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Revisión del 20:05 19 dic 2007
Fecha: 19971231
Título: Un día para meditar
Original en audio: 10 min. 24 seg.
Treinta y uno de diciembre, final del año; realmente es el final. ¡Qué tan distinto es este día de los otros días!
Para muchas personas este día y esta noche, no se diferencian mucho de los demás días y de las demás noches. Los medios de comunicación, por ejemplo, la radio o la televisión, algunas veces entrevistan a personas que por su oficio, tienen que vivir este día de una manera, diríamos rutinaria, semejante a los demás días.
Personas que atienden servicios de comida de veinticuatro horas, o agentes de policía, o celadores, y otras personas, ellos dicen: "Se trata de un día como los demás días".
Y eso es cierto. Por lo menos es cierto en parte. Pero también es verdad, que es bueno que haya días que nos recuerden que los días están pasando.
Es bueno que en medio de la corriente de los días, haya algunos que nos recuerden que los días corren. Y ese es el bien, y esa es la gracia propia de una fecha como esta.
Igual sale el sol, igual se oculta el sol. Igual hace calor, o hace frío; igual pasa y termina; igual tiene veinticuatro horas.
¡Sí! Pero aquellas convenciones que son parte del ser humano, en la medida en que pertenece a una sociedad, estos días nos ayudan a recordar, a pensar, a meditar.
Y estos verbos, ¡cuán útiles resultan para un cristiano! ¡Pensar! Pensar que la vida pasa, ese es un pensamiento saludable. Saber que no somos infinitos, ese es otro pensamiento saludable.
Saber que llegará un día último para cada uno de nosotros, ese es un pensamiento saludable. Y por nombrar un último pensamiento saludable, recordar aquellas personas que hace un año estaban con nosotros y ya no están, eso también le hace bien al corazón.
Porque todo esto nos habla de nuestra finitud, y todo esto nos invita a tomar en serio nuestro proceder en esta vida, como dice en algún lugar la Sagrada Escritura.
Pero además de este primer pensamiento, hay otros que nos pueden servir. Por ejemplo, los años son vueltas de la tierra alrededor del sol. La palabra año en latín significa precisamente eso, un círculo, una vuelta. Es decir, que nuestro viejo planeta le ha dado otra vuelta al sol.
Y de aquí, de pronto podemos construir alguna alegoría para nosotros. Porque la tierra da vueltas sobre sí misma, y de ahí resultan los días. De este modo, mientras la tierra da vueltas sobre sí misma, el sol recorre todas las regiones de la tierra.
Pero cuando es la tierra la que da vueltas alrededor del sol, es decir, en el proceso de los años, es la tierra la que recorre por así decirlo, todos los aspectos, todas las fases del sol.
Y esto es bonito, porque estos dos movimientos tendrían que darse en el corazón humano. Lo mismo que la tierra, también yo tengo que acostumbrarme a mostrarle al Sol, que es Dios, todas las fases de mi vida, todas las áreas, todas las regiones, todos los continentes, abismos y cordilleras, valles y llanuras.
Cada uno de nosotros quizás se puede comparar de alguna manera con un planeta. ¡Quién no tiene sus desiertos! ¡Quién no tiene montañas de entusiasmo, abismos de depresión! Nosotros somos como un planeta, y ese planeta en el paso de los días, tiene que acostumbrarse a mostrarse ante Dios, para que Dios, que es como el sol, ilumine todo lo que yo soy. Esos son los días.
Pero en el año, lo que hace la tierra es darle la vuelta al sol; es ella la que recorre al sol, la que le da la vuelta.
Y eso también lo puede aplicar el cristiano. No sólo es bueno y saludable que Dios me conozca en todas mis regiones, sino que yo mismo he de empeñarme en darle la vuelta a Él, y también yo recorrer sus misterios. Que Él conozca mi vida, y que yo conozca sus misterios, esto es bello.