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Revisión del 22:54 25 nov 2007
Fecha: 20061212
Título: Nuestra Hermana en el camino de la fe
Original en audio: 13 min. 17 seg.
María sobresale por muchas razones. Dice Isabel: "Bendita tú entre las mujeres" ( véase San Lucas 1,42 ); es como diciendo que Ella es única entre todo el género femenino.
Y sabemos que lo que la Iglesia enseña de la Santísima Virgen es muy grande, y es también único. Pero al mismo tiempo, es importante ver a María, no solamente frente a nosotros, o arriba de nosotros; es importante verla como a uno de los nuestros.
A mí me gusta mucho, que uno de los antiguos grandes predicadores de la Iglesia, llamado Atanasio, San Atanasio, llama a María Nuestra Hermana. Estamos acostumbrados a mirar a María como Nuestra Madre. Pero la Iglesia es muy rica en su enseñanza, y quiere que la miremos como madre ciertamente, pero también que la miremos como hermana, como compañera en el camino de la fe.
Y además, si pensamos, por ejemplo, en la Fiesta del Nacimiento de la Virgen, quiere que la miremos como niña, y en cierta manera, que la adoptemos, que adoptemos a la Virgen Niña en nuestros hogares. María es bendita entre las mujeres, y en ese sentido, todo lo femenino puede ser bendecido por el paso de María.
Hoy quiero hacer una pequeña reflexión con ustedes sobre lo que significa esto de María como hermana nuestra, compañera en nuestro mismo camino. Miremos en este pasaje que hemos oído en esta Fiesta tan bella de Nuestra Señora de Guadalupe, cuál es la razón por la que Isabel la felicita. La felicita porque ha creído: "Dichosa tú que has creído" ( véase San Lucas 1,45 ). Es el don de la fe lo que destaca Isabel en su felicitación.
Y la fe no es un privilegio de María. La fe la comparte Ella con todos nosotros. También Ella tuvo que pasar por "tremendas oscuridades, por difíciles penumbras, pasajes oscuros", como dice el Salmo 23 ( véase Salmo 23,4 ).
La fe: caminar a oscuras mirando sólo un paso a la vez, sólo un día a la vez, descubriendo el querer, la voluntad del Señor paso a paso, y muchas veces sin tener una respuesta; muchas veces sin poder comprender.
El mismo Evangelista Lucas, que nos regaló este texto que hemos oído, dice en estos mismos capítulos del comienzo de su obra, que "María guardaba las cosas en su Corazón" (véase San Lucas 2,51), y también dice que "no entendían, no podían entender muchas cosas" ( véase San Lucas 2,50 ).
Ella tenía que caminar más por la fe que por la claridad. Y en eso también se parece a nosotros; en eso también va a nuestro lado.
Para mí es un gran alivio saber que Ella no entendía todo. A mí me gusta mucho saber eso: que Ella no entendía todo, que no podía comprenderlo todo, que tenía que esconder muchas cosas allá en el fondo de su Corazón, esperando cuándo Dios le abriría el sentido.
"¿Qué quiere decir esto? ¿Por qué se nos perdió el Niño allá en Jerusalén? ¿Por qué obra así? ¿Por qué hace esto?"
María, que no entiende, María, que espera, que aguarda la claridad, es también María de la humildad, María del silencio, María de la esperanza, y María de la oración. Y en cada una de estas palabras, María es hermana nuestra.
También nosotros muchas veces, no tenemos una respuesta ante muchas cosas, y nuestra única posibilidad es, como Ella, callar, guardar en el corazón, darle una oportunidad a Dios para que se explique en otro momento.
Sobre todo cuando María contempla con ojos cargados de dolor, pero cargados de fe, la muerte de su propio Hijo, sobre todo en ese momento del Calvario, María nos parece tan cercana. ¿Qué podía entender Ella ahí? Como mujer, como creyente, como madre, ¿qué podía entender Ella ahí, sino que le estaban despedazando sus entrañas?
Y sin embargo, Ella permanece de pie junto a la Cruz, Y en eso no sólo nos da un testimonio, sino que también nos acompaña. Porque muchas veces lo único que podemos hacer cuando se abalanzan tantos dolores a nuestra vida, es permanecer en silencio, como el que aguanta un castigo, como el que soporta un dolor ímprobo. Nos toca ahí sostenernos, aguantarnos, pero también ahí, Ella es nuestra hermana, nuestra compañera en el caminar.
Y María es compañera también, porque Ella es salvada. Ella puede hacer mucho por nosotros; es verdad: con su ejemplo, con su enseñanza, con su intercesión. Pero no se nos olvide nunca que Ella es salvada, Ella es redimida.
Una piedad mariana mal entendida, quiere presentar a la Virgen como si nunca hubiera sido salvada. María fue salvada. Lo que sucede, como ya decíamos en otra enseñanza, es que Dios a unos, los salva levantándolos, y a otros, los salva no dejándolos caer. Y María fue salvada sin caer, pero fue salvada.
Y ser salvada significa, que es únicamente desde Dios, es únicamente desde la compasión de Dios, es únicamente desde la gracia de Dios como podemos entender su vida, como podemos reconocerla en la pureza, en la santidad, en la hermosura sin mancha que tiene ante Él.
Ella es salvada como nosotros somos salvados. Es hermoso hacer estas reflexiones, hermanos, y reconocer que los misterios de María son los misterios del cristiano, incluso en el hecho de su embarazo. También nosotros tenemos que concebir a Cristo, y San Agustín explica: "Más importante que haberlo concebido en el seno, es haber aceptado la Palabra en su Corazón, y haberla creído con fe."
Ciertamente, nosotros no tenemos la experiencia de un Jesús que crezca físicamente en nuestro seno, pero sí tenemos la misma experiencia de Ella, de recibir una Palabra de Dios y de ser invitados a creer en esa Palabra, para que esa Palabra crezca. Yo creo en esa Palabra, para que la Palabra crezca. Y en ese sentido, también yo quiero que Jesús crezca dentro de mí, y tome posesión de mí.
¿Qué es convertirse? Es como aceptar la semilla de Dios en mi vida. Y ¿qué es madurar en la fe cristiana? Es como dejar que Jesús crezca dentro de mí, y tome posesión de mí, que se adueñe de mi casa, que se adueñe de mi tiempo, que se adueñe de mi corazón, que se adueñe de mi alegría.
Entonces todos tenemos que ser embarazados de Cristo, y que Jesús crezca en nosotros, que la experiencia de la presencia de Jesús adentro de nosotros, tome por completo posesión de lo que somos, así como tomó posesión de la vida de María.
Ella no vivió para otra cosa, Ella no tuvo otro encargo u otra misión, sino dar a Jesús. Y también aquí María es hermana nuestra.
De nosotros se espera que estemos como embarazados de Cristo, para que Él crezca en nosotros, pero además se espera que demos a luz a Cristo. Damos a luz a Cristo, cuando entregamos a ese Jesús a los hermanos. Damos a luz a Cristo, cuando lo que sale de nuestra boca es perdón y no maldición. Ahí estamos dando a luz a Cristo.
Damos a luz a Cristo, cuando lo que sale de nuestro corazón es caridad y no venganza. Damos a luz a Cristo, cuando lo que sale de nuestra vida es generosidad y no egoísmo.
Si en verdad, como María, hemos sido embarazados, si estamos llenos, si estamos colmados de la presencia de Jesús, y Él ha crecido en nosotros, y ha tomado posesión de todo, pues demos a luz a Cristo evangelizando, demos a luz a Cristo en las obras de compasión, de solidaridad, de justicia y de misericordia. Así damos a luz a Cristo.
Como ustedes se dan cuenta, mis hermanos, no hay misterio de la vida de María que no podamos aplicar a nuestra vida. Y en ese sentido, hacemos muy bien en considerarla como nuestra hermanita, como decía San Atanasio; incluso en el misterio de ser Inmaculada, como ya predicamos en otra ocasión.
Ella es la Inmaculada. Pero, ¿qué dice San Pablo en la Carta a los Efesios, capítulo primero? Que "Dios nos llamó para que fuéramos inmaculados en su presencia por el amor" ( véase Carta a los Efesios 1,4 ). Incluso en eso somos llamados.
"¡Ah! Pero Ella es asunta a los Cielos". Y ¿qué quiere decir que es asunta? Que está en cuerpo y alma en el Cielo. Y ¿cuál crees que será tu destino, hermano? En cuerpo y alma al Cielo: es que no hay otro destino para tí; es que no hay otro llamado para tí.
¡Ah! Pero tú dirás: "Un momento, padre, hay una excepción, porque la Iglesia tiene una fiesta en la que llama a María Reina del Universo, y a mí me parece que esa fiesta es como pura poesía, y que ya es como exageración". ¡Oh! ¡Qué poco conoces de la Biblia, hermano! ¿No has leído que San Pablo dice: "Y si padecemos con Él, reinaremos con Él"? ( véase 2 Timoteo 2,11-12 ; Carta a los Romanos 8,17 ).
¿Qué de raro tiene que la Iglesia diga que María es Reina, si nosotros también vamos a ser reyes? ¿Si nosotros también vamos a reinar con Jesús? Lo afirmamos ya de María, porque en Ella se ha realizado el Evangelio de modo singular y perfecto. Pero es también nuestro destino ser reyes con Jesús.
Somos un pueblo regio y sacerdotal. Estamos llamados a reinar con Jesús, estamos llamados a estar en cuerpo y alma en el Cielo, estamos llamados a ser inmaculados, estamos llamados a estar embarazados de Cristo, estamos llamados a dar a luz a Cristo, estamos llamados a ser como María, a vivir como Ella, a transmitir la alegría de Ella.
Una última palabra para los evangelizadores. Yo sé que este grupo, esta comunidad de oración es evangelizadora por vocación, por su mismo origen. ¡Qué hermosura ser evangelizadores como María! Que nuestra sóla presencia ya produzca alegría.
Tan llena estaba Ella de Jesús, aunque no se le veía, estaba Ella recién embarazada, tan llena estaba de la presencia del Verbo, que con su sólo saludo, ya comunicaba a Jesús, ya olía a Jesucristo; irradiaba a Jesucristo con el sólo saludo. Dice el texto aquí: "En cuanto Isabel oyó el saludo de María, la creatura saltó en su seno" ( véase San Lucas 1,41 ).
Ahora, ¿ustedes saben cuál es el saludo tradicional entre los hebreos? Shalom, el saludo de paz. Que esa sea nuestra evangelización: una exhalación, un perfume de paz que transmite a Jesús, y que hace que la gente que nos escucha diga: "Siento la presencia de Jesús, y salto de gozo como saltó Juan Bautista".
Que Dios, el Señor, por la intercesión de la Virgen en esta advocación de Guadalupe,nos conceda una vida cristiana, digna de este modelo, y nos haga evangelizadores como fue María sobre el monte Tepeyac.