Diferencia entre revisiones de «Cinco charlas de Mariologia (3 de 5)»

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Pero esto, si se exagera, si se sigue por esta misma línea, tiene consecuencias, porque entonces como que la gracia deja  de ser gracia. Es decir, si la salvación depende tanto del ser humano, si depende tan completamente de la respuesta humana, casi da la impresión de que esa salvación no es un regalo, sino que hasta cierto pinto es la conquista del ser humano, en esta caso la conquista de la mujer. Y así lo presenta realmente San Bernardo.
 
Pero esto, si se exagera, si se sigue por esta misma línea, tiene consecuencias, porque entonces como que la gracia deja  de ser gracia. Es decir, si la salvación depende tanto del ser humano, si depende tan completamente de la respuesta humana, casi da la impresión de que esa salvación no es un regalo, sino que hasta cierto pinto es la conquista del ser humano, en esta caso la conquista de la mujer. Y así lo presenta realmente San Bernardo.
  
Otra autora, Doctora de la Iglesia, es nuestra querida Catalina de Siena, la cual en su oración de la Anunciación sigue el estilo de Bernardo, -no sé si ella lo conocía o no-, pero sigue bastante el estilo de Bernardo, y se ve que ese era el tono y el tipo de las predicaciones, y hace esta reflexión: cómo Dios, -también ella se vuelve poetisa en ese momento-, cómo Dios toca a la puerta de la voluntad de María, y es la voluntad de María la que tiene que abrir la puerta.
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Otra autora, Doctora de la Iglesia, es nuestra querida Catalina de Siena, la cual en su oración de la Anunciación sigue el estilo de Bernardo, -no sé si ella lo conocía o no-, pero sigue bastante el estilo de Bernardo, y se ve que ese era el tono y el tipo de las predicaciones, y hace esta reflexión: cómo Dios, -también ella se vuelve poetisa en ese momento-, cómo Dios toca a la puerta de la voluntad de María, y es la voluntad de María la que tiene que abrir la puerta. Solo cuando Ella ha abierto la puerta, Dios realiza el milagro.
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Fíjate cómo hay una secuencia en esto. En la presentación que hacen los Padres de la Iglesia Latinos, empezando por San Agustín que es, por supuesto, el más sobresaliente de la antigüedad, aunque igual podríamos contra a Ambrosio y a otros, pero siguiendo a San Agustín, la mayor parte de los autores latinos nos van a presentar un papel supremamente preponderante, sobresaliente de María, casi hasta el extremo de presentar la salvación como un trabajo divino-humano.
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Mientras que para  los autores griegos, la abundancia de alegría, de salvación, de amor, de gracia que está en el saludo y que es, por supuesto, anterior a la respuesta de María, viene a ser como una especie de diluvio, algo así como una riada, algo así como una avalancha, y dentro de esa avalancha de amor, María se ve envuelta, y su sí viene a ser como una consecuencia apenas natural de saberse, de sentirse tan amada. María resulta mucho menos protagonista en la perspectiva griega.
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A su vez, esta diferencia, -fíjate que estos son como caminos divergentes, ¿no? Al principio, no parece que haya mucho, pero a medida que van pasando los siglos, uno se va dando cuenta que cada estilo se va consolidando a su propia forma. A su vez, en Occidente esto trae otra consecuencia, y es la exaltación de las virtudes de María, es decir, "si quiero que venga Dios tengo que ser como María".
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Y fíjate que aquí hay un problema. Tomemos esa frase: "Si quiero que venga Dios tengo que ser como María", eso nuevamente, por lo menos interpretado, muy, muy a la letra, lo que significa es que la gracia no es tan gracia, si es que tengo que ser como María para ver si viene Dios, entonces la venida de Dios no es un puro regalo, sino que hasta cierto punto es la contrapartida a la que Dios se vería obligado si el hombre hace su parte.
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Hay toda una espiritualidad mariana, o digamos, que toma el nombre o el manto de María, y que va por esa línea: "Tengo que ser como María para que venga Dios". Todavía en esa misma línea, si seguimos por los occidentales, viene otra consecuencia más en un lema que se ha utilizado mucho para la difusión del Santo Rosario y que proviene, si la historia no me engaña, proviene de Luis María Grignón de Montfort, en latín se dice: "Ad Iiesum per Mariam". Este lema está indicando que lo que está más cerca a nosotros es María y, a través de María, llegamos a Jesús.
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A través de le intercesión de María llegamos a Jesús, a través del rosario llegamos al Evangelio, a través de la imitación de las virtudes de María llegamos a ser merecedores de la gracia. Pero tomemos esa expresión nuevamente: "merecedores de la gracia". Cuando uno vuelve para atrás las páginas de la historia, y mira los grandes episodios de la gracia, ve que la gracia no es la respuesta a un mérito, sino es un principio para merecer. De hecho, a sí lo presenta Santo Tomás de Aquino, teólogo fino si los hay, ¿no?
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Santo Tomás no dice que la gracia es el premio a lo que se ha merecido, sino que la gracia es el principio que permite merecer. Sí que nos dice que hay un premio, pero ese premio no es la gracia, la gracia no es el premio, sino que la gracia es o que capacita para recibir el premio.
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Entonces este lema, con el debido respeto y amor a Luis María Grignión de Montfort, recibió bastante palo en las reflexiones de este Congreso, tanto desde el punto de vista doctrinal, como desde el punto de vista pastoral, como desde el punto de vista bíblico, es decir, por todas partes.

Revisión del 13:50 27 oct 2014


Sin cometer injusticia con otros ponentes y otros trabajos que recibimos en el Congreso de Teología, yo creo que uno de los más novedosos por su enfoque, por su metodología fue el de nuestro hermano dominico Boguslaw Kochaniewics. Este hombre es de la provincia de Polonia, y él tiene sus estudios en Teología Fundamental, en Teología Moral. Ha sido profesor en el Angelicum, en Roma, y también ahora es profesor en su propia provincia de origen. En Polonia, en Cracovia, los polacos tienen su estudio de Teología.

Bueno, el Padre Kochaniewics, relativamente joven, y su trabajó versó sobre el mismo versículo que tomamos varios otros, es decir, el versículo fundamental, tal vez, de la anunciación, aquello que dice el Evangelista Lucas cuando saluda a la Virgen el Arcángel San Gabriel, entonces tenemos la expresión: "Jáire, Kejaritoméne, jo Kýrius meta sú" Lucas 1,28.

Y esa expresión crucialmente está en griego. Digo que este asunto es crucial, porque vamos a encontrar una gran diferencia entre lo que nos dan los Padres de la Iglesia Griegos y lo que nos dan los Padres de la Iglesia Latina.

Para no perdernos, porque esto tiene muchos detalles, la idea fundamental es esta: el texto de Lucas está en griego, para los autores griegos el saludo "jáire" hay que tomarlo como significativo, no es un simple saludo, sino que ya en esa palabra hay un mensaje. Incluso algunos ven, desde el comienzo, desde que el Ángel entra en la presencia de María, el comienzo mismo de la Encarnación, ya Dios está obrando ahí.

Mientras que los latinos se encuentran con una traducción, obviamente, y para ellos "jáire" se traduce en "Ave", por eso el saludo: "Ave María, gratia plena, Dominus tecum". Entonces "jáire" se vuelve "Ave", ese "Ave", es un saludo bastante formal, un poco arcaico, en latí, y es solo eso, un saludo. Y por consiguiente, mucho del contenido que potencialmente estaba en el evangelio de Lucas, lo apreciaron los autores griegos, pero lo perdieron de vista los latinos. Esta es la idea central de la ponencia.

Que por simple vecindad de lengua, los Padres Griegos podían percibir resonancias en el texto de San Lucas, resonancias que se les escaparon a los Latinos. Los Latinos vieron en "Ave" casi solamente algo como ese neutro "Hola" que tenemos ahora en español. Si esta traducción la hubiera hecho algún español del siglo XXI, entonces hubiera dicho: "Hola, llena de gracia". Pero uno ve que ese "Hola" no dice nada, porque ese "Hola" solamente es como una manera de recibir la atención de la persona.

Ahí está la diferencia principal entre los Padres Griegos y los Padres Latinos.

Como los Latinos miraron el "ave" solamente como un saludo, entonces para ellos el momento decisivo se encuentra en la respuesta de María. Mientras que para los Griegos, como el anuncio ya empieza desde el saludo, ya el saludo es una efusión de gracia, ya el saludo es una efusión de amor, y por consiguiente es un principio de salvación.

Nos decía el Padre Bogouslaw que para los Latinos, y esto significa prácticamente para todo Occidente, al Encarnación solo sucede después del sí de María, y ese sí es el que viene a resultar determinante. No se niega el papel de la Virgen entre los autores griegos, pero para los griegos el sí de María en cierto sentido está precedido por una gracia, hay una gracia que precede a ese sí.

Esto tiene, a su vez, una importancia muy grande, y es que las virtudes de María y el papel de Ella, su individualidad, su personalidad, han sido mucho más destacados en Occidente. Recordemos solo dos textos muy famosos, uno, cuando San Bernardo describe el momento de la Encarnación con una poesía bellísima, con un lirismo sublime. Y en la descripción de Bernardo es como que toda la intención y toda la atención queda pendiente de los labios de María: "¿Qué va a decir? ¿Qué va a decir? El universo entero espera a ver qué vas a decir; si tú dices que sí, todos nos salvamos; si tú dices que no, seguimos en tinieblas". Así lo expresa San Bernardo, claro, con una profundidad, con una hermosura muy grande.

Pero esto, si se exagera, si se sigue por esta misma línea, tiene consecuencias, porque entonces como que la gracia deja de ser gracia. Es decir, si la salvación depende tanto del ser humano, si depende tan completamente de la respuesta humana, casi da la impresión de que esa salvación no es un regalo, sino que hasta cierto pinto es la conquista del ser humano, en esta caso la conquista de la mujer. Y así lo presenta realmente San Bernardo.

Otra autora, Doctora de la Iglesia, es nuestra querida Catalina de Siena, la cual en su oración de la Anunciación sigue el estilo de Bernardo, -no sé si ella lo conocía o no-, pero sigue bastante el estilo de Bernardo, y se ve que ese era el tono y el tipo de las predicaciones, y hace esta reflexión: cómo Dios, -también ella se vuelve poetisa en ese momento-, cómo Dios toca a la puerta de la voluntad de María, y es la voluntad de María la que tiene que abrir la puerta. Solo cuando Ella ha abierto la puerta, Dios realiza el milagro.

Fíjate cómo hay una secuencia en esto. En la presentación que hacen los Padres de la Iglesia Latinos, empezando por San Agustín que es, por supuesto, el más sobresaliente de la antigüedad, aunque igual podríamos contra a Ambrosio y a otros, pero siguiendo a San Agustín, la mayor parte de los autores latinos nos van a presentar un papel supremamente preponderante, sobresaliente de María, casi hasta el extremo de presentar la salvación como un trabajo divino-humano.

Mientras que para los autores griegos, la abundancia de alegría, de salvación, de amor, de gracia que está en el saludo y que es, por supuesto, anterior a la respuesta de María, viene a ser como una especie de diluvio, algo así como una riada, algo así como una avalancha, y dentro de esa avalancha de amor, María se ve envuelta, y su sí viene a ser como una consecuencia apenas natural de saberse, de sentirse tan amada. María resulta mucho menos protagonista en la perspectiva griega.

A su vez, esta diferencia, -fíjate que estos son como caminos divergentes, ¿no? Al principio, no parece que haya mucho, pero a medida que van pasando los siglos, uno se va dando cuenta que cada estilo se va consolidando a su propia forma. A su vez, en Occidente esto trae otra consecuencia, y es la exaltación de las virtudes de María, es decir, "si quiero que venga Dios tengo que ser como María".

Y fíjate que aquí hay un problema. Tomemos esa frase: "Si quiero que venga Dios tengo que ser como María", eso nuevamente, por lo menos interpretado, muy, muy a la letra, lo que significa es que la gracia no es tan gracia, si es que tengo que ser como María para ver si viene Dios, entonces la venida de Dios no es un puro regalo, sino que hasta cierto punto es la contrapartida a la que Dios se vería obligado si el hombre hace su parte.

Hay toda una espiritualidad mariana, o digamos, que toma el nombre o el manto de María, y que va por esa línea: "Tengo que ser como María para que venga Dios". Todavía en esa misma línea, si seguimos por los occidentales, viene otra consecuencia más en un lema que se ha utilizado mucho para la difusión del Santo Rosario y que proviene, si la historia no me engaña, proviene de Luis María Grignón de Montfort, en latín se dice: "Ad Iiesum per Mariam". Este lema está indicando que lo que está más cerca a nosotros es María y, a través de María, llegamos a Jesús.

A través de le intercesión de María llegamos a Jesús, a través del rosario llegamos al Evangelio, a través de la imitación de las virtudes de María llegamos a ser merecedores de la gracia. Pero tomemos esa expresión nuevamente: "merecedores de la gracia". Cuando uno vuelve para atrás las páginas de la historia, y mira los grandes episodios de la gracia, ve que la gracia no es la respuesta a un mérito, sino es un principio para merecer. De hecho, a sí lo presenta Santo Tomás de Aquino, teólogo fino si los hay, ¿no?

Santo Tomás no dice que la gracia es el premio a lo que se ha merecido, sino que la gracia es el principio que permite merecer. Sí que nos dice que hay un premio, pero ese premio no es la gracia, la gracia no es el premio, sino que la gracia es o que capacita para recibir el premio.

Entonces este lema, con el debido respeto y amor a Luis María Grignión de Montfort, recibió bastante palo en las reflexiones de este Congreso, tanto desde el punto de vista doctrinal, como desde el punto de vista pastoral, como desde el punto de vista bíblico, es decir, por todas partes.