más drástico. El mismo Cristo que te perdona a ti, perdona a tu enemigo, perdona a tu rival, perdona a tu competencia, perdona al que a ti te fastidia.

¿Estás dispuesto a recibir un tamaño de misericordia como éste del que nos habló el evangelio de hoy, una misericordia expresamente abierta y ofrecida para los más sucios, para los más pobres, para los excluidos? "Claro que estoy dispuesto, porque soy de ese grupo". ¿Y eres el único? "No, conmigo hay mucha gente, pero el único que tiene derecho a entrar soy yo". Es absurda esta posición.

Por eso la blandura, la ternura de Cristo, es al mismo tiempo la exigencia de Cristo. En todo lo que nosotros veamos que Cristo es exigente, lo es, porque es misericordioso. Y en todo lo que veamos que Cristo es misericordioso, hay también una exigencia para nosotros.

La exigencia que Cristo trae a nuestras vidas, no es ajena a nuestras necesidades, sino que más bien brota del amor que Él tiene por nosotros, los necesitados. La misericordia de Jesucristo es el gran consuelo nuestro, pero también es la inmensa responsabilidad que llega a nuestras vidas.

No puedo yo recibirle la misericordia a Cristo, y cerrarle las manos. No puedo acogerle el amor a Cristo, y decirle: "Ya no ames a nadie más". Entonces, ¿qué hago? ¿Me quedo con ese amor que es lo único que necesito, o recibo ese amor, y le doy permiso a Él, a que ame a los que a mí poco me importan, poco me gustan, o contra los que tengo tantas cosas?

Este es el drama del llamado que nos hace Jesucristo en este día. ¿Cómo negarse uno a esa palabra: "Sígueme" ?(véase San Marcos 2,14). Pero fíjate lo que viene inmediatamente: "De entre los muchos que lo seguían..." (véase San Marcos 2,15). "¡Ah! Entonces no voy a ser el único".

¡Sígueme! Pero "sígueme" es, "sígueme con los otros". "No voy a ser el único". "Sígueme" es, "sígueme con los que tienen faltas como las tuyas, peores que las tuyas, más leves que las tuyas". Seguir a Cristo es entrar en la multitud de los cristianos. ¡Qué hacemos!

El corazón humano es tan retorcido, que es capaz incluso de imaginar esos absurdos: "Rico seguir a Jesús. ¡Ah! Pero, qué pereza con esas chichoneras que se forman en el seguimiento de Cristo". "Hermoso seguir a Jesucristo, pero realmente con esos acompañantes...".