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Tendrá que llegar a la Iglesia un ventarrón del Espíritu Santo, un ventarrón que haga que soltemos una cantidad de cosas. Todas esas telarañas de afectos chiquitos y grandes, y de prevenciones y de prejuicios. Yo no me meto con los de tal espiritualidad, yo no me meto con los de tal otra. ¡Dios mío, necesitamos una fuerza grande del Espíritu para entender la maravillosa grandeza del mensaje de Jesús; un ventarrón del Espíritu que nos haga completamente abiertos a la Palabra de Jesucristo!  
 
Tendrá que llegar a la Iglesia un ventarrón del Espíritu Santo, un ventarrón que haga que soltemos una cantidad de cosas. Todas esas telarañas de afectos chiquitos y grandes, y de prevenciones y de prejuicios. Yo no me meto con los de tal espiritualidad, yo no me meto con los de tal otra. ¡Dios mío, necesitamos una fuerza grande del Espíritu para entender la maravillosa grandeza del mensaje de Jesús; un ventarrón del Espíritu que nos haga completamente abiertos a la Palabra de Jesucristo!  
  
Descubriremos que estamos muy cerca de muchas personas; pero, atención, ¿en dónde es que nos encontramos? Eso hay que saberlo, en dónde es que nos encontramos. Porque hay muchas maneras de encontrarse; encontrarse en los intereses comunes. Hay veces que uno cree que uno tiene una gran apertura porque uno puede compartir los intereses casi de cualquier persona
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Descubriremos que estamos muy cerca de muchas personas; pero, atención, ¿en dónde es que nos encontramos? Eso hay que saberlo, en dónde es que nos encontramos. Porque hay muchas maneras de encontrarse; encontrarse en los intereses comunes. Hay veces que uno cree que uno tiene una gran apertura porque uno puede compartir los intereses casi de cualquier persona...

Revisión del 19:36 20 oct 2007

Fecha: 19991112

Título:

Original en audio: 19 min. 46 seg.

Nota: He intervenido en esta homilía para revisarla porque no estaba protegida y pensé que ya estaba terminada. Ofrezco disculpas. Para que esto no se repita, por favor, proteger mientras la homilía está en proceso de transcripción. Gracias.

Mis Queridos Hermanos:

Estamos terminando el año litúrgico, y por eso las lecturas, especialmente del evangelio, nos invitan a recordar ese dato fundamental de nuestra fe: el retorno de Cristo; un retorno a la vez anhelado e imprevisto.

Viene Jesús, lo sabemos, viene Jesús, lo esperamos y sin embargo su venida es y será siempre una sorpresa; es un acontecimiento que desaborda de tal manera la mente humana que no hay imaginación posible; y por eso Jesús es y será siempre una sorpresa.

Cristo Nuestro Salvador describe, con las imágenes que hemos escuchado en el evangelio, esa sorpresa, esa llegada imprevista, imprevista no porque no la sepamos, sino porque está más allá de lo que nosotros podemos prever. De esa prisa, Jesucristo saca una conclusión: el que pretenda guardarse su vida, la perderá; y el que la pierda, la recobrará.

Hace unos poquitos días el mundo entero se conmovió con una noticia: en la ciudad de Poia en Italia, al sudeste, un edificio de cinco pisos se desplomó sobre sí mismo. Más de setenta personas que estaban dormidas de pronto quedaron atrapadas; muchas de ellas murieron de modo instantáneo.

Vienen las investigaciones de por qué ha sucedió esto. Hay dos teorías: parece que hay problema con una corriente de agua que fue minando los cimientos. Uno siente un escalofrío de pensar cuántas reuniones de familia, cuántas lecturas, estudios, conversaciones, la vida, lo que tiene la vida, todo sucedía en ese edificio. ¿Quién iba a saber que esa noche se durmió plácidamente, quién iba a saber que era el último sueño?

Ese acontecimiento nos impacta, pero hay un dato que yo no sabía y que encontré en las noticias hace poco: un hombre, por lo visto de sueño muy liviano, sintió una especie de rugido. Parece que la estructura antes de fallar empezó a producir una especie de traqueteo, empezó a producir un breve rugido. Quienes conocen de arquitectura y de ingeniería saben que después que un piso caiga sobre otro, eso es como un dominó, eso no lo para nadie.

Pero, antes de que eso suceda, este hombre, aunque era de noche, sintió ese rugido y entonces despertó a toda prisa a la mujer y a los hijos. Lo entrevistaban en los medios de comunicación, tal vez algunos de ustedes lo vieron. Despertó a la mujer y los hijos, y llevado por un presentimiento espantoso, otro diría ridículo, les dijo: "Nos vamos, nos salimos ya de aquí, ya, ya…"

Salieron; minutos después se estaba desplomando ese edificio con el resultado fatal que todos conocemos. Ese hombre que sale a toda prisa, en la noche, casi con la ropa de cama, del edificio que estaba a punto de caerse, ese hombre que tuvo ese presentimiento, le hubiera servido a Jesucristo para el evangelio de hoy.

Sobre todo por un detalle: cuando ese hombre empezó a sentir algo extraño. Yo creo que los presentimiento no hay que canonizarlos, pero tampoco hay que despreciarlos; Dios a veces habla a través de presentimientos y de intuiciones. Cuando este hombre empezó a sentir eso, ¿qué sacó de su casa? Nada; cumplió el evangelio de hoy a la letra.

Decía Jesucristo: "El que esté en la azotea que ni baje por las cosas." Decía Jesucristo: "El que pretenda guardar la vida, la perderá; y el que la pierda la recobrará" (véase San Lucas 17,33).

Imaginémonos una persona que se pone a hacer maletas en ese momento; imaginémonos que la esposa de este hombre le hubiera dicho: "No, no, no, espérate, en primer lugar recuerda que tú no te tomaste la pastilla que es la que te mantiene estabilizado; acuérdate que eres un poco chifloreto y que ya has tenido varias veces esos pálpitos, y por consiguiente, espérate y empacamos; espérate y empacamos"; es que se quedan ahí.

No es el momento de empacar. Es algo parecido a lo que sucede en tantos otros accidentes cuando las personas tienen tiempo de decidir aunque sea por unos segundos: "Primero me salvo yo; que se pierda lo que se pierda". "Ay, pero el computador"; qué tal que el hijo mayor de este hombre le hubiera dicho: "Papá, papá, espérate, yo hago un backup, yo hago un backup, rapidito y me llevo una copia de seguridad en los disquetes del computador."

"-¡Que se pudra el computador, nos vamos ya, nos vamos ya!" El que tiene la prisa tiene la generosidad. Oigan esa frase, esa frase es fundamental para este día: El que tiene la prisa, tiene la generosidad”; el que siente la urgencia del Reino, el que siente la prisa del Reino, apuesta todo por el Reino, porque sabe que el momento es culminante.

¿Qué es lo que nos dice San Pablo? ¿Qué es lo que da como solución? "Que los que compran, como si no compraran; los que poseen, como si no poseyeran; los que se casan, como si no se casaran" (véase ); no agarres demasiado nada; estamos de prisa; el que no tiene la prisa no tiene la generosidad.

En lógica matemática esto se escribe así: P implica Q, y Q implica P. Estas dos proposiciones son equivalentes; crece la prisa, crece la generosidad; decrece la prisa, decrece la generosidad. Hay que tener la prisa por el Reino, la prisa por el retorno de Cristo, la prisa por el cumplimiento de las promesas de Cristo, la prisa por los intereses de Jesucristo.

Eso es lo que tienen los santos. Y por eso los santos han obrado como han obrado; porque han tenido una prisa, una maravillosa prisa contagiosa, con la cual atraen, reúnen, mueven a las personas. Es una prisa contagiosa.

Una de las señales de los verdaderos santos es esa prisa, ese afán por el Reino. El que se detiene demasiado a pensar: “Oiga, ¿y yo qué zapatos me voy a poner? Quedaron todos en el closet allá de mi pieza, ¿yo qué zapatos me voy a poner? Espere y analizo: yo zapatos voy a necesitar en cualquier lugar del mundo donde esté; en este mundo civilizado, a las puertas del siglo XXI necesitaré unos zapatos; ¿qué zapatos? Espere a ver, ¿cuáles me quedan mejor con la camisa de dormir?”

Esa tardanza sería fatal, fatal. La prisa hace la generosidad. Y cuando uno siente la prisa por el Reino, uno suelta muchas cosas, muchas; no sólo las cosas materiales, no sólo esas; uno suelta muchas otras cosas, muchas.

Hay uno escritos sobrecogedores sobre esto, en torno a este tema. Vivió en mi convento durante varios años, un sacerdote llamado Baltasar Hendricks, un sacerdote dominico, por consiguiente católico, desde luego; que había vivido algunos de los rigores de la segunda guerra mundial cuando él era un jovencito. Tenía una gracia particular para contar cómo la prisa nos hace generosos.

Resulta que cuando estalló la guerra, él asistía a una escuela católica; un vecino de él, a una escuela evangélica; y una vecina de él, a una escuela para judíos.

Cuando los nazis avanzaron como buldózeres aplastando todas las instituciones y todas las libertades de la Europa Occidental, se metieron también con la casa y con la vida de toda esta gente. Y cuando ellos sintieron que semejante buldózer venía encima, se dieron cuenta de que tenían que unir fuerzas.

En una de esas casas tuvieron que quedarse evangélicos, anglicanos, judíos, cristianos, católicos, todo el mundo. Tuvieron que improvisar una especie de refugio antiaéreo; y decía él: “En el sótano de esa casa, oyendo a las bombas despedazar nuestros antiguos hogares, aprendimos qué era lo realmente importante de la vida; aprendimos qué era lo que valía la pena; aprendimos por qué valía la pena luchar, cuáles son las diferencias reales; ahí estaba el evangélico, llorando de miedo; la judía, llorando de miedo; y el católico, llorando de miedo”.

El llanto de miedo, el abrazo, encontraron un significado radical, completamente nuevo; uno suelta esas cosas; uno las suelta en ese momento. Porque hay una urgencia, porque hay una prisa; nos están despedazando a todos.

El que siente la prisa del amor, suelta muchas cosas. Cuando yo veo a ciertos evangelizadores atados, amarrados, amarrados a una cantidad de cosas, seguramente yo mismo; amarrados a una cantidad de cosas, amarrados a un estilo, amarrados a una persona, amarrados a unos dineros, amarrados al éxito de un proyecto, amarrados, amarrados.

Tendrá que llegar a la Iglesia un ventarrón del Espíritu Santo, un ventarrón que haga que soltemos una cantidad de cosas. Todas esas telarañas de afectos chiquitos y grandes, y de prevenciones y de prejuicios. Yo no me meto con los de tal espiritualidad, yo no me meto con los de tal otra. ¡Dios mío, necesitamos una fuerza grande del Espíritu para entender la maravillosa grandeza del mensaje de Jesús; un ventarrón del Espíritu que nos haga completamente abiertos a la Palabra de Jesucristo!

Descubriremos que estamos muy cerca de muchas personas; pero, atención, ¿en dónde es que nos encontramos? Eso hay que saberlo, en dónde es que nos encontramos. Porque hay muchas maneras de encontrarse; encontrarse en los intereses comunes. Hay veces que uno cree que uno tiene una gran apertura porque uno puede compartir los intereses casi de cualquier persona...